Un Julio muy en su papel

Julio Iglesias actuó en el Palacio de Deportes de Santander con mal sonido y ante menos público del esperado

ÓSCAR CUBILLOSANTANDER.

El de Julio Iglesias era uno de los conciertos esperados en el verano santanderino, sobre todo, después de haber retrasado la actuación prevista para el pasado 29 de junio hasta la noche del pasado sábado. Al fín llegó el momento y no había tanta gente en el Palacio de Deportes de El Sardinero. A ojo, más cerca de 2.000 personas que de 3.000. Bastante menos de media entrada. Se habían vendido por Internet a 25 euros, pero en la cola de la taquilla un sujeto fue a comprar una, le dijeron que valían 80 machacantes, preguntó si no había más baratas, el taquillero le replicó que acababa de vender las últimas de 40, y el fan concluyó: «Tanto no pago», y se marchó dando la media vuelta.

El concierto era muy tarde, a las once de la noche, pero las puertas se abrieron a las nueve. El respetable fue aposentándose serenamente, con la Policía formando un despliegue innecesario. Fuera había cuatro tráilers y muchas personas de aquí para allá: familias burguesas en pleno bronceadas, morenas con lentejuelas, rubias con taconazos, rubias en shorts, pelirrojas con falda de tubo, damas con gruesos collares de perlas que protestaban de que la entrada a la ballena fuera la misma para los tickets normales y los VIP...

Curiosamente, al entrar los de seguridad no pedían las entradas, sólo que las señoras abrieran los bolsos, como en los supermercados de barrio. «Que le enseñes el bolso, ama», le decía la hija vasquita de delante. Parecía fácil colarse. Ya dentro, en las sillas de patio, las presuntamente VIP, la gente acomodaba sus posaderas en estrechos asientos. El roce hacía el cariño y se departía con los vecinos mientras el técnico de la mesa de sonido fumaba con descaro, quebrantando la ley.

A las 23.14 horas se apagaron las luces, salió la banda (un sexteto efectista y artificioso y tres coristas de quitar el hipo), apareció él, Julio, ovacionado y caminando con la espalda rígida (últimamente se queja de que le duelen mucho las piernas; recuerden que un accidente automovilístico truncó su carrera futbolística), y se vivió un concierto de 99 minutos para 25 temas con dos bises (en uno repitió 'Me va, me va').

Anécdotas y halagos

El sonido fue bastante malo, brillante, plano y empastado, y el micrófono de Julio tenía mucho reverb, mucho eco. Hablaba al público, no se le entendía, y éste chillaba: «¡Que no se oye!». Ese fue el gran pero de un show en el que Julio estuvo muy en su papel: halagó al respetable endomingado que le sigue y le ha dado todo, defendió la españolidad (al inicio de 'Un canto a Galicia', al final cuando asió una bandera nacional.), contó cuando prestó su avión privado a Luciano Pavarotti, se rió de su fama de donjuán (nos carcajeamos con la anécdota de las 3.000 mujeres), desveló las señales del paso del tiempo, y contó que pronto cumplirá 70 años.

Musicalmente, Julio alternó extranjerismos, canción melódica romántica (unas tres remitieron a Dyango, por ejemplo 'Nathalie' ) e inyecciones latinas. Mantuvo el tipo, hizo de él, recibió bravos, ofició sobre todo desde el taburete, fue kitsch (la serratiana 'Manuela'), no estuvo muy fino en el popurrí mexicano ni en el tributo a Pavarotti («qué canción más bonita, pero qué mal la cantas», juzgó nuestra vecina de asiento), y entre lo bueno contemos la coreada y autobiográfica 'Me olvidé de vivir', una modernista, casi roquera y transversal como Los Secretos 'La carretera', la fatalista 'De niña a mujer', un funky 'Quijote' y un 'Hey' sentido. Acabó y la gente salía contenta y sonriente, pero alguno se quejaba: «No ha tocado 'Gwendolyne', me cagüen diez».