Caso Almería, aniversario de un horror

Todavía no se sabe la verdad sobre la trágica muerte de tres jóvenes que trabajaban en Cantabria | Confundidos con etarras, fueron torturados, acribillados a balazos y quemados

Juan Mañas, Luis Montero y Luis Cobo./
Juan Mañas, Luis Montero y Luis Cobo.
JOSÉ EMILIO PELAYOSantander

Era un papel plegado en cuatro. El suyo. Lo deslizó en mis manos con la mirada perdida. Sus ojos revelaban una fe, que ni yo mismo tenía. No tardé en descubrir sus palabras. Ahí estaba su grito, el de la muerte en vida de una madre desgarrada; estaba escrito a mano, tinta azul... «Quisiera preguntar al señor Rosón, ya que él dice que no han sido dichos individuos torturados, ni recibido malos tratos, me diga públicamente dónde están los brazos y las piernas de mi hijo José Luis para ir a buscarlos, porque son míos... Y los de sus amigos. Se lo pide una madre muy dolorida por tamaña injusticia» (sic). Estábamos en su casa cerca de Isabel La Católica de Santander y era la tercera vez que nos veíamos. Enmudecí como lo hizo Pepe Jimeno, el redactor de sucesos, todo olfato periodístico, que me acompañaba. Minutos después, esa tarde del 19 de mayo de 1981, el director de El Diario Montañés, Manuel Ángel Castañeda, daba el visto bueno. El papel, el de la madre nunca consolada, podía publicarse... Ella, Dolores Mier, una persona anónima hasta entonces, acababa de cursar un carta, ahora ya pública, al todopoderoso ministro del Interior de España, Juan José Rosón. El mismo alto cargo que llevaba días en silencio sin saber qué decir ante la muerte trágica de tres jóvenes trabajadores cántabros Luis Cobo (28 años), Juan Mañas (24) y Luis Montero (33) ocurrida el 10 de mayo (¿el 9?) en Almería... Decían que eran terroristas...

Treinta y cinco años después, aquellos recuerdos cobran vida casi obligada cuando te piden que registres en tu memoria. Es un nuevo aniversario del llamado caso Almería, un desconocido para gran parte de la España de hoy. A decir de las familias de las víctimas se trató aunque entonces no se reconociera y la sentencia judicial de 1982 no lo determinara al dejarlo en homicidio, de un asesinato de tres jóvenes inocentes a los que confundieron con etarras. Y según la misma fuente fueron detenidos, torturados, desmembrados, acribillados a balazos y quemados. Historia negra vivida en 1981, con una democracia sitiada por un intento de golpe de Estado ocurrido meses antes, por un terrorismo de ETA y GRAPO que bañaba de sangre el país, y por unas fuerzas de seguridad todavía embebidas de una dictadura que repudiaba la libertad.

En aquella casa de Isabel La Católica, Dolores Mier y su hija para mí ambas ya fueron Loli me entregaron aquel papel lleno de lágrimas. Su historia, la que les marcó de por vida, había empezado una semana antes. Su hijo (y hermano) Luis había aceptado la invitación de su compañero y amigo Juan Mañas, para acudir a Pechina (Almería) a la primera comunión de su hermano. Un buen plan de fin de semana al que se unió otro de la pandilla, Luis Montero. Y los tres emprendieron un viaje del que no volverían...

La fatalidad hizo que en una España convulsa, ETA cometiera un atentado en Madrid cuyo objetivo era el teniente general Joaquín Valenzuela. Murieron tres militares y el general y otras veinte personas resultaron heridas. Otro atentado. Y las fuerzas de seguridad divulgaron enseguida las fotos robot de los tres presuntos terroristas... Tres y jóvenes, como Juan, Luis y Luis, en esos momentos camino de Almería en un Seat 127 que tuvo la mala suerte de averiarse en Alcázar de San Juan y tener que ser reemplazado por otro vehículo de alquiler, un Ford Fiesta. Un trueque que un vecino del lugar consideró extraño, hasta el extremo de pensar que los pasajeros del coche alquilado coincidían con la descripción de los supuestos terroristas del atentado en Madrid.

Comunión y Casa Fuertes

Hasta ahí, el infortunio. Los tres jóvenes llegaron a su destino y decidieron que la jornada del 9 de mayo pasarían el día en Roquetas de Mar. Fiesta antes de la otra fiesta de la comunión del pequeño Francisco Javier, hermano de Juan. Un niño que hace un año, 34 después, recordaba cómo nunca jamás volvió a ver a su hermano: «Yo era un niño. Con la ilusión que se tiene yo solo quería ver a todos, estar en familia, acabar en una fiesta....». Y sabe como nadie que el día de su comunión terminó en tragedia, porque «vivimos recordándolo en cada momento, está siempre en la mente».

