Escocia: lecciones varias

Londres respira tranquilo con la victoria del no a la separación por un notable diez por ciento tras un prolongado empate técnico en las encuestas

ENRIQUE VÁZQUEZ

Un referéndum político de envergadura y tutti contenti con su desenlace. Tal es el curioso resultado del celebrado ayer en Escocia nada menos que sobre su salida del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y su eventual conversión en un Estado independiente.

Londres (como sinónimo aquí del gobierno británico) respira tranquilo con la victoria del no a la separación por un notable diez por ciento tras un prolongado empate técnico en las encuestas; los nacionalistas habían ganado ya antes del voto una firme promesa (de insoslayable cumplimiento en Westminster) de más autogobierno para el país; Washington, que había hecho saber con habilidad y decoro su preferencia por una Escocia integrada; los mercados financieros, que recibieron con alzas el resultado

Y, lo que más interesa entre nosotros, un alivio inocultable en Bruselas: la Unión Europea había hecho saber a los independentistas que, con los Tratados en la mano, no podría aceptar hoy por hoy en el club a una Escocia independiente. Si se añade que el gobierno conservador de Londres, dirigido por David Cameron, ha comprometido solemnemente un referéndum sobre si seguir o dejar la UE en 2017 el expediente escocés es, en realidad, una pieza separada del caso británico.

¿Una operación calculada?

En los últimos días, es decir cuando los sondeos daban todo el viento a la popa secesionista y el empate era un hecho (excepto, hay que decirlo, para un par de empresas demoscópicas que siempre añadieron al resultado de campo que el alto porcentaje de indecisos se inclinaría muy mayoritariamente hacia el no) se registró en el campo independentista una especie de cambio argumental como si acusara un cierto temor ante el probable triunfo del sí.

La razón de la especulación se acomoda a la conocida historia del aprendiz de brujo que no puede dominar al genio en la redoma a mitad del experimento. Alex Salmond, protagonista central de la memorable jornada y padre del invento, habría sido sensible a los problemas inmensos que crearía la secesión y que, en la práctica, podría hacer impopular la independencia formal cuyas consecuencias iniciales, pero duraderas, serían la crisis económica, el aislamiento diplomático en Europa, el disgusto norteamericano y, en fin, un eventual revés tras el desahogo que es más anti-inglés que pro-independiente.

La operación calculada, si es que existió, ha terminado bien porque los independentistas han perdido pero han arrancado una promesa explícita y púbica del gobierno británico de ampliar, solemnizar y respetar la autonomía escocesa. Llama la atención el hecho de que para mostrar la firmeza de su compromiso Cameron ya ha hecho saber esta mañana que una potente comisión dirigida por William Hague, ex ministro de Exteriores y peso pesado tory, se pondrá manos a la obra. Si se recuerda que un laborista de la envergadura del ex-primer ministro Gordon Brown (escocés, por cierto) se batió el cobre sobre el terreno con idéntica propuesta, el proyecto está blindado. También el tercer partido, el Liberal-demócrata, se sumó al plan de corazón.

Operación rescate

El presuntamente derrotado Salmond vive un día dulce porque la autonomía escocesa será otra, más genuina, más viva y más real y su Scottish Nacional Party no tiene nada que temer en las urnas. La operación rescate efectuada por Londres con grandes complicidades escocesas no explícitas ha dado un resultado estupendo para todos.

Hay que añadir, en el terreno más cercano al propio Salmond, un dato que ha flotado sobre la campaña sin ser muy subrayado: lo que tiene de victoria incluso personal sobre la gestión, de un recordado integrismo neo-liberal, de Margaret Thatcher en los ochenta, particularmente dura para Escocia, que vio desmantelados en buena parte sus servicios sociales y el auge del paro y el desánimo en las zonas industriales que un Londres percibido como frío, distante y aún hostil, no quiso remediar.

Salmond se labró entonces su reputación y es otro logro de la Thatcher y de la falta de reflejos y desinterés de Tony Blair, escocés, con su New Labour ajeno a los viejos postulados obreristas inherentes al estado del bienestar suscitado por el pacto social que en su día animó el inolvidable Clement Attlee. Cameron, un conservador de centro según los parámetros británicos, va a recoger los platos rotos y rehacer los viejos equilibrios.

Es lo prometido, lo hacedero y lo inteligente. Y lo que nos conviene a todos los europeos. En Bruselas se ha respirado con alivio porque solo nos faltaba una crisis del muy describible europeismo británico y el inmanejable dossier de una Escocia llamando en vano a la puerta Lo sucedido es, como se decía en el siglo XVII, una silva de varia lección y un manual de conducta aplicable en muchos escenarios europeos