¿Quién sabe la edad de la luna?

Durante casi dos horas, Carlos Núñez demostró en El Soplao por qué es un virtuoso de los instrumentos. Junto a él, el cántabro Esteban Bolado

¿Quién sabe la edad de la luna?
Javier Rosendo
Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Diego Bárcena tiene diez años y este viernes se metió bajo tierra para volar muy alto. Él ha sido el invitado estrella en el concierto de Carlos Núñez. El gaitero gallego protagonizaba la segunda cita de los conciertos de El Soplao, tomando el relevo al rock de Loquillo, para llegar aún más lejos en un viaje musical en el que demostró por qué es uno de los virtuosos del instrumento más reconocidos del mundo.

Entre la quietud milenaria de la roca, sus manos volaron, veloces y delicadas, construyendo un relato con su arsenal de instrumentos de viento. Su meta era generar una atmósfera especial, poner su repertorio a la altura del lugar. ¿Como lo hizo? Dibujando un arco como el que recorre la cultura celta, representada en su exponente más vivo: la música.

La gente en sus butacas miraba el pasillo impaciente, hasta que pasados once minutos sobre la hora prevista para el inicio del concierto, comenzó a escucharse un suave silbido. En medio de un silencio total y guiado solo por la luz de las linternas, Carlos Nuñez hizo su entrada tocando una flauta de hueso. Nada más propio para saludar oficialmente al escenario de su concierto, en la galería de La Gorda, donde ya le esperaban dos de sus músicos, Pancho Álvarez y su hermano Xurso. Con calma y entre las sombras, el paseo sirvió como interludio para situarse en su lugar previsto y, entonces sí, dar lugar a los aplausos y a 'Alborada Anterga de Pontevedra', uno de los temas más conocidos de su disco 'Mayo Longo'. Una guitarra, un whistle y un juego de campanas, sirvieron para trasladar al público a otro paisaje, en el que el virtuosismo cubrió los espacios que en la grabación original llena una banda más amplia. Mención aparte merece la percusión del hermano pequeño marcando el latido ancestral del momento con un bodhram como medio de transmisión. Un pálpito que el hermano mayor marca de forma constante con su pie sobre el suelo, al compás.

«Esto de dar un concierto en una cueva no pasa todos los días», dijo, cercano, en su saludo al público. «Estamos en la casa de música. Aquí empezó todo. Bienvenidos a este viaje en el tiempo».

En ese recorrido quiso mostrar, por ejemplo, cómo evolucionó el propio instrumento hasta llegar a México en el año 1800, con 'Diferencias sobre la gaita'. Y la gaita, después de una necesaria afinación in situ -la humedad de la cueva así lo requiere- llegó por fin en la cuarta canción. «Tiene más de mil años y en las cuevas encontramos todo tipo de protogaitas antiguas, las madres de este instrumento», explicó didáctico. No llegó sola, además. Con ella apareció Esteban Bolado, rabelista cántabro, discípulo de Pedro Madrid, que hizo su entrada tocando al violín «uno de los temas escoceses más antiguos que se conocen».

El viaje continuó hacia la Edad Media con las cantigas de Santa María, «un regalo de Alfonso X». Música de hace 800 años, interpretada con rabel y fídulas construidas a partir de los modelos que se pueden ver en el Pórtico de la Gloria, entre otros. Fue el momento de imaginar la acústica reverberante propia de las iglesias, otro tipo de cuevas. En este punto Núñez, que había advertido al público más tempranero de que se abrigasen, se deshizo de su chaqueta. Sin apenas iluminación, el ronco crepitar de los instrumentos antiguos invitaba a ver aparecer en cualquier momento a 'Los Fantasmas' de la cueva ataviados con túnicas brocadas. Con una cadencia más lenta, más pesada, toda la cueva se llenó de su sonido. 'La cantigas de Cantabria' fueron, a continuación, el ejemplo de la música tradicional medieval de la tierra, con las que Bolado reconoció sentirse «orgulloso» de ir llevando el nombre de la comunidad por los distintos puntos donde actúa con el gallego.

El siguiente destino fue Bretaña, territorio amable para el oyente, al que este estilo suele invitar a la danza. Y casi renacentista, arrubiado, músico y poeta, desde Cartes llegó Diego Bárcena. Alumno de Bolado, invitado por Núñez, parco en palabras, anunció las dos piezas que iba a interpretar. Y es que así son los artistas; ocupados en mostrar su buen hacer, en su caso, con forma de polka. Como cabía esperar, los asistentes se convirtieron en fans antes de que llegara el último acorde y Diego se retiró con un aplauso unánime.

Era obligatoria la parada en Galicia, y más concretamente en la catedral de Santiago y el Códice Calixtino, aquel que como bromeó Núñez , se llevó «sin darse cuenta», el electricista del templo. A cuatro voces y en latín interpretaron uno de los temas que en su día escucharon los peregrinos al llegar a su destino

Isabel la Católica estuvo invitada al evento, gracias al 'Cancionero de Palacio', con piezas en las que las mujeres expresaban sus deseos y las llamadas 'Diferencias', piezas «muy difíciles de interpretar». Y con el barroco surgió 'Villancico para 1829', uno de sus temas más conocidos, parte de 'A irmandade das estrelas' con el que los viajeros de esta tarde se unieron a la banda con sus palmas y más tarde como coro de 'A Rianxeira', la muñeira con la que todo el mundo se siente más cerca de Fisterra.

De entre ellos, tres voluntarios se prestaron a recitar el poema «más antiguo de Irlanda», interpretado por primera vez en Cantabria y en el que el autor, se dice que un viajero que partió de Iberia para conquistar la isla de Irlanda, se preguntaba entre otras cuestiones, «¿Quién sabe la edad de la luna?»

Para viajar, hace falta llevar maleta, una como la que Xurxo utilizó para «hacer historia» tocándola por primera vez en una cueva, poniendo una vez más las leyes de la física a prueba con la velocidad de sus baquetas. Todo para llegar al final, como no podía ser de otra manera, con quienes fueron el inicio de todo, la banda que hace casi tres décadas abrió el camino al gaitero; The Chieftains. De pie, y cogidos por los meñiques, la danza bretona hermanó a la tripulación, con más actitud que coordinación pero con todo el entusiasmo posible, la Dirección y el personal de la cueva incluidos, para hacer de la cavidad un lugar de danza.

Es necesario destacar, por ser cada vez menos habitual, el extremo respeto mostrado por el público hacia los músicos y hacia el entorno en el que se vivio este viaje entre épocas de casi dos horas. Al terminar, en el exterior, el tiempo discurría a su velocidad habitual, pero para trescientas personas, el poso emocional quedará grabado.

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