Ocho vidas entregadas a la anchoa

Santoña rinde homenaje a ocho sobadoras que al fin se jubilan después de, en algunos casos, medio siglo de dedicación al duro oficio de convertir el bocarte en el manjar del Cantábrico

De izquierda a derecha, en primer término, Cristina Urrusuno, Pilar Menéndez, Teresa García, Amparo Torres, Evangelina Ruiz, Teresa García Pinos, Aurelia García y Pili Rueda. /
De izquierda a derecha, en primer término, Cristina Urrusuno, Pilar Menéndez, Teresa García, Amparo Torres, Evangelina Ruiz, Teresa García Pinos, Aurelia García y Pili Rueda.
ANA COBOSantander

Por sus manos han pasado miles y miles de filetes de anchoas. Eran unas niñas de 12, 13 y 14 años cuando atravesaron por primera vez la puerta de una fábrica para descabezar y aprender a elaborar este producto. "En casa hacía falta y había que ir a trabajar para ayudar". Así de sencillo. Y si la faena paraba, enseguida buscaban otra conservera donde ganarse el jornal o meter horas extra. Su historia es la de cientos de mujeres santoñesas que, cuando aún no ha amanecido, dirigen sus pasos al polígono industrial para transformar el bocarte que capturan los pescadores en alta mar en la apreciada anchoa que todos quieren degustar. Algunas lo han hecho durante cerca de medio siglo y aunque cueste creerlo se han jubilado "con dolor de corazón". Pero se han ganado a pulso un merecido descanso y un reconocimiento público a toda una vida entregada a la anchoa.

El Ayuntamiento de Santoña durante la feria rindió un homenaje a ocho sobadoras que se han jubilado en el último año. Evangelina Ruiz, Cristina Urrusuno, Pilar Rueda, María Teresa García Pinos, Aurelia García, Pilar Menéndez, Amparo Torres y Teresa García González recibieron el agradecimiento del alcalde y de todo su pueblo por su esfuerzo, sacrificio y una labor impagable. Han soportado jornadas laborales que no tocaban a su fin hasta la madrugada en aquellos años de abundantes costeras de bocarte. "Entonces trabajábamos hasta el sábado por la tarde", cuenta Pili Rueda que aún recuerda como bajaba andando del Dueso con otras vecinas del barrio. "Hacíamos cuatro viajes. Dos por la mañana y dos por la tarde y con los chubasqueros puestos cuando se ponía a llover".

Se privaron de muchos momentos de juventud y han sacado adelante sus hogares, sus familias, sin que les faltara nada a sus hijos. "En mi fábrica teníamos jornada partida y muchas veces me he vuelto a dormir a la cama sin haberla hecho ese día. Había que preparar la comida, lavar la ropa, atender a los hijos... no daban las horas", recuerda Pilar Menéndez.

Todas ellas aseguran que es un trabajo "duro" que solo conoce el que está día tras día con la cabeza agachada ocho horas sobando con "mimo y esmero" la anchoa. Las cervicales es su punto débil pero dicen que entre compañeras la faena se lleva mejor. A las ocho les invaden los recuerdos y las amistades que han forjado en las distintas fábricas por las que han pasado. Aseguran que saben hacer una anchoa gracias a otras mujeres fileteras más veteranas que dedicaron su tiempo a enseñarlas. "Esto ahora ya no es así. Cuando vas a pedir trabajo tienes que ir aprendida y lo primero que te preguntan es cuántas anchoas hacen y sino sabes, no te cogen", explica Teresa García Pinos. ¿A cuántas niñas habré enseñado yo?", se pregunta a la vez que confiesa que como ella era rápida elaborando "alguna vez le he dado algún tarrito de los míos para que tuvieran más producción". Gestos de compañerismo que engrandecen aún más la anchoa que sale de sus manos.

Entre sus reivindicaciones piden que se mejore el convenio del sector que "lleva varios años estancado" y creen que es un trabajo que está mal pagado". La mayoría se han jubilado a los 63 años de forma voluntaria.

El homenaje dicen que les ha hecho una gran ilusión y piden al Consistorio que continúen más años con este acto. Y es que es de justicia que se ponga de relieve su labor y que se conozca todo el proceso que hay detrás de una lata. "Ya es hora de que se nos reconozca y se haga visible nuestro trabajo artesanal. Sin nuestras manos no habría anchoa".

