El exilio del premio Francisco Mirapeix

José Antonio González (28 años), junto a uno de sus referentes, Leonardo Torres Quevedo. /
José Antonio González (28 años), junto a uno de sus referentes, Leonardo Torres Quevedo.

El ingeniero José Antonio González, ganador del galardón, lamenta las escasas oportunidades laborales en Cantabria

JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Huyó de Cantabria en busca de un trabajo digno: «En esta región hay ingenieros que trabajan por 800 euros al mes y eso no puede ser. No está bien, ni para ti, ni para el colectivo profesional, porque con el tiempo se termina por devaluar tu trabajo», zanja José Antonio González, egresado del campus cántabro y ganador este año del premio Francisco Mirapeix, que concede cada año el colegio de ingenieros industriales de Cantabria.

Ahora trabaja en Barcelona, en un proyecto de HP para el desarrollo de tecnología industrial para impresión en 3D. «Dicen que es la siguiente gran revolución después de Internet. La llamada manufactura aditiva, ya sea de orejas para implantes humanos o metal y circuitos electrónicos; el futuro va por ahí», cuenta el joven ingeniero, ganador del certamen con un proyecto con el que ha tratado de ir más allá.

«He trabajado sobre una estructura a presión bajo la normativa ASME -con el código de diseño acordado por la American Society of Mechanical Engineers-. En resumidas cuentas, consiste en una tecnología que obliga al agua a pasar por diferentes membranas en el proceso de desalación», describe. «Lo más importante fue el carácter real del proyecto. Quise que fuera 100% aplicable. Que se tratara de innovación en toda regla».

Al fin y al cabo es la lógica de un proyecto fin de carrera, que sirva de unión del mundo académico con el entorno más profesional en ese salto que un estudiante realiza cuando termina la carrera. A él le resultó en un primer momento harto complicado. «Llegué a trabajar de camarero en Cantabria. Es un trabajo muy digno, pero no es para lo que estuve estudiando durante años. Cuando te ves aquí tratado de esa manera, infravalorado, devaluado, te quedas desmoralizado». El premio también ha ayudado a subir esa autoestima: «Cuando llega cualquier reconocimiento es muy útil. Te sientes mucho mejor, ves tu trabajo reconocido. Además, lo que más me interesa es que este trabajo ha sido reconocido por un colectivo profesional, no estrictamente académico», agrega.

Él es una de las mentes que trabajan en lo que será la industria del futuro. «Una vez sentadas las bases de la información con Internet, la impresión 3D puede traer cambios que aún no imaginamos para ámbitos como el ingenieril, el médico o del entretenimiento», explica. En su caso ha subido a ese barco hace tres meses y las primeras sensaciones son buenas. «Estoy de maravilla, ojalá dure mucho y pueda evolucionar porque este nicho de mercado realmente promete».

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