La amante del rey pasma a Bélgica

Sybille de Selys Longchamps al fin da la cara. Un millón de belgas ha seguido estos días el documental donde habla de su relación con Alberto II y del supuesto fruto de su amor, Delphine Böel

ISABEL IBÁÑEZ

Es una mujer elegante, se le notan sus orígenes y educación aristocrática; con 72 años aún conserva parte del atractivo que atrapó al rey Alberto II cuando ambos eran unos chavales, él aún príncipe. Sybille de Selys Longchamps era hasta ayer una desconocida para los belgas, tan solo una baronesa «fascinante» -así la calificaban los periódicos de la época- con la que el rey recientemente abdicado había sido retratado en alguna ocasión, hace ya una vida. También el nombre de la madre de una supuesta hija ilegítima del monarca que una biografía no autorizada publicada en 1999 sobre la reina Paola había puesto sobre el tapete. Ahora, Sybille acaba de irrumpir en Bélgica con un documental emitido en dos partes (la última el miércoles pasado) que ha captado entre las dos cadenas que lo han emitido, francófona y flamenca, a más de un millón de espectadores, con un 'share' casi del 40% (el país tiene once millones de habitantes).

En él desmenuza ante una cámara su historia de amor con Alberto II, que abdicó el pasado 21 de julio en favor de su hijo Felipe. Ha sido precisamente esta situación, su marcha del trono, lo que, dice, la ha empujado a contarlo, al parecer para ayudar a la hija que supuestamente tuvo fruto de esta relación. Se trata de Delphine Böel, una escultora de 45 años residente en Londres que sigue empeñada en ser reconocida por el que considera su padre sin mucho éxito. Recientemente ha vuelto a pedirle que se someta a una prueba de paternidad a la que el rey se niega. A causa de esta ausencia ha sufrido mucho, desvela su madre, incluso una severa anorexia. Por eso ha decidido dar la cara ahora, asegura Sybille, para apoyarla en su lucha.

Sybille de Selys Longchamps nació el 21 de agosto de 1941. Aristócrata de cuna -es baronesa-, se casó en 1962 con el industrial Jacques Boël, doce años mayor que ella, aunque las cosas al parecer nunca fueron como ella esperaba. En 1966, ya separada aunque no divorciada de su marido (que hoy sigue apareciendo en los papeles como el padre de Delphine), conoció al príncipe Alberto, hermano y heredero del rey Balduino, en Atenas, donde el padre de Sybille era embajador.

«No soy rencorosa»

Así resumen ese momento y la relación posterior los expertos de Doce Linajes de Soria, un blog dedicado a la información de las casas reales: «Sybille, que se sentía muy desgraciada, acude en 1966 a la capital griega para reunirse con su padre en busca de refugio y de consuelo. Justamente en aquellos días, Alberto visita Atenas para ocuparse de su barco, amarrado en el puerto de El Pireo. Era responsabilidad del embajador acoger al príncipe y hacerle la estancia agradable. En consecuencia, pide a su hija, de una belleza extraordinaria, que se ocupe de Alberto, quien tampoco estaba pasando por un buen momento en su matrimonio. Y, según parece, surgió el chispazo. Era el encuentro de dos personas heridas por los problemas conyugales. Esto les aproximó y, poco a poco, nació una amistad que pronto, supuestamente, se transformó en un amor apasionado que duraría 16 años».

Explica Nicolas Bruwier, periodista belga que colabora a menudo con medios de comunicación en español, que Sybille «accedió a aparecer para ser entrevistada en este documental cuando se incluyó una claúsula en el contrato que autorizaba a difundirlo solo una vez que Alberto hubiera abdicado o fallecido». Insiste en que en Bélgica, nadie sabía nada de ella «hasta que la hija volvió a sacar el tema de la paternidad del rey hace unos meses».

En el documental, Sybille asegura que no quiere que la vean como «una persona rencorosa», ni tampoco traerle «más problemas» a su antiguo amor. Dice que por eso nunca habló hasta ahora y que si Delphine fue conocida se debió a la publicación de la citada biografía de la reina Paola: «No fui yo quien iba a la Grand Place con una trompeta diciendo 'Delphine es la hija del rey'», se defiende. Una periodista francesa especializada en casas reales europeas que prefiere no aparecer con su nombre -«porque en realidad no conozco bien a esta señora, nadie sabe nada por su discreción absoluta»-, detecta en ella una «profunda tristeza por la situación que ha vivido y vive su hija, pendiente de un reconocimiento que no llega y que la hace infeliz. Esta historia daría para un libro extraordinario. Y está claro que aquí no hay intereses económicos, son una familia muy rica a la que no le falta nada. Solo hay emociones».

Aparece Sybille en el documental vestida de blanco, camisola y pantalón, gafas de sol. Vive la mayor parte de su tiempo en Francia, en una fantástica mansión en Villecroze, en la Provenza. Conserva otra casa en Bélgica, en su localidad natal, Uccle, uno de los diecinueve municipios de Bruselas, donde pasa cortas temporadas. Francia le ha dado el anonimato que ella buscaba. Hasta hoy. Se la ve arreglando con guantes las flores del jardín. Al hablar parece muy sincera, a veces tímida cuando ahonda en los sentimientos, y en los momentos más delicados casi se emociona. Se la ve comprando el pan, trajinando en la cocina, paseando y saludando a los vecinos... Junto a una foto de su hija, un cartel con letras de colores colgado en la pared de su casa dice 'Truth can set you free', la verdad puede liberarte. Parece habérselo tomado al pie de la letra.

Cuenta que a los dos años de conocerse, en 1968, nació Delphine. El rey las visitaba y la niña le llamaba 'Papillon'. Sybille marcha a Londres con su hija en 1976 para evitarle la exposición pública y Alberto las visita allí a menudo. En 1982 la baronesa se casa (por poco tiempo) con un noble inglés, aunque sin cortar con Alberto. Pero en 1984, éste y la reina se reconcilian y la historia de amor termina.

Sybille recuerda las dos solicitudes de divorcio presentadas en 1969 y 1976 por Alberto y desvela que fueron aceptadas en su día por el rey Balduino. Pero las duras condiciones impuestas hacen que sea ella quien se eche atrás: «Decían que yo nunca podría ver a sus hijos. Así que tomé la decisión de que las cosas no fueran a más. Y no me arrepiento, fue lo correcto».