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De la furia a la roja

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De la furia a la roja

03.06.12 - 00:06 -
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De izquierda a derecha, Ico Aguilar, José Emilio Amavisca, Francisco Gento, Carlos Alonso 'Santillana' y Pachín, en el estadio Santiago Bernabéu./ Foto: José Ramón Ladra
En Amberes, durante los Juegos Olímpicos de 1920, los jugadores españoles lucían un león dorado sobre el pecho. Fue entonces cuando Belauste gritó su famoso «¡A mí, Sabino, que los arrollo!», justo antes de entrar en la portería con el balón pegado al pecho. 'La furia española', les llamó un periodista sueco, ironizando con los recuerdos de la guerra de Flandes.
Desde entonces hasta que Luis Aragonés prefiriese 'La Roja', veinticinco cántabros han podido probarse esa camisola y saber qué se siente al convertirse en historia. Veinticinco jugadores convertidos en leyenda.
Cine mudo
Cuando alguien entra en la leyenda, resulta complejo separar memoria y fabulación. Así, figuras como la de Óscar -el ariete fue el primer racinguista en vestir la camiseta de España, y uno de los escasísimos que han podido lucirla en los Campos de Sport- adquieren una proporción casi mitológica, en la que caben todos los halagos, rayando incluso la hagiografía. La nostalgia, cómo no, moldea el recuerdo hasta dibujar al héroe adornado con todos los dones, dentro y fuera del campo. Velocidad y pundonor, con un golpeo de fuerza y precisión extraordinarias, pero también simpatía y donaire, todos las virtudes se atribuyen al incomparable Óscar quien, según nos cuenta el investigador Raúl Gómez Samperio, incluso hizo sus pinitos como matador de toros. Tal vez por ese carácter, por ser el 'alma de la fiesta', nadie duda de que Óscar fuera cántabro, a pesar de haber nacido en Avilés.
Como todo esto sucede en los años veinte, no nos queda más que un puñado de crónicas en papel amarillento, y media docena de instantáneas que capturaron para siempre esos momentos irrepetibles. Óscar, peinado a lo parisién, posa con la apostura de un galán de cine. Aún no se ha estrenado 'El cantor de jazz', pero su mirada intensa, su gesto conteniendo una media sonrisa, su pose marcial cuentan mucho más que las palabras. Tal vez no sea muy alto, pero las trazas de su recia constitución ya anuncian su carácter de pesadilla para los defensas. La impecable camisola, con los cordones cuidadosamente anudados, delatan su atención por los detalles, y cómo lo hace todo a conciencia. Sabe de su talento, pero prefiere no darse más importancia de la debida. Su deporte acaba de convertirse en profesional y sabe que, con su nuevo contrato, ya no podrá competir en los juegos olímpicos.
Cuando el 17 de abril de 1927 salte a El Sardinero será la segunda vez que vista la camiseta roja; dos años antes, había debutado en Portugal, llevándose la victoria ante el vecino y rival. Ha pasado tanto tiempo que la selección ha cambiado el pantalón negro por el azul. Es seguro desde hace días -ya ha aparecido hasta en la prensa- que formará como titular, aunque no falte la polémica.
El encuentro amistoso, un empeño personal de Ramón Pelayo, marqués de Valdecilla, está programado desde hace meses, pero la federación nacional rinde un homenaje a la chapuza y hace coincidir el choque con los cuartos de final del Campeonato de España. El seleccionador José María Mateos y su ayudante Hándicap, apremiados por la urgencia, deben recomponer un combinado con cinco debutantes. Al menos, estará Zamora, quien como capitán escenifica el intercambio de gallardetes y los saludos protocolarios, más propios de un encuentro diplomático que deportivo, a juzgar por las fotografías que conserva el CDIS, en la colección de Eduardo Sanz, donde no faltan los chaqués y los ramos de flores.
Pero sobre el campo, a Óscar sólo le preocupa una cosa: acertar con la portería rival. Juegan a favor de viento pero los suizos aprietan; además, han alineado a tres defensas. Tras una buena combinación con Goiburu y Galatas, el cántabro consigue batir al portero suizo, pero el árbitro lo anula. 'Offside', decían entonces.
