75 aniversario del incendio de Santander

Así murió un bombero valiente

Así murió un bombero valiente
  • Julián Sánchez, única víctima mortal del incendio, pretendía seguir en la extinción con el bazo y un pulmón rotos. Un escrito oficial rescatado del olvido revela la heroicidad de aquel hombre

Los nichos de la segunda, tercera y cuarta mesetas del Cementerio de la Almudena de Madrid fueron vaciados en 2009 por amenaza de ruina. Los restos de los difuntos no reclamados por sus familiares se trasladaron al Cementerio Sur. Allí aguardan todavía en bolsas individuales, cada una con su placa de identificación. Uno de esos sacos contiene los huesos de Julián Sánchez García, fallecido el 28 de febrero de 1941. Tenía 38 años. Fue la única víctima mortal del incendio que redujo a cenizas y escombros el centro histórico de Santander, el corazón de la ciudad. Muy poco se ha sabido de este bombero y de las circunstancias de su muerte. Un manuscrito rescatado de una carpeta del archivo del Cuerpo de Bomberos de Madrid revela, 75 años después, hasta qué punto fue heroico el comportamiento de este zamorano.

El equipo de bomberos de Madrid llegó a Santander a las nueve y media de la mañana del lunes, 17 de febrero, con 25 hombres y cinco vehículos: dos bombas, dos camionetas y el coche de mando. Al frente del grupo estaba el arquitecto director Santiago Soler y Garay, al que acompañaban un jefe de zona, Eugenio Pingarrón Soria; dos jefes de dotación, seis conductores y quince bomberos, entre ellos Julián Sánchez.

Para entonces ya apoyaban a los agotados bomberos de Santander los desplazados desde Burgos, Bilbao, Palencia, Torrelavega, Valladolid y San Sebastián. La zona de actuación encomendada a la dotación de Madrid fue la de las calles La Blanca, San Francisco, Puerta de la Sierra, Plaza de los Remedios, Plaza de las Escuelas, Carvajal y el edificio de la Catedral. Por ellas distribuyó a sus hombres Soler en parejas, y a Julián lo enviaron con su compañero Mariano del Hoyo a la calle San Francisco.

Este «experimentado» bombero de 38 años era el porta-lanzas, es decir, el encargado de llevar el surtidor. Y era peón de albañil. «En esa época, para acceder al Cuerpo de Bomberos había que tener siempre un oficio, y los más apreciados eran los de albañil y carpintero», explica Juan Redondo, jefe del departamento de Coordinación de Bomberos de Madrid y, como tal, responsable del museo y del archivo histórico. Este oficial de bomberos con 33 años de servicio se ha tomado la molestia de buscar entre legajos y ha aflorado un «maravilloso documento», escrito de puño y letra, «con una caligrafía de la que ya no hay», por el jefe de zona Luis Crespo, al que se encargaron las diligencias de averiguación de lo ocurrido aquel 17 de febrero de 1941 en Santander.

Cuando estaba solo

Los dos bomberos destinados a la calle San Francisco se afanaron durante toda la mañana en su lucha contra el fuego. Hubo un momento en que Mariano dejó su puesto para acercarse a comer algo. Julián siguió con su labor en solitario, cansado después de horas de batallar contra las llamas a renglón seguido de un viaje largo, lento y penoso desde Madrid, de noche, por carreteras de posguerra en mal estado, empeorado por los efectos de un destructivo temporal. Uniformado de azul, con su chaquetón y su casco de cuero, sin ninguna protección en la cara, a pulmón, atacaba el fuego frente al número 15 de la calle San Francisco cuando, detrás de él, se cayó un muro que le golpeó de lleno. Eran las tres de la tarde. Lo rescataron con ayuda de un grupo de militares destacado en la zona. Solo se quejaba de dolor en la espalda y en la rodilla izquierda.

El herido fue trasladado por un corneta en el coche de mando «al sanatorio de Valdecilla, donde fue reconocido por dos médicos de guardia que calificaron su estado de leve». Los dos bomberos regresaron pocos minutos después al sector de extinción, puesto que el lesionado no quiso que lo ingresaran, «mostrando deseos de continuar en los trabajos, lo que se le prohibió, ordenándole se resguardara del frío y las molestias en el interior del coche Ford, donde insistió en permanecer durante toda la noche, negándose a trasladarse para descansar al edificio del ayuntamiento como sus restantes compañeros designados para retén», recoge el parte de diligencias.

Después de sufrir toda la noche en el vehículo del director, Julián fue trasladado de nuevo a la Casa de Salud Valdecilla porque el dolor arreciaba. La gravedad de su estado se evidenció en los días sucesivos. El valiente bombero quedó ingresado mientras sus 24 compañeros aplacaban el fuego y escombraban en las calles de Santander, de las que se retiraron a las seis de la mañana del 20 de febrero para retornar a su parque de origen, después de 53 horas de trabajo continuado. Sólo se permitían pequeñas interrupciones, «relevándose parcialmente para repostar gasolina y reposar motores».

