Medio Siglo de Mayo del 68

La movilización obrera y Monseñor Cirarda

José Ramón Saiz Viadero | Escritor e historiador

Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONASantander

«De aquel movimiento no queda más que una ilusión juvenil, como supongo pasará con el 15-M cuando sus mentores se hayan quedado integrados en el sistema. Y la hipocresía de cuantos hoy en día –gran parte de nuestros dirigentes– parece que estuvieron en aquellas barricadas. Pasa lo mismo que cuando uno escucha hablar a ancianos proclamando que ellos fueron raqueros en su día. Pura nostalgia de algo que no fue».

Entre la memoria y la investigación, el mundo del libro en todas sus aristas, la historia y el cine, el activismo cultural, también político, y la escritura se forja la trayectoria de José Ramón Saiz Viadero (Santander, 1941). En aquel Mayo santanderino del 68 el autor de 'Mujer, República, Guerra Civil y represión en Cantabria' era un joven de 27 años que tomaba la decisión de dedicarse enteramente a la distribución y venta de libros. Viadero, que había ingresado un año antes en el Partido Comunista, abrió entonces la Librería Puntal en el número 15 de la cuesta del Hospital, unos números más abajo de donde nació: «El criminal siempre vuelve al lugar del crimen», comenta con humor.

Guiado por «el espíritu crítico que nos caracterizaba a los componentes de la célula intelectual», precisamente en esa época convulsa recuerda que viajó con Joaquín Ceballos a París para exponer ante la dirección del partido sus críticas sobre el funcionamiento de sus medios de comunicación (Mundo Obrero y, sobre todo, la Radio Pirenaica). «Nos escucharon». Allí tuvo ocasión de visitar al abogado santanderino Ignacio Fernández de Castro, en el exilio desde su participación en el contubernio de Múnich, y en su casa me encontré a mi amigo de adolescencia y convecino Joaquín Leguina, antes de su marcha a Chile. Un viaje «fructífero, del cual tomarían cuenta los de la brigada político-social, al quedarse con el pasaporte».

Ramón Viadero comenta que de Mayo y «la década prodigiosa» tuvimos noticias alentadoras a través de los medios españoles, pues «se alegraban de las revueltas posiblemente para fastidiar a las autoridades francesas y, en general, a todo el establishment», incluido el PC francés. «Nuestra alegría, como pasa con todo este tipo de movimientos espontáneos –apunta– acabó diluyéndose, y nos quedó una especie de sarampión sesentayochista, estimulado por la reacción cultural que supuso aquel movimiento, sobre todo en los medios cinematográficos». En este sentido recuerda que uno de los creadores que vivieron sus frutos con mayor intensidad fue el cineasta Paulino Viota, que «entonces comenzaba en el campo del cortometraje y pronto quedó fascinado por algunos directores de la nouvelle vague proclives al mayo francés, como Godard».

«De aquel movimiento no queda más que una ilusión juvenil, como pasará con el 15-M»

Saiz Viadero, en su querencia de historiador, traza su visión del periodo, –«que bien podríamos denominar 'diez años que transformaron el mundo'»–: «Algunos fueron momentos de optimismo transformador, como los vividos de una forma ilusionada en Praga y en París, y otros escenarios de grandes tragedias que anunciaban la imposibilidad de evolucionar por medios pacíficos, como fueron el asesinato de Kennedy y la matanza de estudiantes en México».

¿Y España?: «Estaba sumida en una dictadura que no parecía finalizar nunca su larga noche, sumida en una indigencia cultural que le hacía aparecer como la hermana menor y subdesarrollada del resto de las naciones de su entorno». Mientras en el mundo se manejaban las teorías de Fanon, Althusser, Lacan (Sartre ya había sido superado), Marcuse y Wilhelm Reich, –recuerda Viadero– «entre nosotros aún se reivindicaba a un Ortega sumido en el ostracismo por el Régimen, a un Unamuno discutido por el clero, y se pugnaba por introducir en los círculos intelectuales progresistas la obra de Teilhard de Chardin».

