Fútbol | Gimnástica

Castigo exagerado

./Daniel Pedriza
. / Daniel Pedriza

La Gimnástica se queda a las puertas de Tercera tras regalar la mitad del triunfo al Barakaldo

Adela Sanz
ADELA SANZTorrelavega

La Gimnástica llegó tarde al partido. Se debió liar aparcando o quién sabe, pero lo cierto es que cuando quiso empezar perdía uno a cero y jugaba con un jugador menos por la autoexpulsión de Leandro. El de Colindres se pasó de vueltas y se sacó una patada a destiempo que dejó a sus compañeros y a El Malecón con la boca abierta. Y ya no la cerraron hasta que el árbitro señaló el final con un marcador que deja al equipo torrelaveguense agonizando y sin oxígeno.

Llegar tarde a una cita importante es siempre un síntoma de mala educación entre amigos; de poco compromiso entre novios y de poca inteligencia entre deportistas. La Gimnástica no estuvo espabilada esta tarde ante un Barakaldo que sin hacer nada se encontró con el partido soñado. Con la obligación de ganar y con un mínimo de esperanza tras la derrota del Real Unión Irún por la mañana, el cuadro torrelaveguense se presentó en El Malecón con la teoría bien aprendida, pero se le olvidó la práctica. Y si además, la fortuna le da la espalda... Chao. En el minuto 11 se metió un gol en propia meta y llenó de suspiros a su parroquia que ya no sabía si sacarle los colores a sus jugadores o al árbitro, que tampoco anduvo muy listo.

En el primer acto no sólo encajó un gol y se quedó sin un jugador, también hubo tiempo para que Primo fallase un mano a mano con Viorel y para que el Barakaldo perdonase otra ocasión de las de llevarse las manos a la cabeza. El balón circulaba sin rumbo como si fuera de rugby, sin que nadie le pusiese cascabel. Ninguno de los dos equipos fue capaz de adueñarse del tiempo, pero el Barakaldo contaba con la gentileza de una Gimnástica que le había facilitado mucho las cosas.

Sin fútbol que destacar ni mucho menos disfrutar, el duelo llegó al intermedio con todo por decidir, pero cuesta arriba para los locales, a quienes se les apagaban las ideas y la calculadora, esa de la que echan mano los malos estudiantes cuando llegan los exámenes finales.

1 Gimnástica

Álex Ruiz, Camus, Jaume Pol, Ramiro Luis Alberto;Cusi, Leandro, Palazuelos, Primo; Alberto y Rozas

3 Barakaldo

Viorel;Óscar Prats, Galán, Picón, Erik;Antonio Sánchez, Jurgi, Fernán, Fran García; Villacañas y Sarkic

Árbitro
Pastoriza Iglesias (C. Gallego). Amonestó a Camus
Goles
0-1, min. 11 (Ramiro en propia meta) 1-1, min. 71. Camus (penalti)
Incidencias
Campo en perfecto estado. Césped regular.
Público
Alrededor de 2.000 aficionados. La entrada más o menos fue la habitual de todas las tardes en El Malecón. También asistieron poco más de cincuenta seguidores del Barakaldo

Y a Dani Mori, como no podía ser de otra manera, también se le paró el reloj a las primeras de cambio, por eso tuvo que darle la vuelta a su planteamiento; de entrada puso una defensa más conservadora que otras veces, pero con el escenario que le quedó al partido en el descanso no tuvo otra que traicionarse. Al asturiano no le salían las cuentas y dio entrada a Fer, un lateral ofensivo y a Salas, un extremo con verticalidad al que le obligó a jugar de delantero. Y aún así, seguían sin salirle, así que trastocó el dibujo y pasó a jugar con una defensa de tres. Todo o nada. No es que a las 17.00 horas la situación de la Gimnástica no necesitase una ambiciosa apuesta –a siete puntos de la salvación a falta de nueve lo dice todo–, pero con solo 45 minutos por delante y perdiendo por 0 a 1 poco más hay que decir. Camina o revienta.

Las prisas son para los ladrones y los malos toreros y en el fútbol si se corre sin sentido se pierde el tiempo y el aliento. Los cambios tácticos le dieron más empuje, pero aun así fue incapaz de recupear el retraso con el que empezó el partido y que le condenó sin remisión. Esclavo de sus errores, el equipo blanquiazul dominó la segunda parte a estrincones. Quería, pero no podía. Le sobraban ganas y le faltaba fútbol. En realidad el fútbol no asistió a El Malecón, porque si con la Gimnástica anda enfadado, con el Barakaldo apenas se habla. El conjunto vasco se enroco y aliviado por el tempranero gol que le regaló su rival, puso todo su empeño en el contragolpe y el quedarse ordenadito. No arriesgó ni una pizca, tampoco lo necesitaba.

Los minutos discurrían y en el partido no pasaba nada, lo peor que le podía ocurrir a la Gimnástica. Mori se desquiciaba en el banquillo impotente lo mismo que el público, donde el blanco de la iras era el árbitro. Tanto fue así que el juego se tuvo que detener y el protagonismo pasó del césped a público, donde hubo un conato de pelea entre un grupo de aficionados excesivamente motivados.

Y de repente, cuando nadie daba un duro por nada... Penalti. Cosas del fútbol. El balón se estrella en la mano de Galán, que pasaba por allí, y el colegiado le echó una mirada al asistente y señaló la pena máxima. La grada, por si acaso tenía dudas, se levantó como un resorte al presenciar la inesperada jugada que deparó el empate gimnástico. Camus, inapelable, puso la pelota en el hierro de atrás, donde no hay quien lo pare. El defensa lo hizo tan bien que luego se pasó de frenada y se ganó la amarilla por excederse con el portero al ir con prisas a sacar de centro. Y entonces... El equipo de casa se desmelenó. El penalti fue el primer lanzamiento entre los tres palos y bingo. Después, Salas, Primo y Palazuelos tuvieron su ocasión. Se acabaron las pizarras, los discursos y las teorías. En la Gimnástica parecía que jugaban al juego de la música y las sillas, cada vez había menos defensas y más riesgos. Era el plan B y no cabía otro. Necesitaba ganar como fuera.

Un aficionado neutral se lo hubiese pasado pirata en el último cuarto de hora de partido. El Barakaldo corriendo a la desesperada, la Gimnástica volcada en el área de Viorel y el público loco. Loco de atar.

A siete minutos del final, Primo la pega con todo el empeño y el portero cántabro de los vascos le saca una mano antológica. Se cantaba el gol. Los torrelaveguenses empujados por una fuerza que no se entrena fueron –como decía Helenio Herrera– mejores con diez que con once jugadores. Apretaron mejor, llegaron más, agobiaron a su rival y le encerraron. El Malecón, puesto en pie, llevó a lo que quedaba de su equipo en volandas. Los técnicos se convirtieron en atrezzo, porque el partido se quedó sin reglas.

Y de nuevo, cuando las apuestas le sonreían a los de casa, un desajuste defensivo le puso la pelota a Barbosa en el pie y batió a Álex Ruiz. El gol del Barakaldo premió la paciencia y no los méritos. El equipo vasco no hizo nada más que esperar a que su rival se equivocase y lo consiguió. El mazado fue tal que dos minutos después, con los torrelaveguenses groguis, llegó la puntilla de Villacañas. A un minuto del final. Mudo. Sin palabras se quedó El Malecón. No le quedaron fuerzas más que para aplaudir y agradecer el esfuerzo de sus jugadores con el partido ya concluido.