Reventado sin saberlo

Según publicaba El Diario Montañés el 1 de marzo, Julián recibió dos transfusiones de sangre durante su hospitalización, «para lo que se prestaron desinteresadamente el sargento Marcelino de la Hera y el soldado don Jesús González, ambos de Sanidad Militar, destinados en la Casa de Salud». Todo fue inútil. Falleció en la madrugada del 28 de febrero. En la primera ficha médica que se rellenó en la clínica el 17 de febrero, cuando se le atendió por primera vez, se leía «dolencia lumbar». En la ficha formalizada el día de su muerte ponía «rotura de bazo-pulmón».

Los dolores que soportaba aquel bombero «tenían que ser fortísimos. Estaba reventado por dentro, pero no quería dejar de ayudar a sus compañeros. Le dijeron que era leve. Es terrible. Pero en aquellos tiempos no había ni resonancia ni TAC ni esas cosas. Los médicos le tocarían y él, un tipo duro, aguantó como pudo porque quería seguir trabajando. Alucinante», concluye Juan Redondo, asombrado por el contenido de este documento cuya existencia ignoraba hace solo unos días, cuando hablamos por primera vez sobre el fallecido. El inspector de bomberos escarbó en los archivos y está maravillado del «minucioso, pormenorizado y profesional trabajo de aquellos hombres», reflejado en esos escritos rescatados del olvido. «Es increíble el talento de aquella gente y lo valientes que eran. Hacían lo mismo que nosotros, pero con una penuria material tremenda», subraya.

Julián Sánchez nació el 7 de enero de 1903 en Toro, Zamora. Estaba casado con Gregoria Escribano Plaza y era padre de un hijo y de una hija. Ingresó en el Cuerpo de Bomberos de Madrid el 30 de mayo de 1928, con 25 años y como aprendiz. Apenas cuatro meses después, intervino en uno de los incendios más trágicos de la historia de la capital de España, el del Teatro Novedades, en el que murieron 90 personas. «Fue tan devastador que tiraron de los aspirantes a bomberos, que estaban aprendiendo, entre ellos Julián, que tuvo un papel destacado por el que recibió una mención de honor», según relata el responsable del archivo histórico del parque.

Bajo los bombardeos

En 1934, el bombero que falleció en Santander ya había sufrido un accidente. «Yendo a un fuego en la calle Claudio Coello, se cayó de la bomba. Salió despedido porque hubo una medio colisión. Antes los vehículos no tenían cabina y los bomberos iban en el pescante a la intemperie». De aquello se recuperó tras pasar por la Policlínica. «Pero, sobre todo, lo meritorio fue que estuvo trabajando aquí durante toda la guerra, sin ser ni rojo ni nacional ni nada, solo un abnegado bombero del Cuerpo de Madrid. Tenían que salir a los fuegos durante los bombardeos. Los hombres enviados a Santander tenían una experiencia brutal. Durante la guerra fusilaron a cuatro de los seis jefes de bomberos que había en Madrid, y Pingarrón fue uno de los dos que se salvaron», refiere Juan Redondo.

Duelo y olvido

La muerte de Julián Sánchez fue acogida con grandes muestras de duelo. El Colegio Oficial de Farmacéuticos de Santander entregó 500 pesetas para que le fueran enviadas a la viuda. El sueldo anual del fallecido era de 6.500 pesetas anuales. Los periódicos de la época publicaron los detalles del doble velatorio con el que se despidió al «heroico bombero madrileño». En Santander, el cadáver se veló durante la noche del 28 de febrero en el parque de Bomberos Municipales, con asistencia de autoridades civiles, militares, judiciales y religiosas, y de numeroso público «hondamente apenado», que también siguió el cortejo fúnebre del 1 de marzo hasta la Estación del Norte para el traslado del cuerpo.

En Madrid, la capilla ardiente quedó instalada en el Parque de Bomberos número 1 de Santa Engracia. Los restos del compañero fueron recibidos por toda la plantilla «y se dio orden de que se presentara todo el personal franco de servicio completamente uniformado y en guante blanco para velar el cadáver por turnos desde las nueve y media de la mañana hasta las nueve y media de la noche» del 2 de marzo, detallan los papeles del archivo. Al día siguiente un solemne cortejo fúnebre custodió el féretro hasta el camposanto.

En los registros del Cementerio de la Almudena figura que el 3 de marzo de 1941 recibieron sepultura los restos de Julián Sánchez García, cambiados de lugar en 2009. Sus huesos quedaron olvidados en una saca del Cementerio Sur, pero el recuerdo del hombre al que sostuvieron sigue vivo en la memoria colectiva de Santander.