Cristina Urrusuno, sobadora Crespo: "Siempre me ha gustado este trabajo"

Cuando Cristina echa la vista atrás aún se recuerda haciendo anchoas en unas mesas de madera que al limpiarlas se humedecían y se levantaban astillas. "Había que cambiar las mesas cada dos por tres. Hoy ya son de aluminio y se pasa la bayeta sin problema". Comenzó en el oficio con 11 años y tras más de medio siglo está disfrutando de un merecido descanso. "He trabajado a jornada partida y al mediodía aprovechaba para poner la lavadora y hacer alguna cosa del hogar". Recuerda que por no faltar al trabajo cuando sus hijos eran pequeños les llevaba a médicos particulares. "A la pesca hay que tratarla con cariño pero también es importante ser rápida porque las fábricas lo primero que te preguntan cuando vas a buscar trabajo es cuántas anchoas haces". Dice estar orgullosa de ser sobadora y "nunca he querido cambiar porque me ha gustado" Su marido ya jubilado también ha sido pescador por lo que siempre han vivido pendientes del mar.

Teresa García Pinos, sobadora Don Bocarte: "Antes parabas en una fábrica y te metías a otra"

Teresa es de Ondárroa y empezó allí con 14 años a sobar anchoas. "Me casé con un hombre de aquí y al venirme seguí trabajando en la conserva". Recuerda que en aquellos años había mucho trabajo. "Parabas en un fábrica y en seguida te metías a otra. Te encontrabas el portón abierto y te metías a descabezar". Los últimos 14 años ha estado trabajando "muy a gusto" en Don Bocarte donde todo se hace "artesanal". Cuenta que antiguamente no te exigían elaborar tanta producción pero, ahora, valora "tenemos más comodidades, más higiene, más derechos...". Eso no quita, para que diga que "es un oficio duro que no está pagado". El homenaje lo agradece porque "ya es hora que se nos reconozca y la gente sepa todo el trabajo que hacemos dejándonos la espalda". Madre de siete hijos ha hecho encaje de bolillos para "sacar a todos adelante y que nos les falta el puchero". Dos hijas continúan en el oficio también en Don Bocarte y otros dos hijos son marineros.

Pilar Menéndez, sobadora Pujadó Solano: "Entré para cortar y exprimir y poco a poco aprendí"

"Empecé con 25 años en conservas Nuevo Mundo sin saber nada porque no había visto en mi vida una fábrica". Pilar es oriunda de Meruelo y el amor le trajo a Santoña. "Entré en octubre y en Navidad nos mandaron para casa y ya en enero me contrataron fija. Primero me dedicaba a cortar y exprimir y poco a poco fui aprendiendo a hacer el filete". La fábrica se vendió en 2003 a Pujadó Solano y "nos cogieron a todas con los mismos derechos". En total, ha estado 38 años elaborando anchoas. "Me llevo buenos recuerdos. Cuando me quedaba en el paro también he ido a otras fábricas a sacar las huevas al verdel". A Pilar lo que menos le gustaba, dice, era descabezar o hacer latas de salazón que "salía de la espalda reventada". Por contra, le entretenía hacer el filete de anchoa. "En los últimos años hemos hecho mucho boquerón que también me gustaba". Como sus compañeras cree que es un trabajo "un poco duro en el que hay que estar día a día para saber lo qué es. No está pagado".

Amparo Torres, sobadora Consorcio: "Empecé con 12 años y no llegaba ni a la mesa"

Con doce años Amparo ya atravesó la puerta de una fábrica de conservas. "Entonces no llegaba a la mesa y me pusieron una tabla sobre dos piedras para que pudiera descabezar". Hasta los 14 no le hicieron fija y recuerda que en Hoya "me enseñaron a limpiar el bonito, a hacer el filete, aprendí muchas cosas". A su marido le mandaron a trabajar a Madrid a la conservera Jesús Colás y para allí se fue con él y siguió ligada al sector. Volvió a Santoña dejando la capital con pena y pasó por otras factorías hasta jubilarse el pasado noviembre en Consorcio después de 44 años entregados a la anchoa. "En todas las fábricas he estado muy contenta, no tengo ninguna queja". El homenaje "me ha gusto mucho" y también le hicieron otro en Consorcio con sus compañeras. "Tuvimos una cena y me dieron una sorpresa muy grande. Se portaron muy bien conmigo". Y, aunque se acuerda de sus compañeras "deseaba jubilarme porque estaba agobiada. Es un trabajo duro".

Aurelia García, sobadora Ángel Viadero: "Me he retirado con mucho dolor de corazón"

Aurelia no puede evitar emocionarse al hablar de su trabajo. "Me he retirado con mucho dolor de corazón porque estaba como en mi casa. He sido muy feliz trabajando en conservas Arlequín y en los últimos años en Ángel Viadero. Había muy buen ambiente tanto con los jefes como con las compañeras". Dice que hace unos días fue de visita y lo echa mucho en falta. "No puedo decir nada malo". Ha dado a la anchoa 42 años de su vida y "nunca he faltado al trabajo". "Tenía jornada partida y siempre iba corriendo a los sitios y mis hijos ya me decían que era el momento de parar". Reconoce que antes era más duro el oficio y se acuerda "de aquellos barriles con tapa de madera que se utilizaban". Aurelia explica que elaborar una rica anchoa "lleva mucho trabajo" y el que la prueba ya no quiere nunca más las malas. "Y tiene que ser pesca del Cantábrico, sino parece bacalao". Para Aurelia estos homenajes están "muy bien" porque "nos agradecen nuestra labor".

Evangelina Ruiz, sobadora San Filippo: "De tantas horas sentada, duelen las cervicales"

Evangelina entró a la fábrica cuando "mis cuatro hijos ya estaban criados". Durante mucho tiempo ha estado haciendo salazón y los últimos diez años "ya empezamos a hacer filetes". Ella ha trabajado en la conservera San Filippo, ubicada en Argoños hasta hace unos cinco años que se instaló en el polígono de Santoña. "Es bonito que se haga este homenaje y que se nos recuerde porque es un trabajo muy duro. De tantas horas sentada te duelen las cervicales". Recuerda que al principio le costó aprender a sobar pero las compañeras que tenían experiencia le fueron indicando cómo es todo el proceso. Tras la jubilación cuenta que a veces echa en falta a las compañeras y la faena. "Sobre todo lo del salazón porque estaba más distraída de un lado para otro". Nacida en Burgos recaló en Argoños tras casarse con su marido. "Yo no tenía ni idea de la anchoa". Y, ahora, "ya sé por cuántas manos tiene que pasar hasta acabar en la lata. Es muy artesanal".

Teresa García González, sobadora Consorcio: "Sin nuestras manos la anchoa no se puede hacer"

Cuando cerró la empresa en la que trabajaba haciendo jerseys, Teresa optó por ir a trabajar a la fábrica. Tenía unos 18 años y planes de casarse. "Entonces era lo único que había". Su abuela había sido sobadora hasta casi los 70 años. "Comencé en Albo repartiendo la pesca por las mesas y, luego, nos sentaban un rato y nos iban enseñando cómo se limpiaba la anchoa y cómo se metía en las latas". Sus propias compañeras le explicaron todo el proceso. "Ahora esto ya no lo hacen. Tienes que ir a la fábrica enseñada". Reconoce que es un trabajo "duro" y con los años se hace "cansado" pero "se lleva adelante y todo se supera". Los últimos 30 años ha estado en Consorcio. Agradece el reconocimiento que les ha hecho el Ayuntamiento con motivo de su jubilación. "Sin nuestras manos la anchoa no se podría elaborar. Con las máquinas no se puede hacer esto, es todo manual". Además, tiene claro que "la anchoa y la pesca son la vida de Santoña".

Pili Rueda, sobadora Don Bocarte: "Es duro pero con las compañeras se lleva todo mejor"

Pili era una chiquilla de 14 años cuando empezó a bajar del Dueso con otras vecinas para hacer anchoa. "Hacía falta el dinero en casa y había que ir a trabajar". Se ha jubilado tras casi cincuenta años dedicada al sector. "Son muchas horas sentada y la espalda se resiente, pero yo he estado muy a gusto trabajando en la fábrica y con las compañeras y, eso, te hace llevarlo mejor". No obstante, cree que tiene que estar más reconocido este oficio. Su última etapa laboral la ha pasado en Don Bocarte, donde valora que hay un ambiente muy bueno. "Echo mucho en falta a mis compañeras", confiesa. Con su experiencia cuenta que la anchoa hay que tratarla con mucho mimo teniendo cuidado para que no se rompa y limpiarla muy bien. "Lo último es colocarla en la lata de forma que quede bonito". "La gente no sabe todo el trabajo que hay detrás. Cuando vienen de visita a una fábrica lo ven y te dicen mira que bien lo hacen pero es un trabajo en el que hay que estar día tras día".

 

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