Por fin, en el minuto 34, Olaso hace volar el balón desde la banda; en el segundo palo aguarda Óscar, que cabecea un balón imparable para lograr así el único 'goal' del partido.
Más de diez mil gargantas rugieron en las gradas de los Campos de Sport, aunque el único que no pudo oírlas fue precisamente el goleador; a los catorce años, un severo profesor le había roto los tímpanos de un golpe, truncando sus estudios de telegrafista. Desde entonces, le costaba oír incluso el silbato del árbitro. Dicen, sin embargo, que la carencia de un sentido agudiza los demás. A Óscar, desde luego, le agudizó el sentido del gol.
Aún no sabe que, al día siguiente, las crónicas dirán que estuvo valiente y batallador, pero algo individualista. ¿Cómo no? Ese triunfo, ese gol, será suyo para siempre.
La batalla de Florencia
El cántabro Fede tuvo el triste honor de participar en el partido más violento que haya sufrido la selección española: los cuartos de final contra Italia en el mundial que se disputó a la sombra de Mussolini, en 1934. Tras la proeza de eliminar a Brasil, la batalla campal contra los azzurros terminó en empate a uno. Para el partido de desempate, apenas un día más tarde, España contaba con siete titulares lesionados, incluido Fede. La eliminación, aunque fuera por la mínima, resultó inevitable.
A propósito del futbolista: aunque había nacido en Pando, nunca jugó en ningún club cántabro; su familia había emigrado al País Vasco, donde cambió el horno de pan por los balones. Y tampoco se llamaba Federico, sino Domingo ; le llamaban así en memoria de un hermano fallecido antes de que él naciera.
Doce pares de botas
Por lesión se perdió ese mundial italiano Fernando García Lorenzo, que había logrado salir a hombros de Chamartín tras un 2-4 que el Racing endosó a los merengues en 1935. Fue el segundo racinguista en llegar a la selección, en enero de 1936. Su única convocatoria no pudo ser más desgraciada: por primera vez España era derrotada en su propio campo; 4-5 venció Austria.
García, astillerense, había llegado con dieciséis años al Racing, que en 1928 pagó por él doce pares de botas y seis balones al Unión Club.
Capitán de leones
Como si fuera un personaje de la última novela de Ramiro Pinilla -fue él quien, en realidad, levantó la Copa de España de 1943-, Isaac Oceja fue uno de los escasísimos foráneos que jugaron en el Athletic Club de Bilbao, y tal vez el único que alcanzó la capitanía. Nacido en Escalante, la muerte de su padre obligó a la familia a instalarse en Durango.
Defensa izquierdo, resultaba un temible rematador en los saques de esquina, aunque lo que más llamaba la atención era su costumbre de jugar con un pañuelo al cinto.
Llegó a disputar cuatro partidos internacionales -con el extraño traje azul que impuso la dictadura tras la guerra-, y en el último, contra Francia, se lesionó el menisco.
La debilidad de Cossío
Si el Racing es un club diferente para todo, en ocasiones también sus singularidades también resultan positivas. Es el caso tal vez único de ser presidido por un intelectual de renombre, como ocurrió con José María de Cossío.
Uno de sus muchos empeños fue ver a su central Germán representando a España. El santanderino cumpliría el sueño del directivo el día de los inocentes de 1941, aunque para entonces el Atlético Aviación, haciendo uso del artículo 33, se lo había arrebatado al Racing.
Secar a Zarra
Racinguista desde niño, el destino quiso que el santanderino Aparicio nunca jugara oficialmente como verdiblanco. Voluntario de aviación, aún no había concluido la guerra y ya le había fichado el Atlético, donde se convirtió en toda una institución, ya fuera como capitán o como delegado de campo hasta los años ochenta. Defensa corpulento pero de gran nobleza, sus duelos con Zarra durante los años cuarenta resultaron épicos.
Los reyes de copas
Con Marquitos se inicia una saga familiar en la selección, que todavía puede tener continuación. Víctima del incendio de 1941, su estatura y porte atlético le convirtieron en un defensa resolutivo, pero especialmente temible cuando se incorporaba al ataque. Fue uno de los pilares del Real Madrid de las cinco copas consecutivas, y por una apuesta celebró la última disfrazado de escocés, falda y gaita incluidas. Dos veces internacional, su pasión futbolística era tal que a los treinta y ocho años, ya retirado, volvió a calzarse las botas para jugar una temporada en el santanderino Toluca, de tercera división.
