Ardiendo bajo el punk californiano

Las nuevas generaciones de adolescentes californianos querían un cambio que llevó a comprender que no hacían falta salas profesionales para acoger música, pues lo que llegaba venía de la calle y en la calle podría seguir sonando

Ardiendo bajo el punk californiano
G. Lockett
Sara Morales
SARA MORALES

Nueva York y Londres, vientre y embrión del punk que azotó al mundo desde mediados de la década de los setenta, no fueron la únicas ciudades en dar cobijo a la escena de la insurrección. Durante aquellos años, pero a la otra orilla de Norteamérica, en la costa Oeste, comenzó a brotar de entre los barrios más transgresores de San Francisco, Los Ángeles, San Diego y Orange County la proliferación de bandas que, haciendo honor a sus raíces y al sonido aborigen de las olas y la espuma del mar, se sumaron a la expansión global del movimiento aportando matices propios.

California venía de asistir al auge del glam en 1970, por lo que sumarse a las hordas del punk rock que llegaba dispuesto a tambalear los cánones establecidos, no le costó demasiado; de hecho, muchos de aquellos grupos de cardados y plataformas jugarían un papel decisivo a la hora de asentar el género que estaba a punto de arramplar con todo.

Su punto álgido tuvo lugar el 14 de enero de 1978 en el Winterland de San Francisco, con el último concierto de la gira yanqui de los Sex Pistols. Una cita que logró congregar a miles de personas, que ha pasado a la historia por ser recordada como «el Woodstock del punk» y que convirtió aquellas tierras bajo el sol en un nuevo escenario para la reivindicación y la insurgencia a golpe de guitarras coléricas. Los teloneros fueron dos bandas locales, dos de las primeras en sumarse al género en la zona, Avengers y The Nuns. Y a partir de aquel momento ya no hubo vuelta atrás, el punk que había nacido en el asfalto de la gran ciudad, ahora llegaba dispuesto a hacer suya la playa.

Otra forma de contracultura en los setenta

Hastiados del verano del amor y los años dorados del florecimiento hippie, las nuevas generaciones de adolescentes californianos reclamaban otros aires: nuevas tendencias, nuevos sonidos, nuevas bandas... Y aunque en los sesenta el circuito de clubs de Los Ángeles había sido la envidia de Estados Unidos, a mediados de los setenta apenas quedaban locales donde disfrutar de la música en directo. Había llegado el momento de propiciar el cambio. Un cambio que tomó como decálogo las bases del famoso «Do it yourself» y que ayudó a lanzarse a formaciones amateur que, en otros tiempos, jamás habrían tenido una oportunidad. Un cambio que llevó a comprender que no hacían falta salas profesionales en alza para acoger música, pues esto que llegaba ahora venía de la calle y en la calle podría seguir sonando.

Así, comenzaron a funcionar grupos en Los Ángeles como The Bags, con las conflictivas Alice Armandariz y Patricia Morrison al frente, los Germs y el incombustible Darby Crash que terminó quemándose demasiado pronto, los venerados X (hoy considerados una de las mejores bandas de rock), The Screamers que propiciaron el synthpunk en aquellas tierras y The Dickies, la primera formación de punk angelino en aparecer en televisión y firmar por una gran compañía. Desde San Francisco, vendrían para quedarse The Dead Kennedys, una de las mejores bandas de punk de todos los tiempos a nivel mundial, capitaneada por el activista Jello Biafra con hits imperecederos como «Holiday in Cambodia», «Too drunk to fuck» o «California Über Alles» cargados de sátira, humor negro y realismo urbano.

Esta primera oleada de punk en California se caracterizó por sus eclecticismo. Al ADN surfero que corría por las venas de todos ellos al pertenecer al lugar al que pertenecían, comenzaron a añadirle ritmos vertiginosos de cuerdas, reminiscencias hard rock y rockabilly, golpes de baqueta volcánicas, voces coléricas y una amalgama conceptual anclada en la protesta, la indignación, la crítica y la negación del sistema impuesto.

