El año del ‘harakiri’ de la política cántabra

2017 dejó a los partidos enfangados en luchas internas que terminaron por sacudir al Gobierno

El año del ‘harakiri’ de la política cántabra
Javier Cotera
Gonzalo Sellers
GONZALO SELLERSSantander

Hace calor en la campa de Los Llanos de Camaleño en la que el PRC está celebrando su fiesta anual. Es 1 de julio de 2017, sábado, y más de 2.000 simpatizantes y afiliados regionalistas miran de reojo el guiso de patatas con carne que burbujea a fuego lento. Pero la tradicional cita festiva se ha convertido este año en una demostración de fuerza política. Allí están todos los alcaldes, líderes locales y altos cargos con el pañuelo verde al cuello y la pulsera del Año Jubilar en la muñeca. Y delante de ellos, Miguel Ángel Revilla, el presidente que volvió a serlo tras insistir en que había llegado la hora de su jubilación. No volverá a ser tan rotundo esta vez. Sabe que dentro de dos años estará ante su gran oportunidad de ganar por primera vez unas elecciones. Los apenas 8.368 votos que le separaron del PP en 2015 escuecen mucho en un político al que siempre han reprochado gobernar sin vencer en las urnas. Pero el escenario ha dado un giro radical en 2017. En el PRC se ven capaces de superar la barrera de los 100.000 votos empujados por los errores del resto de partidos, enfangados en unas divisiones internas que ya no se molestan en suavizar en público. Aquellas paredes de cristal del PSOE, de las que tanto se quejó Dolores Gorostiaga hace más de una década, parecen ahora un juego de niños.

Revilla, subido a ese templete de Camaleño, con el olor del guiso en el aire y la camisa azul sin remangar, resume en dos frases la posición de poder en la que ha quedado el PRC: «La felicidad total es ver un partido unido. No ganar las próximas elecciones sería un fracaso, pero vamos a hacerlo por méritos propios y por el panorama de alrededor». Lo que no sabía entonces el presidente es que aún quedaban seis meses más de luchas en el PP, purgas en el PSOE, rupturas en Ciudadanos y dimisiones en Podemos que, finalmente, terminaron por sacudir a su propio Gobierno.

Es complicado recordar un curso político tan convulso en la Comunidad. La región no vivía una situación similar desde las mociones de censura y la escisión de la derecha de la primera mitad de los años 90. En 2017, tras más de veinte años de paz institucional, los partidos cántabros, con la excepción del PRC, expusieron su fragilidad interna ante los ciudadanos a solo dos años de las elecciones.

El primero en hacerse el ‘harakiri’ fue el PP. En un partido que siempre ha lavado la ropa sucia en casa, la sorpresa no sólo fue la intensidad de la fractura, sino su falta de pudor en desnudarla a la luz pública. Cuando en el mes de febrero, su portavoz en el Parlamento, Eduardo Van den Eynde, llamó «traidora» a María José Sáenz de Buruaga por enfrentarse a Ignacio Diego para presidir el partido, ya eran un secreto a voces en Joaquín Costa las fuertes discrepancias entre ellos. Incluso un mes antes, en enero, cuando Diego aseguró que el Congreso sería «un acto de reafirmación de un partido unido», algunos ya estaban decidiendo a qué caballo iban a apostar. Pero esas diferencias no se habían convertido, todavía, en un espectáculo a la vista de todos.

Todos los escarnios públicos, las demandas en los tribunales, los expedientes disciplinarios y expulsiones que durante 2017 han formado parte de la rutina del PP cántabro se explican por la debacle electoral de mayo de 2015. La pérdida del 29% de los votantes, de siete diputados y de decenas de ayuntamientos encendieron la chispa de una ruptura que acabó con más de dos décadas de paz interna.

PP y PSOE renovaron sus direcciones a costa de una profunda división en sus filas

El Congreso más convulso de la historia del PP cántabro, en marzo, fue solo el aperitivo de una crisis que no se cerró con el cambio de año. «No habré ganado este Congreso si no soy capaz de preservar la unidad del partido», dijo entonces Buruaga, pero por el camino han quedado muchos cadáveres que se niegan a darse por muertos. La crisis popular ha llegado a los tribunales y desembocará, casi con toda seguridad, en la escisión de los críticos en un partido, Lealtad Popular, que dividirá aún más el voto del centro-derecha. Muy lejos queda ahora aquella frase de Diego: «Hay que pasar página. Estoy a disposición de la nueva presidenta. Su suerte será la de todo el PP».

