¿De qué está hecho un rabel?

Como principio, se construye con lo que se tiene a mano, pero según la cultura que lo adopta, el instrumento sigue evolucionando

¿De qué está hecho un rabel?
Esteban Bolado
ESTEBAN BOLADO

«El rabel que ha de ser fino, ha de ser de verde pino, la vihuela de culebra, y el sedal de mula negra» Así reza esta antigua copla, encontrada en la península Ibérica, Perú y Chile y que refiere de forma poética los materiales de este antiguo instrumento. Cada vez que la escucho recuerdo con humor otra frase de mi padre, socarrona y gamberra, que no pocas veces le he visto decir a los visitantes que llegan a su taller con rabeles para poner a punto: «El barco muy bonito, pero no flota».

En efecto, nadie duda de que la madera de pino se agrietaría al cabo de unos días si la usamos verde… ni de otras inconveniencias que pueden acarrear ciertos mitos. Pero en una cosa sí estamos de acuerdo; en Cantabria tenemos una riqueza histórica en torno a las mil formas y materiales del rabel. En la historia reciente heredamos de nuestros abuelos modelos de rabeles con y sin diapasón o batidor (la pieza sobre la que se colocan los dedos), tapas del instrumento de madera, de piel, de hojalata, de ocumen, diferentes formas, tamaños, y por supuesto sonidos resultantes.

Sin entrar a debatir si un rabel que posee alma deja de ser rabel cuando se le coloca esta pieza, y vuelve a serlo cuando se le quita (controvertido tema que dejamos a los especialistas), también encontramos en nuestro folklore modelos de instrumentos que son imitaciones rústicas de violines mismos, o de violas románicas. Y esa licencia histórica que tienen nuestros rabeles, donde toda familia de cuerda frotada de factoría propia pasa a ser un rabel, aporta una indiscutible riqueza e identidad a nuestro instrumento.

Aunque evidentemente algunos de estos barcos puede que no sean funcionales (estamos hablando también del rabel de adorno, que es una cultura en sí misma), sí que llegamos a una conclusión; el rabel primeramente es construido con lo que se tiene a mano, y la creatividad, cuando se dispone de más medios, busca formas que no siguen la modelación de un sonido desde el punto de vista de la luthería, sino la firma creativa del autor.

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A partir de aquí avanzaríamos hacía los modelos de rabeles que construimos actualmente en base a su sonido y donde los materiales serían los mismos, pero con otra construcción, o retrocederíamos hacía una historia más antigua aún. En la península existió una escuela de rabelistas, durante la época del Renacimiento, donde la figura del rabelista profesionalizado estuvo al servicio de ricos patrocinadores, oriundos y extranjeros, en una época en la que nacía aquí la viola da gamba y se construían instrumentos refinados (Diccionario de instrumentos musicales 'De Pindaro a J.S. Bach' de Ramón Andrés). Es fácil suponer que así, siendo el rabel un instrumento culto, tuviese una construcción diferente a la pastoril, cuando de hecho, se refiere «Una época donde el rabel, desplazado por el violín al comienzo del barroco, queda relegado al divertimento de los pastores».

Aún podríamos retroceder más. La primera representación pictórica en la historia de la humanidad de un instrumento de cuerda frotada la encontramos en el códice del Beato de Liébana, (Ducado de Cantabria; 701-Liébana,c. 798), el tamaño del instrumento supera casi al del músico, (probablemente para enfatizar su importancia), no tiene batidor, y un detalle nos dice que la tapa probablemente sería de piel… el hecho de que no tenga oídos practicados. Más de mil años más tarde, seguimos con el rabel, y aunque sigue cambiando y evolucionando según la cultura que lo adopta, sigue siendo el instrumento de las mil formas.