Adiós a los helados de 'La Valenciana'

Tras 71 años de historia, este emblemático establecimiento ha cerrado sus puertas en Santoña donde ha refrescado el verano a miles de vecinos y visitantes

Para el recuerdo quedarán las largas colas en las noches de verano para tomar el helado de 'La Valenciana' de postre. /DM .
Para el recuerdo quedarán las largas colas en las noches de verano para tomar el helado de 'La Valenciana' de postre. / DM .
Ana Cobo
ANA COBOSantoña

A Fina se le agolpan los recuerdos en la memoria cuando le preguntan que ha sido para ella 'La Valenciana'. Una de sus frases lo resume a la perfección: «la heladería ha sido mi vida». Y cerrar algo que ha sido tan tuyo da pena. «Mucha pena». Pero ella y su familia se merecen el descanso ganado a lo largo de 71 años de trabajo en los que han refrescado los veranos de generaciones de santoñeses, laredanos y visitantes de todos los puntos de España e, incluso, del extranjero. Por eso, la despedida de este establecimiento el pasado septiembre ha significado decir adiós a un 'pedacito' de la historia de Santoña. La villa se queda un poco huérfana con la pérdida de este emblemático comercio y su producto de calidad.

La historia de 'La Valenciana' la empezaron a escribir los padres de Fina, José Sanchís y Mercedes Valero, cuando recalaron en Santoña procedentes de Ibi (Alicante), cuna del helado. De ellos, pasó a la propia Fina y a su marido, Pedro Delgado, que han estado más de 60 años. La tercera generación al frente ha estado formada por su hija Mónica y su esposo, Eloy Castillo. La prejubilación de este último les ha llevado a echar la persiana a la heladería que ha mantenido una clientela fiel hasta el último día.

El amor por el norte llevó a José y a Mercedes a hacer las maletas y dejar el calor de su Ibi natal para establecerse con su pequeña en Santoña allá por el 1947. Aquí, iniciaron su andadura fabricando y vendiendo a sueldo helados artesanales con el carrito ambulante y la garrafa. Al principio, acudían a Ampuero y poco tiempo después pasaron a vender en Santoña, donde se quedaron.

Siendo una cría, con apenas 9 años, Fina empezó a echar una mano a sus padres, «envolviendo los bombones y los coyotes» y enseguida, la pusieron al frente del carrito para servir los helados al público. «Me subía en una 'banquetuca' porque casi ni se me veía», rememora con nostalgia. En el Callejón, tenían el local donde elaboraban a mano los helados. El obrador. «Mi padre usaba una paleta que aún la tengo guardada», apunta Fina.

Arriba, Pedro Delgado y Fina Sanchís, segunda generación. Abajo, a la izquierda, José Sanchís y Mercedes Valero, los fundadores. A la derecha, Eloy Castillo y Mónica Delgado, tercera generación. / DM .

Entonces, se movía con el carrito por distintas zonas de Santoña. «Iba mucho a vender a la venta vieja porque estaban todos los pescadores. Algunos me cambian el bocarte por un helado», cuenta sonriente. Anécdotas de otra época. «A las seis de la mañana ya estaba allí, para que no me quitaran el sitio». Sus palabras describen duras jornadas de labor, que para ella son recuerdos «muy bonitos». Y es que Fina ha sido una mujer trabajadora donde las haya. A la que no se le ha puesto nada por delante.

Su hija, Mónica, y su yerno, Eloy, le ayudan a rescatar vivencias. En el carrito solo llevaba dos sabores. «No había hueco para más». Iba alternando cada día de los seis que fabricaban entonces: chocolate, fresa, tuti- fruti, vainilla, mantecada y corte de nata también llamado 'chambi', que es el más famoso junto con el coyote. En las fiestas siempre estaba ella. «Subía a San Miguel al Dueso, iba a las verbenas...se consumía mucho helado».

