Un balcón sobre el Asón y el miera

La ascensión discurre entre prados y cabañas pasiegas, y recompensa al caminante con unas vistas incomparables se mire hacia donde se mire

Bajo la cumbre del Porracolina, acometiendo el descenso. /F. G.
Bajo la cumbre del Porracolina, acometiendo el descenso. / F. G.
Fermin García
FERMIN GARCÍA

«El invierno es un aguafuerte, la primavera una acuarela, un óleo el verano, y el otoño un mosaico de todos ellos».

Stanley Horowitz

Comenzamos a caminar en el pequeño aparcamiento de Calseca, retrocediendo unos 200 metros por la carretera que acabamos de subir. Cogemos el primer desvío a nuestra izquierda, que está recientemente abierto para dar acceso a una edificación en construcción. A partir de esa obra continúa un sendero, siempre ascendiendo, por la margen izquierda del arroyo de Calseca, dirección sureste, hasta una cabaña a la derecha, La Penía. Seguimos subiendo y, cuando ya hayamos dejado los prados, buscamos el sendero, a veces poco visible, dirección este-nordeste; a nuestra izquierda se alza el Porracolina. Vamos dando algún zigzag, pues hay bastante pendiente, hasta alcanzar la loma que va del Porracolina al Carrió. Es bastante llana y estamos a caballo entre la cuenca del Miera y del Asón. Es el Alto de la Mina. Desde aquí buscamos un sendero bastante marcado, al comienzo por un sierro, dirección norte-noroeste, que nos llevará a la cima del Porracolina (1.414 m).

Los siete kilómetros del trazado
Los siete kilómetros del trazado / DM

El descenso lo haremos por el Mortero; para ello, retrocedemos unos metros hacia el sur y buscamos un sendero a nuestra izquierda, dirección este-nordeste, para bajar al Alto de Pipiones; cuando llegamos al llano del Alto de Pipiones, continuamos por un sendero –al comienzo poco marcado– por la ladera norte (ya tenemos a la vista, abajo, al norte, las cabañas del Mortero en una especie de llano-hoyo), dirección nordeste hacia el collado que está entre la Porra de Hormigas y las estribaciones de Peñas Gordas. En el collado giramos bruscamente hacia el oeste para bajar a las cabañas del Mortero; por debajo de las mismas sale un sendero que, sin dejarlo, nos llevará al barranco del Paso Malo y a la carretera que sube al Collado de la Espina y que sigue a Bustablado. Cuando estemos en la carretera, la recorremos por la izquierda hasta regresar a nuestro coche. Quien lo desee, puede descender por el mismo itinerario.

Ficha técnica

Punto de partida
Calseca, 420 msnm.
Cota más elevada
Porracolina, 1.415 msnm.
Desnivel
Unos 990 metros tanto en la ascensión como en el descenso.
Grado de dureza
Moderada, aunque hay que salvar bastante desnivel en poco recorrido.
Cartografía
Hojas 59-III y IV a 1:25.000 del Instituto Geográfico Nacional (MTN).
Época recomendable
Todo el año, aunque entre noviembre y mayo puede haber nieve.
Ubicación
Municipios de Arredondo, Ruesga y Soba.
Tipo de ruta
Circular.
Duración
4-5 horas.
Dificultad
Ninguna.

Otros datos. Desde la cima del Porracolina las vistas son incomparables hacia todos los puntos cardinales: al norte, a lo lejos, el mar, Santander, cuenca del Miera…; al sur, en primer término, el Mortillano, Peñas Rocías, Picón del Fraile, Valnera…; oeste, Picones de Sopeña, Enguinzas, Peña Herrera… Si el día está despejado y con un poco de sur, es un deleite para la vista.

Tanto en nuestra ascensión como en el descenso, nos encontraremos con las típicas cabañas pasiegas con sus tejados de lajas de piedra. La cabaña pasiega es un tipo de arquitectura popular mixta, vivienda-establo-pajar, muy característica de la zona oriental de Cantabria, sobremanera de las cuencas altas del Pas y Miera.

No puedo menos que recordar el bellísimo romance del Río Miera de Gerardo Diego, publicado en 1961 en 'Mi Santander, mi cuna, mi palabra'. Cada vez que subimos a Lunada y nos asomamos al mirador de Covalruyo, nos podemos deleitar recitando estos versos grabados en bronce bajo su efigie, mientras contemplamos este bello valle glaciar, extendiendo nuestra vista hasta la bahía de Santander.

Y ya bajando en coche hacia Santander, es obligada una parada en Liérganes y callejear por sus calles contemplando algunas casonas, el mal llamado 'puente romano' –pues en realidad se inauguró en 1606–, y tener un recuerdo para Francisco de la Vega Casar, el 'hombre-pez'.

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