El PSOE entra en barrena

Cuando Revilla se subió a aquel escenario de Camaleño y hurgó en la herida del resto de partidos, su socio en Peña Herbosa, el PSOE, todavía estaba liderado por Eva Díaz Tezanos, aunque empezaban a asomarse las grietas que luego desembocarían en el colapso del edificio. La victoria de Pedro Sánchez en las primarias nacionales había dejado vencedores y vencidos en el socialismo cántabro, como en todo el territorio español, a pesar de que los mensajes oficiales decían lo contrario. «El partido sale reforzado de todo esto», aseguró aquel mes de mayo Ramón Ruiz. El consejero de Educación no sabía todavía que se iba a convertir en mártir.

No hubo que esperar mucho a que Pablo Zuloaga, tras derrotar a Tezanos en el Congreso, redactara una lista negra que llevó a hablar de purga más que de renovación. «Tengo muy claro que nadie es imprescindible», avisó el todavía alcalde de Bezana. Y con ‘nadie’ se refería, exclusivamente, al núcleo de confianza de la vicepresidenta, que se resistía a dar un portazo y dejar en manos de los recién llegados su gestión y proyectos en el Gobierno. Era cuestión de tiempo que la cuerda se rompiera y que Revilla, hasta ese momento un espectador agradecido desde la barrera, se viera salpicado.

Zuloaga le exigió la cabeza del consejero de Educación, pero el presidente, leal a la tranquilidad institucional que le había regalado Tezanos, prefirió consultarlo directamente con Pedro Sánchez en Madrid. Allí se convenció de que no había nada que hacer. Zuloaga tiene las riendas del PSOE cántabro. «Le he pedido estabilidad en el Gobierno y me la ha garantizado», reveló Revilla en agosto, tras su primer encuentro con él. Pero eso sólo iba a durar dos meses, hasta que la negociación del Presupuesto volvió a enfrentar los intereses del PRC con los del PSOE, más interesado en acercarse a Podemos. «No voy a permitir que Zuloaga me alborote el gallinero», avisó el presidente en noviembre, ya convencido de que este nuevo PSOE podría no ser ese aliado incondicional que el PRC necesitaría para gobernar con mayoría en 2019.

Aquel primer forzado apretón de manos entre Revilla y Zuloaga desembocó, después, en una renovación del pacto de Gobierno y en tres salidas tan dolorosas para Tezanos como innegociables para la nueva dirección socialista: Ramón Ruiz, Salvador Blanco y Rosa Inés García.

El cainismo de PSOE y PP no ha hecho más grandes a las nuevas siglas, como se podía prever en un primer momento. Lejos de aprender de los errores de los viejos partidos, Ciudadanos y Podemos los han repetido. La formación de Pablo Iglesias ya es una experta en autoinmolarse a pesar de sus escasos tres años de existencia. Este año ha perdido a su secretario general, Julio Revuelta, y a siete de sus consejeros, dejando en el chasis a la dirección regional, a la espera de otras primarias y mientras los tres diputados que tiene en el Parlamento hacen la guerra cada uno por su cuenta.

Y en Ciudadanos, más de lo mismo. La llegada de Félix Álvarez y su buena sintonía con Rubén Gómez terminó por desconectar a Juan Ramón Carrancio. Su dimisión y la de los dos concejales de Santander, en pleno proceso judicial –luego archivado– provocó un ‘efecto mariposa’ en la política cántabra. Carrancio se convirtió, para la oposición, en el «tránsfuga» utilizado por el bipartito para aprobar el Presupuesto.

Mientras todo esto ocurría a la luz de los focos, Revilla encontró en Mariano Rajoy un perfecto ‘enemigo externo’ al que culpar de los males que acucian la región. Una relación de amor-odio que cambió en menos de dos años, el tiempo que pasó entre el «Rajoy gana en las distancias cortas y me ha dado muy buena impresión», que Revilla pronunció tras su visita a La Moncloa, y el «Rajoy es un moroso que no quiere nada a Cantabria», que denunció en el Día de las Instituciones de 2017. Hasta el punto de que la desaparición del dinero de Valdecilla, la «falta» de inversiones y la «perjudicial» reforma de la financiación han llevado al Ejecutivo cántabro a amenazar con llevar a los tribunales al Estado.

Ahora queda lejos aquella mañana de julio, en Camaleño, donde en primera fila, sentado a la derecha de Revilla, se sentó el hombre que controla el bastión regionalista de la comarca del Besaya, que fue inmolado para investir al presidente y que el año pasado, junto a Ángel Agudo, cerró sus causas abiertas en los tribunales. «Ya he puesto la otra mejilla en demasiadas ocasiones. ¿Venganza? Yo archivo, no olvido», dijo en aquel momento Javier López Marcano. El 2017 no resolvió la incógnita de su regreso a la política. Quizás en 2018.