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11.06.09 -

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¡Qué mal nos comunicamos!
JOSÉ IBARROLA
Somos monos parlantes. Hablamos sin parar. Somos unos charlatanes. El problema es que nos comunicándonos fatal. A eso voy, con su permiso.
No me refiero a que utilizamos mal la gramática. Hoy no me voy a detener en lo que significa que muchas personas se expresen con frases como: «¡Qué fuerte, tía! Lo que me cuentas es guay. ¿Me entiendes?» Por supuesto, es un placer estar junto a quienes son capaces de mantener una conversación inteligente y educada, aunque, lo confieso, cada día aprecio más a los que me transmiten calor humano, aunque no dominen las reglas de la academia y no sean intelectualmente brillantes.
Lo que quiero compartir con ustedes es la preocupación por lo difícil que nos resulta escuchar a los otros y, también, lo complicado que nos resulta encontrar a alguien con quien hablar. Es decir, en mi opinión, lo grave es que nos comunicamos poco y mal, especialmente en el plano más profundo, el de los sentimientos. No dominamos el arte de hablar y de callar, de preguntar y de escuchar.
Sí, somos unos parlanchines, pero en demasiadas ocasiones hablamos mucho y no decimos nada. En otros casos no hacemos caso a nuestro interlocutor y, lo que es más triste, también hay veces que necesitamos comunicarnos y no tenemos a nadie que quiera atendernos. Además, con frecuencia permanecemos en silencio cuando deberíamos hablar. Nos cuesta encontrar la justa medida, el tono y el momento oportuno, para callar y para decir: «¿Cómo te encuentras?», «Cuéntame. Te escucho» y, también: «Por favor, necesito tu ayuda». La soberbia también explica que omitamos decir: «Perdón» o «Gracias». En ciertos momentos no preguntamos por falta de sensibilidad y por egoísmo. A veces las prisas nos impiden detenernos y mirar al prójimo.
Hablar implica abrirse al otro, preguntar, decir, y esa actividad implica riesgos. Hay circunstancias en las que evitamos preguntar para que no nos respondan, y también nos callamos para no poner de manifiesto la existencia de un conflicto. El miedo a estar con el otro, y también el temor a encontrarse con uno mismo, explica que algunas personas desplieguen una actividad incesante, de trabajo, de ocio y de relaciones sociales; así no se descubre que no tienen nada que decir a su pareja o que su vida carece de un sentido relevante.
Detrás de esta incomunicación se encuentra una forma de estar en el mundo y una manera de relacionarnos que se caracteriza por la desconfianza y el individualismo egoísta. También es consecuencia de la sociedad que estamos construyendo: muy competitiva, con intercambios personales interesados y que olvida las necesidades afectivas.
Seguro que todos coincidimos en señalar muchos de los defectos de comunicación que se pueden observar en las relaciones interpersonales. Hay mucha incontinencia verbal, mucho discurso vacuo, mucho bla, bla, bla idiota y mentiroso; mucha falsa expresión políticamente correcta y mucha educada impostura. Cada vez nos encontramos con más gente que se rinde a la presión del qué dirán y no dice lo que piensa. Además, no son pocos los que mienten para lograr sus propósitos. También, hay quien habla sin saber, poniendo cara de experto. Por otra parte, hay demasiado silencio cobarde, cómplice y egoísta.
Tenemos necesidad del calor de la palabra para protegernos del frío de la soledad. Queremos comunicarnos para sentirnos humanos. La expresión de nuestros pensamientos nos ayuda a reflexionar y las aportaciones de los otros, escuchar sus puntos de vista y contrastarlos con los nuestros, nos lleva a matizar, a mejorar. La discusión es creativa. El diálogo nos hace crecer.
Necesitamos compartir nuestras dudas, nuestro dolor, y también nuestras alegrías y certezas. Ángel Gabilondo dice: «Precisamos la palabra del otro. No sólo que nos escuche. Que nos diga». También señala que es un regalo de la vida encontrarse con alguien con quien hablar. Y tiene razón.
Ortega lo ha expresado con rotundidad: la relación más humana se construye con la conversación, con el diálogo. Tratamos de acabar con la radical soledad intercambiando sentimientos. Claro que también nos comunicamos con caricias, pero el interés por el otro se apoya en escuchar y en decir. El calor del abrazo debe completarse con la actitud dialógica: querer entender al otro; desear compartir pensamientos, sentimientos, estados de ánimo y propuestas.
La experiencia cotidiana nos dice que para que el encuentro interpersonal tenga éxito, para que el diálogo «funcione», es preciso que ambos interlocutores tengan una actitud receptiva y generosa, que quieran compartir y que busquen el entendimiento. Es preciso escuchar, hay que respetar al otro y es necesario apartar los prejuicios. El verdadero diálogo se tiene que apoyar en la mutua confianza y en una relación de igualdad. La empatía, ponerse en el lugar del otro, es fundamental. En términos generales, para comunicarse hay que querer al que tenemos al lado.
El maestro Castilla del Pino señaló que la incomunicación es un rasgo característico de nuestra sociedad y de nuestras relaciones sociales. Un consumidor-votante que actúa de forma aislada y sin formularse preguntas, sin interesarse por el de al lado, y que no cuestiona a los diversos poderes, es más dócil, menos conflictivo y, más fácil de manipular. Por otro lado, si exponemos nuestra forma de pensar y sentir nos exponemos, nos volvemos vulnerables; podemos ser criticados y pueden herirnos. Es más seguro ir con la máscara y con la coraza. La pérdida de la espontaneidad, la preocupación por la imagen social y por el qué dirán, la superficialidad, la falta de interés por la realidad y, en consecuencia, la no reflexión sobre las estructuras sociales y sobre el lugar que ocupa el individuo en la sociedad produce un hombre empobrecido.
Para que exista conversación, para que se produzca un intercambio de ideas, sentimientos y experiencias, es preciso vivir y realizar la oportuna reflexión. Si no se ha realizado una introspección, nos encontramos con el comentario vacuo y con el discurso ajeno del papagayo. El individuo vacío no puede comunicar, se limita a contar la anécdota sin sentido, a articular palabras vanas, a repetir los argumentos de otros. Esa falta de reflexión, de criterio y de intercambio con otra persona pensante, provoca el aburrimiento vital. La alienación, la falta de sentido, lleva al malestar interior.
Las comunicaciones frías, impersonales, y más aún las fórmulas falsas que empleamos en muchas relaciones sociales, dejan un poso de insatisfacción. Necesitamos comunicarnos, respirar aire limpio, sentir que no nos hemos convertido en esas máquinas que con voz inexpresiva y con sonido hueco, dicen: «Su tabaco, gracias» o «Si desea información pulse el 1. Si quiere realizar otra gestión pulse el 2».
Erich Fromm explica que muchos de nuestros diálogos son bailes de máscaras, danzas de marionetas. Así, en el ámbito laboral, en la lucha política y en el escenario del teatro social, la conversación, las entrevistas, los debates, se caracterizan por procurar quedar bien, vencer, ganar; para ello se intercambia información, conocimientos y símbolos de estatus. Por el contrario, cuando abandonamos el rol profesional y el social, cuando dejamos surgir nuestra faceta interior entonces surge la verdad, la entrega, la apertura al otro, la espontaneidad, la generosidad.
Almodóvar tituló a su película «Hable con ella»; pues bien, quizá tengamos que pensar si esa indicación no va dirigida a cada uno de nosotros y se refiera a las relaciones que mantenemos con nuestra pareja, hermano, compañero de trabajo y, en otro plano, con las que tenemos con las personas que encontramos todos los días.
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