Precisamente allí volvería a coincidir con el torrelaveguense Pachín, con el que compartió zaga en el Real Madrid. Dos veces campeón de Europa, el rápido y rocoso Enrique Pérez Díaz era un defensa polivalente, que también podía jugar en el centro del campo. En sus comienzos destacó en la Gimnástica, y tras pasar por Burgos y Osasuna fichó por los blancos con tan sólo veintiún años. Aunque llegó a vestir de verdiblanco, no lo haría en Santander sino en Sevilla, con el Betis.
Ocho veces internacional, su debut fue especialmente brillante, en una victoria contra Inglaterra por 3-0 en la que consiguió eclipsar al mismísimo Bobby Charlton. Tras la amarga eliminación mundialista en Chile, Pachín pudo festejar la Eurocopa ganada por España en 1964.
La Galerna
Cinco goles y cuarenta y tres partidos figuran en el expediente de Francisco Gento defendiendo los colores nacionales. El de Guarnizo, imprescindible en la historia de nuestro fútbol, no sólo es uno de los jugadores más laureados de este deporte, sino una de las personas más queridas y respetadas. Su nombre, junto al de la mítica delantera con Puskas, Kopa, Rial y Di Stéfano, forma ya parte de la memoria colectiva del siglo XX. Del Racing pasó al Madrid de Di Stéfano, y luego al 'Ye-yé', donde su larga sombra era prácticamente lo único que los defensas veían de este extremo veloz e imparable -dicen que su marca de los cien metros, con el balón en los pies, era de 10'8 segundos-; gracias a Rial pudo domesticar su impulsividad y perfeccionar la técnica del balón.
Convertido en estrella mundial gracias a las incipientes retransmisiones deportivas, sus célebres galopadas hasta ganar la línea de fondo, como aquella en Viña del Mar contra México en el mundial de Chile son parte ya de la leyenda, esa misma que le colocó el sobrenombre de 'La Galerna del Cantábrico', tan en la línea del periodismo de la época. En 1955, con un uniforme de corte militar, debutó con España. En 1964 alcanzaría la cima, venciendo en Madrid a los rusos de Yachine, 'la Araña Negra', y llevándose el Campeonato de Europa. Cuenta que el mismísimo Garrincha llegó a afirmar que «Gento y yo, y nueve más, aunque sean cojos, seríamos invencibles».
Cocinero antes que fraile
El defensa santanderino Vicente Miera es el primer cántabro que ha llegado a seleccionador nacional. Tras debutar en el Racing, fue uno de los 'ye-yés' madridistas de la última copa en blanco y negro.
En su único partido con la selección compartió alineación con otros dos cántabros: Pachín y Gento. Como entrenador, logró el oro olímpico en 1992, con otro ilustre cántabro en el terreno de juego: Amavisca.
Dos en uno
El castreño Peru Zaballa habría de recorrer media provincia montañesa antes de fichar por el Barcelona en 1961. A saber: Castro, Gimnástica, Rayo Cantabria y Racing fueron sus estaciones de paso. Velocísimo extremo derecho, marcó el gol dos mil de los culés en la liga, y en su único partido como internacional firmó los dos tantos con que derrotaron a los irlandeses en Dalymount Park. Su nombre fue mundialmente conocido cuando jugaba en el Sabadell; solo ante la portería, vio al guardameta madridista lesionado tras chocar contra un central y prefirió enviar la pelota fuera y renunciar al gol. Su acción le supuso el premio de Juego Limpio de la Unesco, que desde entonces lleva su nombre.
Los magníficos
Con su figura imponente, el central Santamaría imponía. El santanderino, tras dejar el Racing, fue el baluarte defensivo del famoso Zaragoza que conquistara las copas del 64 y el 66. También en 1964 conquistó la Copa de Ferias, tras su resistencia titánica ante la Juventus: con una brecha en la frente y un corte que requirió doce puntos en la espinilla, los delanteros italianos no pudieron superarle.
