Mucho más que un capricho

El legado de Gaudí en Comillas, desarrollado durante su juventud, se extiende por la villa más allá de los atractivos turísticos principales

El Capricho de Gaudí es uno de los atractivos artísticos de Comillas desde su construcción en 1885. /Javier Rosendo
El Capricho de Gaudí es uno de los atractivos artísticos de Comillas desde su construcción en 1885. / Javier Rosendo
JAVIER GANGOITI

El asombro no cede ni un instante. Fascinados por los colores y la magia, los visitantes tendrán que esperar un poco más para tener una guía de la oficina de turismo entre las manos. No importa que aparquen su vehículo en las inmediaciones del pueblo o que el autobús pare en la avenida más transitada. No hay guías, expertos en turismo ni placas aclaratorias que detengan la curiosidad de los excursionistas. Las anécdotas y datos históricos tendrán que esperar. De momento basta con mantener los ojos abiertos.

No, nadie se ha quedado atrapado en una película de dibujos ni ha conocido a una niñera que vuele con su paraguas. Este fenómeno ocurre en localidades como Comillas, un pueblo pequeño pero rebosante de naturaleza, arte y una historia de la que nadie puede olvidarse tras la visita. Y eso que ya han pasado más de 130 años desde que la villa se convirtió en el lienzo de muchos de los grandes genios artistas de la época. Entonces sus habitantes se acostumbraron a ver personalidades de todo el mundo paseando por las avenidas. Una prosperidad que continúa viva a través de la arquitectura, entre otros atractivos.

Ya se sabe a estas alturas que la firma de uno de los grandes exponentes del modernismo, Antonio Gaudí, late bajo uno de los reclamos fundamentales de la villa. El Capricho, que el artista de Reus realizó en su primera etapa entre 1883 y 1885, acerca a miles de turistas al Parque de Sobrellano. Lo que tantos turistas no saben es que Gaudí también desató a sus dragones y sembró sus girasoles en otros lugares de la localidad. Y no hay que irse muy lejos. Precisamente al lado, en la Capilla Panteón y en el Palacio encargados por el Marqués de Comillas (otras dos joyas ineludibles del arquitecto Joan Martorell), permanecen muchas de las primeras ideas del rompedor artista. El Panteón fue el primer edificio de este movimiento construido en la villa. Imposible que Antonio Gaudí faltará a la cita: seis bancos (delatados por unos dragones y elementos vegetales marca de la casa en los costados); dos sitiales; dos taburetes y un confesionario componen la aportación del genio catalán al erario artístico de esta catedral en miniatura.

«En esos mismos sitiales es donde Alfonso XII y su esposa María Cristina se sentaron durante la inauguración», explica Enrique Campuzano, director del Museo Diocesano de Santillana del Mar y asesor de la restauración del Panteón y del Palacio de Sobrellano. «Fueron las primeras obras que se le encargaron a Gaudí, en 1880 por parte del Conde de Güell», asegura. Precisamente Eusebio Guell, de quien se conmemoran cien años de su fallecimiento, fue el gran informador de aquel joven arquitecto para que, tres años después, el indiano Máximo Díaz de Quijano le encargara el famoso Capricho.

Muy cerca de esas primeras pistas, en la sala de estar del Palacio, dos dragones situados en la chimenea descubren su otra contribución en el conjunto de Sobrellano. Hay quien le atribuye el diseño de todo el mueble, pero no hay pruebas que lo certifiquen. Algo similar ocurre con la Portada Casa Moro, ubicada en el camino hacia la ermita y el mirador de Santa Lucía. Cualquier demostración, si la hubiere, que pueda relacionarla con el arquitecto se ha perdido con el tiempo. Su parecido con otras obras de su carrera hace indicar, sin embargo, que el catalán podría estar detrás de esta peculiar entrada.

Su legado continúa. El genio diseñó un fascinante quiosco chinesco para el jardín de la Casa Ocejo, primera residencia del Marqués de Comillas en su vuelta de Cuba. Ahí permaneció «hasta que se le perdió la pista durante un traslado a Cataluña», tal como aseguran varios viandantes que leen el cartel delante de la casa. Una morada que el 5 de septiembre de 1881 albergó un Consejo de Ministros presidido por el propio Alfonso XII. Casi nada. Entonces Comillas se convirtió en la capital de España por un día. Una cualidad que, si se trata de arte, se afianzó cuando el artista y el resto de arquitectos contemporáneos se enamoraron de la villa. Ya lo decía el propio Gaudí:«Para hacer las cosas bien es necesario, primero, el amor, segundo, la técnica».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos