La cicatriz de la ciudad

La huella gráfica ayuda a la reconstrucción, a ordenar la memoria y dar sentido

GUILLERMO BALBONA
La cicatriz de la ciudad

Hay ciudades tatuadas, estigmatizadas por la historia. Santander 'año cero' tiene su foto fija mostrada en una miríada de secuencias, en un enésimo punto final. Varía la atalaya, el rincón, la perspectiva más siniestra, la dimensión absoluta o relativa de la catástrofe. Pero permanece el rastro de las cenizas, el dolor de la crónica que solo puede ser en blanco y negro, la cicatriz de las casas heridas, abiertas, con hendiduras, desnudas. El fuego no es visible casi nunca pero se intuye. Son imágenes que casi huelen, que se diluyen en la propia devastación que reflejan. Como el humo se van y, de pronto, regresan. El esqueleto de los edificios, el rastro de las llamas convierte cada cliché de la tragedia en el decorado de un escenario cuyas bambalinas esperan para tomar protagonismo. La ciudad quemada esconde y revela el embrión de su futuro. Reconstrucción y rescoldos fundidos en negro, en sepia, en ese rastro de una ciudad fantasmal. Se cumplen la próxima semana setenta y un años del incendio: La destrucción de dos kilómetros cuadrados del Santander histórico. Y, con ellos, 37 de las calles más antiguas de la ciudad y 400 edificios de viviendas. En este álbum, de la mano del CDIS, el aniversario se queda detenido en una imagen inusual de la calle Atarazanas, actual avenida de Calvo Sotelo, tras aquel infierno de febrero de 1941. Los detalles nos sitúan los edificios en ruinas, uno de ellos en pleno derrumbe; las luminarias de la zona ajardinada central, que construyó el alcalde Ernesto del Castillo en 1936 tras el derribo de los inmuebles de la calle Colón y la ampliación de la calle. Al fondo, no obstante, la perspectiva permite apreciar el inicio de la calle Jesús de Monasterio, que no fue afectada por la catástrofe. En el primer edificio que se observa intacto, se hallaba, al igual que hoy, la farmacia Erasun. Es la reconstrucción del imaginario, la labor de recomponer la singular memoria gráfica de una ciudad. En el asombro producido por una huella que ha perdurado hasta el presente la fotografía revela la piel de los edificios, la tragedia de lo perdido, los claroscuros...y esa vocación de relato que organiza la memoria y le da sentido.

El incendio en la calle Atarazanas, 16 de febrero de 1941, Colección Víctor del Campo Cruz.