Mis recuerdos en un 6.000 con 17 años

El colaborador Pepín Román se estrena en DMontaña recordando su ascensión, con sólo 17 años, al Thorung Peak, en los Annapurnas

Pepín Román, con 17 años, en el Thorung Peak./
Pepín Román, con 17 años, en el Thorung Peak.
Pepín Román
PEPÍN ROMÁNSantander

Un año más, por estas fechas, termina la temporada en el Himalaya. A la cabeza me viene el gran recuerdo de mi primer viaje a esta maravillosa zona del mundo. A ese lugar que siempre señalaba con el dedo como un rincón donde vivir para esquiar ya que todo el año, según me decían los mayores, había nieve.

Recuerdo que comenzaba el verano de 2008, tenia 16 años, y por delante tres meses de trabajo diario en una de las playas más simbólicas de Santander. Pero aquel fue distinto porque en septiembre comenzaría una gran aventura. Me unía a un fantástico grupo de amigos, todos con muchos mas años que yo, para ir a Nepal, a los Annapurnas, e intentar escalar el Thorung Peak, de 6.201 metros de altitud.

Aun celebrando mi 17 cumpleaños, estábamos volando a Katmandu con una incertidumbre enorme, que desde aquel momento nunca he vuelto a sentir. Íbamos a un país asombroso, a una montaña grande, a experimentar la altitud ante la cual no sabía cómo iba a reaccionar. Además, íbamos para estar, durante muchos días, en un lugar de difícil acceso... Pero todo esto o casi todo, lo había recorrido en fotos, vídeos y películas. Mi ventaja era que yo era un ¡chavalín con ganas de aventura sin límites!

Llegamos a Katmandú y los días pasaron muy rápido. Una ciudad de auténtica locura, súper recomendable para todos. Un vuelo en avioneta hasta uno de los aeropuertos mas peligrosos de Nepal, al que ya no se aterriza, varios días de 'trekking' sin problemas de altitud y asombrado con las enormes montañas de 6.000, 7.000 y casi 8.000 metros que nos rodeaban. Disfruté con los porteadores y los guías, grandes amigos a día de hoy, y contemplé lugares únicos como el Lago del Tilicho, el más alto del mundo con casi 5.000 metros, del que tantas veces me habían hablado como uno de los lugares mas espectaculares del Himalaya.

Sin apenas darme cuenta del paso de los días, recuerdo estar en la tienda a las once de la noche, a 5.400 metros, dando vueltas a la pila del reproductor de mp3 para poder seguir escuchando La Fuga, con toda la mente puesta en descansar un par de horas más antes de comenzar a escalar.

¡Llego el momento! Comenzamos a progresar por el glaciar, con mucha nieve y bastante frío en los pies. Las botas no eran las idóneas para esta montaña, pero el frío era algo que ya sufría durante muchos días en Pirineos y Alpes, así que estaba todo controlado. Caminábamos despacio y a la vez agitados, como si corriéramos andando, pero disfrutando de cada paso de esta gran aventura.

Tras varias horas, comenzó a aclarar el cielo, estaba amaneciendo y las enormes montañas de alrededor se teñían de naranja. Desde aquí se veía todo distinto, muy alto, muy grande, pero incomparablemente atractivo para hacer de todo. Recuerdo pensar en esquiar, ¿por qué no?, mientras avanzábamos, a las montañas de los alrededores a las que regresaría todos los años buscando líneas para los esquís.

En la última parte de la montaña, fui el afortunado de ir progresando de primero hasta la cumbre, abriendo huella y disfrutando de manera incomparable cada paso. Una sensación de soledad, autocontrol, descubrimiento, adrenalina y responsabilidad que con mi edad en ningún momento antes había experimentado. Llegamos allá arriba, todos juntos, contentos y muy animados, unas fotos para el recuerdo y, sin perder demasiado tiempo, comenzamos el descenso. Tras 22 horas de actividad, llegábamos al fondo del valle, a escasos 3.500 metros, en una jornada muy larga en el que el Annapurna (8.091 m.) y el Dhaulagiri (8.167) fueron testigos.

Esta experiencia fue una de las que nunca olvidaré. Conocí desde muy joven las montañas del Himalaya, sus complicaciones, riesgos, belleza incomparable y las miles de posibilidades de aventura que ofrecen, siendo hoy mi profesión facilitar estas aventuras a todos. Pero, sobre todo, fue el inicio de una estrecha relación con Nepal, sus gentes, hospitalidad, cultura y religión. Soy un afortunado de tener muchos amigos con los que contacto a diario que siempre me dan una gran lección con su forma de vida mínimalista, de pensamiento inmaterial, que me hace recordar constantemente los extras que tenemos y que nunca valoramos.

Un lugar al que debo mucho y al que nunca dejaré de regresar, donde me consideran de su familia. Nepal atrae por sus montañas pero enamora por sus gentes.

 

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