'Cautivos del mal', retrato de gloria y decadencia

Todo es vigoroso en este retablo de miserias y grandezas. Un cuarteto de personajes como satélites de un planeta vibrante

Un fotograma de 'Cautivos del mal'.
GUILLERMO BALBONASantander

"No quiero conseguir laureles. Quiero producir películas que acaben con un beso y den mucho dinero". El significado de estas palabras se revela de diversas maneras a lo largo de 'Cautivos del mal', un poderoso retrato de gloria y decadencia, de deslumbramiento y plomo, de celebración y ruina en torno a Hollywood. Es cine dentro del cine. De igual modo que casi una década después, como una continuación encubierta, revelaría 'Dos semanas en otra ciudad'. Penetrante en su mezcla de disección y rigurosidad interpretativa, genera un espacio enérgico, un rompecabezas y un juego de tiempos en el que asoman la creación, la traición, la desmesura y la manipulación. Fascinación e imperio, plenitud y lirismo.

Como en todo Minnelli buena parte de los destellos de 'Cautivos del mal' estriba en las interpretaciones, encabezadas por la presencia de un imponente Kirk Douglas. Fuera de los filmes de género, aventuras y westerns, el actor, que hoy cumple cien años arrostrando todo el polvo de estrellas del Hollywood más dorado, dejó en el filme que nos ocupa, quizás junto con 'Senderos de gloria' de Kubrick y 'El gran carnaval' de Wilder, sus trabajos más intensos y demoledores: carácter y magnetismo y ese don de la ubicuidad para situarse con idéntico magnetismo entre las sombras como en los contraplanos. 'El hijo del trapero', como tituló su biografía, escribió libros, produjo y dirigió. Uno de sus arrebatos de compromisos permitió abrir la puerta para acabar con 'la caza de brujas', las listas negras del maccarthismo y gracias a él, Dalton Trumbo pudo de nuevo en 'Espartaco' (Kubrick, 1960) firmar sus guiones y volver a ser aceptado por la industria como quedaría subrayado por el propio Douglas en su excelente 'Yo soy Espartaco'. En 'Cautivos del mal', sólido y a veces cáustico drama, un tiránico y manipulador productor de cine que ha caído en desgracia, pide ayuda a un director, a una actriz y a un guionista.

El entramado de miradas al pasado, de deudas y querencias, de traiciones y enredos, con el éxito y el fracaso como eje, configuran este tratado febril que remueve las entrañas de un territorio reivindicado por el cineasta: esa frontera entre el instinto y el riesgo. Todo es vigoroso en este retablo de miserias y grandezas. Un cuarteto de personajes como satélites de un planeta vibrante, un demiurgo Jonathan Shields (Douglas) desde el que irradia la ambición y la rabia, la tormenta y el éxtasis, lo despótico y lo desconsiderado y egoísta, lo megalómano y sin escrúpulos En ese duelo de contrastes, en ese combate de colisiones dramáticas con la cámara solapando el ecosistema de proyectos, rodajes, historias y decisiones se va forjando un auténtico poema sobre el cine.

Vincente Minnelli conforma todo un engranaje de talento a su alrededor que empapa la pantalla. El guión de George Bradshaw ('Cómo Robar Un Millón y') y Charles Schnee ('Río Rojo'), la producción de John Houseman ('Julio César'), la banda sonora de David Raksin o la fotografía de Robert Surtees ('Ben-Hur') arman ese poderoso artefacto que derrama cine para hablar del cine. Nominada a seis Oscar, de los cuales gana cinco (guión, actriz reparto, dirección artística, fotografía y vestuario) la película es un grito coral enfocado hacia el latido de Kirk Douglas, un actor que aportaba una visión cínica e irónica a los personajes que encarnaba y una insuperable presencia física en cada plano. Bajo los diálogos lacerantes y los juegos verbales asoma un ejercicio de drama y romance, de acidez y crítica. La industria y la creatividad, el cálculo y el riesgo, el mal y la belleza del título original, en fin, la bella y la bestia. Minnelli, cineasta de 'Con él llegó el escándalo', apuesta de nuevo por la vibrante puesta en escena, la fuerza dramática, el equilibrio de teatro y cine.

Las relaciones de poder, en realidad un trasunto de la propia manipulación emocional, de los vínculos sentimentales dependientes, se reflejan en ese despótico productor perfilado a traves de las personalidades de Val Lewton, David O. Selznick y Darryl F. Zanuck. Minnelli con inteligente planificación construye una sucesiva estructura de flashbacks que destilan los mundos personales de ese cosmos de pasiones confrontadas. Anécdotas atribuidas a Orson Welles o Alfred Hitchcock alimentan el guión rebosante de turbiedad y convulsiones en torno a la fábrica de sueños. Con las tripas emocionales al desnudo, una meticulosa puesta en escena, el juego de miradas y sombras, la coreografía del diseño artístico elevan un edificio melodramático sin fisuras en el que la mentira y el perfume del celuloide de ese crepúsculo de los dioses particular deja un aroma de desgarro y seducción. Kirk Douglas no logró el Oscar, que se lo arrebató el Gary Cooper de 'Sólo ante el peligro', pero dejó la cicatriz y el tatuaje de un actor que entró en Hollywood por la puerta grande en 'El extraño amor de Martha Ivers' (Lewis Milestone). Tourneur, Walsh, Mankiewicz, Quine, Fleischer, Aldrich... son algunos de los cineastas que acogieron la intensa celebración cinematográfica del actor. Intimidad y elegancia narrativa, instinto y riesgo de nuevo, ficción y realidad. El estilista Minnelli se mueve sinuoso entre la ilusión y la realidad. Todo es flujo, fluidez y un inteligente montaje y guión, que abren una herida en el lienzo blanco de la pantalla para que, como Alicia, decidamos como espectadores en qué lado estamos.