Nuevas generaciones, nuevas subescenas

A finales de la década de los setenta, en 1978 y 1979, surgió en el seno underground de Southern California (sobre todo en San Diego y Los Ángeles) un movimiento todavía más subterráneo y subversivo, el hardcore punk. Bandas como Middle Class, Black Flag y The Circle Jerks encabezaron esta nueva subescena caracterizada por una embestida sonora todavía más violenta, un público más joven y una significativa rivalidad con las formaciones antecesoras pertenecientes a la primera generación del punk, a pesar de bebieran de su herencia para levantar su particular obra. The Weirdos, fue una de esas formaciones maestras en la que los sucesores se fijarían a conciencia pues, sin saberlo, fueron los primeros en coquetear con el hardcore cuando este todavía no había oficializado su eclosión. Dueños de una imagen explosiva y de canciones de base pop enfatizadas por todos los elementos de la heterodoxia punk, se convirtieron en el modelo de las bandas que vendrían a tomar el relevo en los ochenta.

Bajo la etiqueta de «suburban» o «beach punk» la nueva camada de punks en California no tenían reparos en mostrar su antipatía por la que ellos consideraban la «antigua escena de Hollywood», incluso llegaron a desplazarla tomando la delantera y obligando a muchas bandas a desaparecer, mientras que otras fueron cayendo impulsivamente en un mainstream relativo; este fue el caso de The Go-Go's, aquellas jovencitas lideradas por la camalónica Belinda Carlisle que conquistaron las radios de buena parte del planeta abrazando la new wave, y los ya mencionados X y The Dickies.

Por su parte, el hardcore siguió con su reinado en la Costa Oeste con Black Flag a la cabeza y otras bandas a la altura como The Adolescents, Bad Religion -que se aventuraron acertados por la vertiente más melódica- o Minutemen, padres de la filosofía del «jamming econo», que apuesta por la independencia artística y la autosuficiencia económica.

Poco a poco, y a medida que el tiempo corría, los extremos se fueron suavizando y comenzaron a tener cabida propuestas con otro tipo de influencias, pero siempre asentadas en el punk y acólitas del movimiento. Por ejemplo, Agent Orange volvieron a enfatizar el sonido surf rock de la tierra, The Angry Samoans rescataron el garage de los años sesenta o los Descendents y The Vandals que desarrollaron un nuevo sonido conocido, más adelante, como punk pop.

En este período, que corresponde a la primera mitad de la década de los ochenta, las canciones se levantaban sobre preceptos progresistas, de izquierdas, que en muy buena parte pretendieron impugnar la política conservadurista que imperaba en Estados Unidos con la presidencia de Ronald Reagan; de ahí que los discursos de la facción más radical del género en este tiempo fueran mucho más violentos y reaccionarios, y sus conciertos terminaran , en numerosas ocasioness, entre disturbios.

La era comercial

A partir de 1986, y con todos estos antecedentes respaldando la solvencia del movimiento punk en aquellas tierras, este comenzó a traspasar las fronteras del país. El mundo parecía empezar a hacerse eco de la centelleante escena que sonaba desde la otra orilla y, merecidamente, comenzó a interiorizarse a nivel global la acepción de «punk californiano».

El auge de sellos como Epitah Records (fundado por Brett Gurewitz, guitarrista de Bad Religion) y el crecimiento de bandas que llevarían el género hasta sus cotas más comerciales, como The Offspring, Green Day, AFI, NOFX, Rancid o Jawbreaker, entre otras muchas, terminarían «dulcificándolo» y convirtiéndolo en asequible y digestivo para todos los públicos a base de tintes orientados al skate punk y temáticas más desenfadadas. Habían llegado los noventa, el mundo había cambiado y los códigos para encararlo ahora ya no nacerían desde la rabia y la negación, lo harían desde la popularidad de los baños de masas.

Greg Shaw, crítico musical, redactor de fanzines y fundador de la revista Bomp! en 1970, dijo una vez: «El punk de Nueva York es arte, el de Londres política y el de Los Ángeles cultura pop». El tiempo ha demostrado que no andaba desencaminado.