Entre dos tierras

En Valle de Villaverde el prefijo telefónico es de Vizcaya y el código postal de Cantabria

El pasabolo tablón es uno de los mayores entretenimientos de las tardes de verano en Valle de Villaverde./Juanjo Santamaría
El pasabolo tablón es uno de los mayores entretenimientos de las tardes de verano en Valle de Villaverde. / Juanjo Santamaría
RAFA TORRE POOSantander

El viajero percibe un pequeño sentimiento de desarraigo nada más poner pie en tierra en Valle de Villaverde. Este trocito de Cantabria enclavado en Vizcaya, en la comarca de Las Encartaciones. Al pie del bar de La Segunda Juventud se monta una improvisada tertulia. «Somos de Cantabria porque pagamos allí los impuestos, pero poco más», afirma una de las mujeres. Choca, sobre todo, porque el municipio es uno de los feudos históricos del Partido Regionalista (PRC), adonde a Revilla le gusta acudir con asiduidad y presumir. Ya está superado el litigio histórico entre ambas comunidades y ahora la colaboración es buena. «Aquí los prefijos telefónicos empiezan por 94 y no por 942, el código postal (39880) es cántabro y el cura de la Iglesia del Pilar pertenece a la diócesis de Vizcaya», apostilla la misma mujer. ¿Por qué ese desapego? María, dueña del negocio, arroja algo de luz. «La gente no es que se sienta ni de un sitio ni de otro, pero los vínculos son más fuertes con Vizcaya. Por lógica. A Cantabria no tenemos conexiones en autobús y, al final, los niños acuden al colegio a Trucíos –durante un tiempo se llamó Villaverde Trucíos– y después al instituto a Balmaseda». «Si te pones malo, bajas a Cruces y a ver los toros, a Bilbao», añade después otro vecino.

Es otra de las curiosidades, la afición por la tauromaquía. «Aquí hubo tres plazas», explica. Una en Laiseca, otra en Mollinedo y la tercera junto a la iglesia de Santa María. Esta última ahora es un prado rodeada de un muro de piedra con dos portillas de metal donde aún se puede observar tres pequeños toriles y siete plataneros que crecen en su interior. Está junto a la iglesia del mismo nombre, una construcción abandonada y con el techo hundido en lo que lo único que parece sobrevivir al paso del tiempo son los nombres esculpidos en la pared de los cinco caídos del bando falangista durante la Guerra Civil. Laura García habla también de toros y de la Guerra. Es la que mejor conoce la historia del pueblo porque es la abuela o, mejor dicho, la tatarabuela. A sus 102 años (los cumplió el pasado 20 de mayo), destila lucidez y energía vital. Tras hacerla un gesto, baja sola las escaleras desde el balcón hasta el portal de su casa. Cocina, plancha y hace las tareas, como si no le pesasen los años. Puede decir que ha vivido –y, en ocasiones, sobrevivido– a la dictadura de Primo de Rivera, la 'dictablanda' de Berenguer, la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura de Franco, la Transición «y lo que hay ahora».

Laura García luce espléndida a sus 102 años. Derrocha vitalidad y una memoria prodigiosa.
Laura García luce espléndida a sus 102 años. Derrocha vitalidad y una memoria prodigiosa. / Juanjo Santamaría

Cuenta que durante el golpe de Estado militar del 36, «cuando bombardeaban, íbamos al túnel de Carranza por el día y regresábamos a casa por las noches». No olvida que sus padres trajeron 36 vacas y un toro para lidiarlo –en los prados, el día de la visita, se ve sobre todo animales de la raza monchina, variante autóctona de Cantabria que se distingue por su carácter semibravo– y que «doce aparecieron colgadas, aunque solo las patas, el resto se lo habían llevado». Y también recuerda cuando a uno de esos toros «un perro que teníamos le arrancó la cola a mordiscos y mi madre, para que pudiera ser toreado y nadie se diera cuenta, se lo cosió a mano». A su lado, su sobrino, José Ramón, da fe de todo lo que dice.

La bolera de La Lastra se encuentra a solo unos metros de su casa. El pasabolo tablón es otro de los pasatiempos en las tardes de verano. Y también una gran afición y un orgullo. Arkaitz, Galder, José y Miguel se afanan en adecentar el corro, cambiar algunos asientos e instalar una pantalla de televisión que sirva de marcador en el Campeonato por España de Parejas de 1ª categoría que se disputará allí el próximo día 25, día de Santiago. La mecánica, para un foráneo, no es complicada. Otra cosa jugar. Se plantan tres bolos sostenidos con arcilla delante de un tablón que se humedece y, con una bola de entre seis y siete kilos que se desliza, los golpean para lanzarlos lo más lejos posible. La puntuación se obtiene de la suma de la distancia de las rayas en la que caen. Miguel accede a la petición del fotógrafo para ser retratado. Tras calentar, toma impulso, lanza y los tres trozos de madera salen disparados como proyectiles. 200 puntos en total. Buena tirada. La máxima posible son 210. Le toca aguantar la sorna de sus compañeros. «Te vas a tener que llevar a la prensa a todos los concursos».