Con España jugó un único partido, en 1966, en Dublín contra Irlanda. Su buena actuación ayudó lograr la igualada a cero.
Estreno con fortuna
Ico Aguilar era uno de esos jugadores con la portería entre ceja y ceja, algo que enseguida tuvieron claro los ojeadores madridistas, que no pararon hasta fichar al joven santanderino, a cambio de veinte millones de la época, que sirvieron para sanear la ya entonces ruinosa economía del Racing.
En la recta final de su carrera, militando en el Sporting de Quini y Joaquín, vivió el famoso episodio del «¡Así, así, así gana el Madrid!» de 1979. En su debut con la selección, en 1971, logró marcar un gol en el 7-0 contra Chipre.
El llorado Juan Carlos
Ser capitán del Barcelona es algo más que un galón en la solapa; si ese Barça es, además, el de Cruyff, podemos hacernos una idea de las dimensiones de la gesta.
Recordado por su gol en el famoso 0-5 del Bernabéu, el santanderino prefirió terminar su carrera en el club de sus inicios, salvando al Racing del descenso en 1978, con su gol contra el Sporting en la última jornada de liga.
Con la selección tuvo mala fortuna: sólo pudo vivir dos derrotas, ante Alemania y Yugoslavia.
Contra la gravedad
Si existe un nombre escrito a fuego en la memoria de los que fuimos niños a finales de los setenta, ese es el de Santillana. Su extraordinario salto, su fuerza, su talento rematador suplían cualquier carencia técnica; sólo él era capaz de convertir en bueno un despeje o un balón lanzado a la desesperada. Su inexplicable capacidad para sostenerse en el vacío, prolongando la elevación cuando los defensas ya habían caído, significaban un gol casi seguro en cuanto el balón cruzaba el área.
Ariete del Madrid y nueve de España, su fortuna fue dispar, negándosele siempre el éxito internacional, fuera de blanco o de rojo.
Plusmarquista cántabro con la selección -doce goles en cincuenta y seis partidos-, fue uno de los artífices de la mágica noche en que se logró la clasificación para la Eurocopa del 84, el famoso 12-1 contra Malta. Cuatro de esos goles fueron suyos. Tras un brillante campeonato en Francia, no pudo celebrar la victoria, después del célebre fallo de Arconada en la final. Sin embargo, la prensa le designó mejor delantero centro de la Eurocopa.
López
El laredano Francisco Javier López, que llegó a brillar con el Betis, logrando una Copa del Rey, comenzó su carrera en la Gimnástica, y es de los pocos internacionales cántabros que nunca jugaron en el Racing. Su único partido internacional fue contra Suiza en 1977, con victoria española por 1-2.
El milagro de Malta
Marcos Alonso comenzó su carrera en el Racing, aunque a diferencia de su padre, Marquitos, sus éxitos llegarían en Atlético de Madrid y el Barcelona, donde jugó con Maradona. Extremo elegante y con remate, la fortuna no le sonrió en la final de la Copa de Europa de 1986, que se llevó in extremis el Steaua, tras marrar el último penalti. Veintidós veces internacional y con un gol a sus espaldas, fue uno de los héroes del 12-1 contra Malta.
Quique Setién
El que fuera ídolo de la grada racinguista en los ochenta y los noventa fue también una gran estrella del Atlético del último Calderón. Sus disputas con la familia Gil y su fuerte carácter lastraron una carrera que auguraba mayores triunfos; aún así, en su haber quedan hazañas como el 5-0 endosado al 'dream-team'. Llegó a disputar tres partidos con la selección. Debutó en 1995 compartiendo delantera con Rincón y Butragueño.
Aplasta, Arteche
El afable gigantón de Maliaño medía 1,88 metros, y aunque le precediera una fama de 'leñero' -'asesino', llegó a llamarle Gary Lineker para 'calentar' un Inglaterra-España-, lo cierto es que su recuerdo dejó una estela de señorío y bonhomía tanto dentro como fuera del campo.
Iba para ingeniero químico metalúrgico o estrella del baloncesto, pero tras pasar por la Gimnástica y el Racing, Artechembauer y su característico bigote se convirtieron en santo y seña de los colchoneros durante una década.
