Aquellos cántabros que soñaron con los 8.000 del Cho-Oyu (1ª parte)

Se cumplen veinte años de la ascensión a la sexta montaña más alta de la Tierra de seis montañeros de la región, todos ellos miembros del Club Alpino Tajahierro

De izquierda a derecha, José Bolado, Miguel Ruiz, Ángel Cianca, Marisa Torralbo y Ricardo Bárcena, los cinco que finalmente consiguieron ascencer a la cumbre del Cho-Oyu, tras la baja de Enrique Serrano, posan con la inmensa montaña de fondo./DM .
De izquierda a derecha, José Bolado, Miguel Ruiz, Ángel Cianca, Marisa Torralbo y Ricardo Bárcena, los cinco que finalmente consiguieron ascencer a la cumbre del Cho-Oyu, tras la baja de Enrique Serrano, posan con la inmensa montaña de fondo. / DM .
Miguel Ruiz Cervera
MIGUEL RUIZ CERVERASantander

Se han cumplido veinte años de la finalización con éxito de la expedición al Cho-Oyu (27/09/1998), en la que seis montañeros cántabros, todos ellos miembros del Club Alpino Tajahierro, tuvieron la audacia de superar la barrera de los 8.000 metros. En este reportaje, Miguel Ruiz, uno de los protagonistas, narra cómo fue aquella aventura. Esta es la primera parte.

Desde mis inicios, como aficionado al montañismo, soñando con la coronación de las grandes montañas del mundo y leyendo acerca de las gestas realizadas por montañeros de otras comunidades de España, no lograba entender que habiendo grandes deportistas en Cantabria, no se hubiera superado la barrera de los 8.000 metros.

Partiendo de esa idea, traté de analizar cuales fueros los inconvenientes encontrados que habían impedido la realización de dicha empresa hasta ese momento y de este modo, podría organizar una expedición tratando de no repetir los errores del pasado.

Como en cualquier proyecto que uno se plantea en la vida, sea deportivo o empresarial, lo importante es tener un objetivo definido que fuera al mismo tiempo, ambicioso y asumible. Ese fue el motivo de la elección del Cho-Oyu. Sus 8.201 metros la convierten en la sexta montaña más alta de la tierra, y aunque técnicamente no es de las más difíciles, acometerla sin oxígeno planteaba un reto enorme para un equipo que nunca había estado a semejante altura.

Creando equipo

La segunda parte del proyecto fue elegir el equipo. Un equipo que fuera capaz de convivir casi dos meses en condiciones muy duras y en espacios muy pequeños, que fuera también tenaz, orientado hacia el objetivo, pero, al mismo tiempo, que fuera generoso y solidario con las tareas a compartir. La elección no fue fácil, no sólo por elegir adecuadamente, si no porque entre muchos amigos, no puedes elegir llevarte a todos. Esto me trajo algunos problemas que, después de pasados veinte años, aún padezco.

Formaban el equipo, Ángel Cianca, director técnico de la expedición, profesor de la ECAM y la persona que más experiencia acumulaba en expediciones de este tipo. En mi opinión, uno de los dos mejores montañeros que ha parido esta tierra, con experiencia en duras expediciones en Pakistán, y Pico Lenin. Aunque sus ascensiones a la cara oeste del Naranjo de Bulnes y sobre todo, la cara norte del Eiger, junto con Jose Rubio, merezcan un artículo aparte.

Marisa Torralbo, con alpinista con acreditada experiencia en numerosas expediciones, que se ocuparía de todo lo relativo a cuidados de la salud. Ricardo Barcena fue el encargado en lo referente a la alimentación. Jose Bolado se ocupó de la preparación física, una labor que nos llevó dieciocho meses. Enrique Serrano, geólogo y catedrático de la Universidad de Cantabria, que realizaría un estudio glaciar de la zona. Miguel Ruiz (yo mismo), que me ocupé de la labor de dirección y coordinación de todos ellos para la realización del proyecto.

Enrique Serrano vigilando todos los bultos de la expedición.
Enrique Serrano vigilando todos los bultos de la expedición. / DM .

El proyecto

Escribimos y editamos un minucioso proyecto para presentar en las organizaciones privadas y públicas, solicitando ayudas para la realización de esta gesta que supondría un hito, un antes y un después en la historia del deporte en Cantabria.

No cabe ninguna duda, que el entonces consejero de Cultura y Deportes, Francisco Javier López Marcano; el jefe de Marketing de Caja Cantabria, Ángel Romaña y el entonces presidente de nuestro Club Alpino Tajahierro, Ignacio Díez de Velasco, fueron apoyos fundamentales para empujar un proyecto que, desde muy pronto, generó ilusión en todo el mundo deportivo. El Diario Montañés, Onda Cero y Telefónica también tuvieron mucho que ver en ello.

La preparación

Desde el primer momento pusimos en marcha un plan de preparación que nos mantuvo activos durante dieciocho meses, con entrenamiento de gimnasio (Límite), entrenamiento de campo en Picos de Europa y, todo ello, controlado mensualmente por la Universidad de Oviedo. Fue una preparación exhaustiva, pero, finalmente, se demostró eficaz.