De los efectos del 68, el autor de volúmenes de historia del cine español y de Cantabria, entre otros, destaca las resonancias de ciertos movimientos reivindicativos de base que fueron iniciados por la masa universitaria y los de la Iglesia que, al menos en las bases clericales y laicas, «no pudo permanecer ajena a un fenómeno que ponía en cuestión tanto el papel de la religión y sus propagandistas en la sociedad actual como las limitaciones dogmáticas vividas en el funcionamiento del clero y demás órdenes religiosas: el movimiento de los curas obreros».

La sexualidad del clero

A la hora de cuestiones directas, Viadero alude al celibato obligatorio, que fue «impugnado intelectualmente, resuelto individualmente y fuente de numerosos abandonos, no de la fe católica pero sí de la profesión sacerdotal, tanto masculina como femenina».

«Multitud de curas y monjas colgaron sus hábitos sin despertar los antiguos escándalos familiares y sociales que les habían precedido, para poder vivir su propia sexualidad en un marco que fuera compatible con sus propias creencias». La novela 'Lamento por un cura casado', presentada al premio Planeta por el sacerdote secularizado Manuel Revuelta Sañudo, «supuso el banderín de enganche en Cantabria para tantos jóvenes y no tan jóvenes párrocos diseminados por los pueblos».

Cantabria –subraya el investigador–, «posiblemente fue la provincia donde se desarrolló de una manera más directa la pugna abierta entre los sacerdotes más tradicionales y los curas progres o rojos; una pugna que tuvo su epicentro, coincidiendo con los sucesos revolucionarios del 68, en el traslado del alumnado desde el Seminario de Monte Corbán a los espacios abiertos de las caballerizas de La Magdalena».

El autor a sus 18 años. El retrato está fechado en 1959, cuando Viadero estaba a punto de ingresar en el Ateneo. / I.González Díez

Sobre los enfrentamientos habidos durante aquellos años renovadores en el seno de los diferentes sectores católicos, «existe materia para escribir varios memoriales», dice Viadero. En ese contexto destaca la figura de José María Cirarda, obispo de Bilbao y administrador apostólico de la diócesis santanderina «porque Franco se negaba a reconocer su nombramiento como titular». Monseñor Cirarda «no solamente tuvo un papel muy en consonancia con su talante humanitario y avanzado, sino que también le correspondió lidiar con el devenir claramente politizado de su diócesis, que llevó a muchos sacerdotes a ocupar las celdas de la prisión habilitada específicamente para el clero en Zamora».

Asimismo, la fecha mítica del 68 fue la del «año de la movilización en Cantabria del elemento obrero, el funcionamiento de las Comisiones Obreras, y las relaciones entre la HOAC y el Partido Comunista que dieron lugar en noviembre a un dispositivo policial denominado Operación Hopaco, fruto del cual fue la detención y encarcelamiento de cerca de un centenar de militantes de ambas organizaciones y las consiguientes torturas en las dependencias policiales a cargo de los componentes de la Brigada Político-Social, en la cual tenía un papel predominante el comisario Víctor Solar». Fue precisamente la intervención pública de Cirarda «lo que logró parar la cadena de detenciones».

Dentro del funcionamiento de las redes clandestinas, entre ellas la muy activa entonces del creciente PC, resurgido después de la caída registrada en 1959, Viadero integraba la célula intelectual creada apenas un año atrás, con la participación de Joaquín Palazuelos, Eduardo Rincón (ambos salidos de la cárcel), Ceballos y Emilio de Mier.

«Dos años más tarde me encontraría con algunos de los condenados por Hopaco en las celdas de la cárcel santanderina de la calle Alta, y tendría ocasión de comprobar personalmente el alcance físico de las torturas». Ideológicamente se encontraban dispuestos para lo que supondría el ansiado momento de la lucha final, sobrevenida merced a la muerte del dictador. «Por si acaso, las autoridades se quedaron con mi pasaporte y no me lo devolvieron hasta pasadas las primeras elecciones democráticas de junio de 1977», recuerda.

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