Frenado por la dura competencia del tándem Goiko-Maceda, tan sólo pudo ser cuatro veces internacional. Debutó en 1986 y marcó un gol a Albania, pero tuvo que ser precisamente Lineker quien, con cuatro goles, le cerrara las puertas de la selección.
Álvaro Cervera
Este santanderino de Fernando Poo vistió en cuatro ocasiones la camiseta nacional, y comparte con el clasico Óscar de los años veinte algo más que la posición de ariete: los dos habían nacido fuera de Cantabria, y sólo ellos -con permiso de De la Peña- han disputado un partido con la selección en Santander. Tuvieron que transcurrir cincuenta y cinco años para que fuera posible, de 1927 a 1992. Otro cántabro, Vicente Miera, ocupaba el banquillo, en un empate sin goles contra Inglaterra.
El Puñal de Laredo
Todavía recuerdan en los campos de tercera división a aquel 'hippie' del Valladolid capaz de regatear él solo a todo el equipo contrario y entrar con el balón en la portería, de modo que a nadie extrañó su sonado fichaje por el Madrid y las extraordinarias campañas que firmó, incluida la primera Copa de Europa 'en color'.
José Emilio Amavisca, que jugó quince partidos con la selección, debutó contra Chipre en 1994. Un año más tarde le vimos correr sobre el césped de Armenia, celebrando el gol de la victoria. Como era su costumbre, hincó la rodilla en tierra, agachó la cabeza y señaló repetidamente al cielo, antes de que sus compañeros se abalanzaran sobre él. Era su forma de recordar a Fredi, su amigo de la infancia en Laredo, al que se llevó un accidente de trabajo en plena juventud.
Engonga
Vicente Engonga, torrelaveguense nacido en Barcelona, brilló en el Mallorca de Héctor Cúper. De origen ecuato-guineano, fue el segundo futbolista de color en defender la camiseta española, lo que realizó en once ocasiones. Disputó la Eurocopa de Bélgica y Holanda, y marcó un gol a Croacia en 1999, contribuyendo al 3-0 final.
Iván Helguera
De Santander al Madrid, pasando por la Roma y el Español, Iván Helguera fue uno de los más brillantes y laureados del cambio de siglo. Reconvertido a labores de contención, siempre destacó por su toque de calidad, y puede presumir de un palmarés nacional e internacional envidiable.
Con la selección disputó el mundial de 2002 y las eurocopas de 2000 y 2004, llegando a disputar cuarenta y siete partidos.
Lo pelat
En septiembre de 2005, el cántabro Iván de la Peña saltaba al estadio de su ciudad para representar a España en un amistoso contra Canadá. Cuando en el minuto 74 fue sustituido, las gradas estallaron en aplausos. En la cima de las interpretaciones simbólicas, el relevo se lo dio Xavi Hernández.
De la mano de Luis Aragonés, disputó cinco partidos con 'La Roja' -fue precisamente Aragonés quien acuñó el término-, tres de ellos oficiales.
Munitis
Junto al mítico Óscar, el único cántabro que ha llegado a la selección defendiendo los colores del Racing ha sido Pedro Munitis. Fue en 1999, el mismo año en que consiguió hacer pichichi a su compañero Salva, cuando llamó la atención del seleccionador Camacho, y poco antes de que le fichara el Real Madrid.
Su debut, en partido oficial, fue contra Austria, con un resultado de otra época: 9-0 para los nuestros.
Para Munitis aquello fue como un sueño, pero aún faltaba lo mejor. En la Eurocopa de 2000, en Francia, cuajó un memorable partido en octavos de final, remontando en el descuento para terminar venciendo 4-3 a Yugoslavia, con un gol de Munitis, al que también hicieron un penalti que convertiría en gol Mendieta. En cuartos, contra Francia, el escurridizo jugador del Barrio Pesquero amargó la tarde a Thuran, pero todo se fue al traste al marrar Raúl un penalti en los últimos minutos.
Camacho volvería a convocarle para la clasificación la siguiente Eurocopa, pero su discreto paso por el Real Madrid le cerró las puertas de la fase final. Aún así, el cántabro llegaría a afirmar en 2009 que «estar en la selección es la leche».
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