Porque Juan, Luis y el otro Luis, no llegaron a casa esa noche. Tal y como quedó demostrado en el juicio celebrado un año después, los tres jóvenes residentes en Cantabria fueron detenidos en Roquetas de Mar. Ahí empezó una barbarie, en su tiempo muy poco investigada y tratada de ocultar. Fueron trasladados a la comandancia de la Guardia Civil pero después su destino se perdió en el silencio, la mentira, la ocultación de pruebas y el engaño... Ahí empieza también la otra hipótesis planteada por el abogado Darío Fernández. Arranca un viaje a la locura que llegó hasta una fortaleza abandonada situada en el lugar conocido como Casas Fuertes. Allí es donde fueron interrogados y torturados; y previsiblemente fue en ese punto donde los tres jóvenes «mal identificados» dijeron las crónicas oficiales, y un «trágico error», pregonó el ministro Rosón perdieron la vida. Así lo trató de establecer siempre el abogado de las víctimas, Darío Fernández, convertido en aquellos momentos en un héroe para las familias de los jóvenes. Un letrado que sufrió amenazas de muerte, seguimientos..., que vivió el miedo al saber que trataba de aportar verdad y luz sobre un caso que muchos consideraban un «crimen de Estado» para poder sentenciar que los tres muchachos fueron «víctimas del terrorismo», petición, por cierto, que nunca ha sido reconocida por ningún Gobierno aunque se haya planteado varias veces.

El relato del horror habla de que en Casas Fuertes (Almería) ocurrió la tragedia y que fue entonces cuando sus autores solo se condenó a tres tejieron la trama. En palabras del abogado DaríoFernández, optaron por urdir una coartada imposible: la plática oficial diría que los tres jóvenes, a los que todavía consideraban etarras, trataron de huir cuando iban en la parte de atrás del vehículo; y en esa maniobra se produjo un tiroteo, el coche cayó por un barranco y se incendió. Funcionó la treta: el parte oficial gubernamental anunció la detención de tres terroristas y su muerte en un intento de huda.

Fue la versión, la suya, la de un grupo de guardia civiles dirigido por el entonces teniente coronel Carlos Castillo Quero, fallecido en 1994, y en la que participaron al menos once miembros del Cuerpo. Once que se quedaron en tres... Porque la sentencia del caso un hecho «sin esclarecer», con condenas «irrisorias» y siempre rechazadas por los familiares, determinó que el suceso fue un «homicidio» con el atenuante de «obediencia del deber» por aquello de que creyeron que eran terroristas. Castillo Quero afrontó 24 años de cárcel, pero solo pasó recluido 11; el teniente Manuel Gómez fue condenado a 15 años de prisión, y el guardia Manuel Fernández Llamas a 12. Nadie más, ni nada más, porque hace un año los familiares de las víctimas todavía seguían a la espera de un palabra amable, «algo» por parte de las instituciones. «Nadie nos ha llamado», pregonó en el 34 aniversario el hermano de Juan Mañas. Como también lo hizo Socorro Montero, hermana de Luis: «Para nada se ha hecho justicia; en tantos años no se ha hecho justicia».

Treinta y cinco años después, el caso Almería es historia. Salvo para los que la vivieron en sus carnes. Como explicaba Darío Fernández, fue una lucha judicial contra todo y todos. Sobreponiéndose a la nula investigación, a las amenazas de muerte, a tener que esconderse... Y con pocos medios y menos amigos. Como él mismo relató, fue una batalla de un abogado y unos medios de comunicación, muy pocos, ya que sin ellos «el abogado», él, confiesa que no habría logrado nada.

Con el golpe del Estado en el retrovisor, en 1984 llegó la película El caso Almería. Menos presión para alumbrar una historia real de una tragedia, filmar casi en negro... Cuando aquello, unos jóvenes actores encarnaban a los fallecidos Juan, Luis y Luis. Eran casi principiantes de nombres Iñaki Miramón, Juan Echanove y Antonio Banderas; relato de película y ficción superada por la cruel realidad.

Treinta y cinco años después no te liberas de las imágenes. De las dos Lolis ni de sus lloros desgarradores; de las horas y horas de conversaciones telefónicas con Darío Fernández; de la escalera, oscura, por la que ascendías al domicilio de Dolores; de la exhumación casi prohibida del cadáver de Luis Cobo, enterrado en Ciriego, y de las fotografías de ese instante hechas por mi hermano Julián, convertido en improvisado fotógrafo y encaramados sobre una tapia perimetral del cementerio mientras varios guardia civiles nos apuntaban con metralleta y nos conminaban a que nos marcháramos. Era la historia que no teníamos que contar. Episodio negro hoy demasiado olvidado.

Treinta y cinco años después es casi obligación recuperar los recuerdos. Me lo piden y lo hago, y en primera persona. Vivencias. No he vuelto a hablar con Darío, y no podré hacerlo más con las madres muertas en vida en 1981 y que ya han fallecido. Una de ellas era Dolores, Loli, la que me entregó un papel plegado. Ese que abrí, que estaba escrito a mano... «Quisiera preguntar al señor Rosón...».

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