El carrito ambulante se convirtió en fijo al abrir un puesto en la plaza de San Antonio. En la esquina donde está El Buciero. Allí estuvo casi dos décadas. «¡Cuanto frío y cuantas calamidades he pasado!». Una de las noches de verbena salió a bailar a la plaza con un chico, Pedro. «Dejé el puesto solo y fue la única vez que mi padre me pegó por abandonar el dinero». Pedro Delgado ya había echado anteriormente el ojo a Fina. «Me vino un día a comprar un helado con un duro partido y no tenía el otro cacho. Yo se lo di, pero con la promesa de que trajera el duro al día siguiente». Y lo hizo. Así se conocieron. Al casarse, el joven dejó su oficio de carnicero y se volcó con su esposa en la heladería, poniéndose al frente del obrador.

Fina sirviendo helados en el puesto de la plaza San Antonio.
Fina sirviendo helados en el puesto de la plaza San Antonio. / DM .

Expansión

El negocio traspasó las fronteras de Santoña. En Laredo, también han tenido dos heladerías, la primera en la calle Doctor Velasco (50 años) y otra después, en la zona del Ever, (21 años). «Nos decían mucho que teníamos que instalarnos en Laredo y mi marido se fue con el carrito un año y luego ya buscó un local». En 1971, el matrimonio cerró el obrador del Callejón y abrió la heladería con fábrica en la calle Serna Occina. La que se ha cerrado. Detrás del mostrador, día y noche, siempre ha estado Fina sonriente y amable. «A mí nunca me habrán visto triste, aunque tuviera días malos. A la gente siempre la he atendido con una sonrisa y buena cara». Una máxima que ha mantenido su hija, Mónica, que a los doce años se unió a la tradición familiar. Es la tercera generación. Fina no se enfadaba ni cuando las pandillas de jóvenes, con la tienda ya cerrada, llamaban al timbre de madrugada avanzada (su casa está al lado) para pedirle helados. «Me levantaba en camisón y se los ponía».

La actividad del establecimiento arrancaba en Semana Santa hasta final de las fiestas patronales. A las especialidades de la casa como el bombón de la casa, el corte de nata, el coyote, nata caliente y montada de máquina se unen multitud de sabores que han ido introduciendo con el tiempo. «Hemos llegado a hacer hasta 45», indica Eloy. Él y Mónica se conocieron en la heladería cuando entró a trabajar. Eloy ha sido el último en conocer la personal receta de estos helados artesanales. «Es un secreto familiar de mis padres», dice Fina. Un misterio que ha conquistado el paladar de varias generaciones. Abuelos, hijos, nietos han pasado por 'La Valenciana. «Estoy muy agradecida de la fidelidad año tras año. Ha venido gente de toda España, muchos visitantes del País Vasco, y a Laredo fueron a comprarnos hasta las hijas de los anteriores reyes. Y a Francia se han llevado nuestros helados».

Afronta esta nueva etapa de descanso con sensaciones contradictorias. A la pena de cerrar se unen las múltiples muestras de afecto que ha recibido estas últimas semanas por parte de sus clientes. Un cariño que ella ha repartido todo este tiempo y que ahora le vuelve en agradecimiento a una vida entregada a su pueblo. Tras el mostrador, Fina ha 'sembrado' mucho y bueno y ahora lo está recogiendo. «Lo empezamos a decir a finales de agosto y algunos no se lo creían. A la gente le da mucha pena», señala Mónica. «El último día fue terrible de la de besos y fotos que nos hicimos con los clientes. Ahora me he dado cuenta de cómo me quiere la gente», reconoce Fina con los ojos vidriosos de la emoción. Para el recuerdo quedarán las largas colas a las puertas del establecimiento por las noches. «En verano lo típico era ir a cenar y de postre venían aquí a tomar un helado». Por eso, muchos vecinos dicen que un verano sin 'La Valenciana' en Santoña no será lo mismo tras 71 años de frío y dulce placer. Hasta siempre.

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