El viaje

El día 8 de agosto de 1998, a las tres de la mañana, salíamos en furgoneta hacia Bilbao para enlazar un montón de vuelos: Bilbao-Barcelona-Amsterdam-Dubai-Karachi-Katmandu.

El primer error cometido, de auténticos pardillos, fue que nos presentamos en el aeropuerto con una tonelada de material, teniendo autorizados, tan sólo 400 kilos, aunque milagrosamente resolvimos la situación. De este viaje hay que comentar que pernoctamos en Karachi, donde dos camiones del ejército iraquí nos escoltaron hasta el Hotel, tanto a la ida como a la vuelta….

Llegamos a Katmandú

Llegamos a Katmandú. Pasamos un buen tiempo vigilando cada uno de los veinte bultos y petates, para que no faltara ninguno. Pudimos comprobar que la ciudad que vimos era una autentica pasada. Parecía como que nos habíamos transportado 70 años atrás en el tiempo. Los aromas, las gentes, los templos y, sobre todo, el sentido del tiempo. Allí todo va más despacio, no teníamos ojos y sentidos suficientes para captar y describir toda la intensidad de lo que estábamos viviendo.

Siempre pensé que la dificultad del reto planteado, no estaba sólo en la propia ascensión, si no en el trayecto que tienes que realizar hasta llegar al pie de la montaña. Enfermedades, carreteras cortadas, mal de altura, dificultades burocráticas. Todo esto se produce y va mermando la energía que vas a necesitar para culminar la cima.

(Lo que escribo a continuación, confirmará todo lo dicho hasta el momento)

Una vez solucionados los trámites burocráticos, partimos de Katmandú temprano, por la mañana. Más de trece horas tardamos en recorrer los poco más de 100 kilómetros que no separaban de Kodari, por una pista afectada por grandes argallos, producidos por los últimos coletazos de los monzones. Con frecuencia había que portear todo el material de un camión a otro, situado al otro lado del desprendimiento. Por fin llegamos a Kodari, poblado que limita con la frontera China y donde comienza el verdadero ascenso a la meseta tibetana, que nos esperaba 4.000 metros más arriba.

Un día más de ascenso y llegamos al pueblo de Nialam, situado a 4.400 metros y, donde en menos de veinticuatro horas, comenzamos a sufrir los efectos de la altitud. ¡Nuestras caras hinchadas, los dolores de cabeza y la dificultad para movernos no presagiaban nada bueno…! Y aun nos quedaban otros 4.000 metros de ascensión.

Aspirinas tomadas periódicamente y algunas ascensiones a cumbres cercanas fueron nuestras herramientas para ir aclimatando nuestros cuerpos para soportar mes y medio en alturas muy superiores, con la dificultad añadida de que todo el recorrido se hace en coche, por un paso de montaña de 5.100 metros y una media de altura de 4.900 metros, lo cual no ayuda a aclimatarnos debidamente.

Pasados unos días, llegamos a los 5.000 metros, al punto de reunión donde los militares chinos comprueban permisos que limitan el acceso al campo avanzado. Allí nos quedamos organizando las cargas en los yaks (animales de porte de la zona) y pasando otro par de días más, adaptándonos a la altura.

Y, en aquel lugar, comenzó lo que pudo haber sido una tragedia. En unas pocas horas un dolor de cabeza y algunas palabras incoherentes eran síntomas inequívocos de que Enrique comenzaba a padecer un edema cerebral. Necesitábamos descender rápidamente pero estábamos en una llanura, sin ningún vehículo disponible, y a una distancia de unos cuarenta kilómetros del pueblo más cercano.

La situación se agravaba. El comandante del campamento chino, responsable del mismo, tuvo que ir a caballo, en busca de ayuda. Entre tanto, todos los miembros de otras expediciones se volcaron con nosotros. Primero, introdujimos a Enrique en un saco Gamow, que tiene la propiedad de ejercer una presión equivalente a una altitud inferior, también se le aplicaron diuréticos para provocar que no siguiera reteniendo líquidos y periódicamente mediante botellas de oxígeno, íbamos luchando todos, aguantando el paso del tiempo que se hacía interminable. Anecdóticamente, diré que una vez que conseguimos que orinara, una ovación se produjo en el campamento.

DM .

Fue un auténtico milagro. Nos temíamos lo peor. Cuando al cabo de unas horas vimos aparecer al jefe de campamento con un camión del ejército chino, inmediatamente subimos Enrique y yo al camión. Con la permanente aplicación de oxigeno recorrimos, en un estado lamentable en cuarenta y ocho horas y 4.000 metros de descenso la distancia que nos separaba de la frontera de Nepal. Allí, casi totalmente recuperado y con lágrimas en los ojos, Enrique y yo nos dimos un abrazo y nos despedimos. Él para pasar una revisión médica en el hospital de Katmandú, y yo tratando de volver al campo base donde me esperaban mis compañeros. Estaba agotado con la congoja y el susto en el cuerpo.

Dos días después iniciábamos el ascenso hacia el campo avanzado, situado a 5.800 metros. Donde comenzaba ya la negociación directa con la mole de más de 8.200 metros que teníamos delante.