Brigitte Fontaine, rotundamente libre

Brigitte Fontaine, rotundamente libre

Asombro es un término recurrente cuando se habla de esta provocadora a tiempo completo

Luis Avín
LUIS AVÍN

A punto de cumplir unos muy juveniles 80 años e igual de combativa que de costumbre –incluso cuando las redes sociales nos asustaban con un fallecimiento que se demostró inventado-, la figura de Brigitte Fontaine (Morlax, Bretaña francesa, 4 de Junio de 1939), torrencial y rotundamente libre a lo largo de una trayectoria profesional que abarca más de medio siglo, continua provocando sorpresa, si no desconcierto, entre los que se acercan por primera vez a la llamada de su poliédrica obra musical. Y si, da bastante vértigo intentar abarcar una peripecia artística tan singular como heterodoxa, con su vasto muestrario de intuiciones plasmadas en perpetuo coqueteo con lo inclasificable y abiertas triunfalmente a la contradicción; la suya ha sido una carrera salpicada de triples mortales y caídas aparatosas, empujada por el desasosiego existencial y la brutal honestidad creativa de quién, sin manual de instrucciones conocido, ha seguido arriesgándose a formular nuevas preguntas, urgentes y apasionadas, con cada texto y cada canción.

Asombro es un término recurrente cuando se habla de esta provocadora a tiempo completo, camaleónica hasta donde lo requiera su fértil imaginación: criada en el Finisterre galo por unos padres afortunadamente cómplices, aterrizó adolescente en aquel París apasionante de Vian, Debord, Greco, Truffaut o Gainsbourg, decidida a llevar adelante su vocación de actriz. Pero si bien el éxito en los escenarios la alcanzaría eventualmente en 1964 con «Maman J'ai Peur», su colaboración teatral con el gran Jacques Higelin, la música se terminó convirtiendo en el vehículo de expresión principal de sus talentos, y en 1966 debutó con un álbum que Jacques Canetti, el promotor fundamental detrás de los grandes nombres de la chanson, editó en su propia discográfica. «13 Chansons Décadentes Et Fantasmagoriques» presenta con reconocible lustre y aplomo muchas de las obsesiones que han jalonado la dramaturgia musical de Fontaine hasta el presente, todo un anuncio de intenciones que comienza a definir el espíritu -inquisitivo, aventurado, telúrico, irritante incluso…- de su protagonista, aunque en un formato relativamente convencional para lo que nos esperaba a continuación, no lo duden…

Y llegó 1968, el año totémico, tan socorrido como una navaja suiza para todo tipo de coartadas biográficas, que algunos artistas sí vivieron peligrosamente: el director de cine Pierre Barouh, otro iconoclasta de espíritu harto afín al de Brigitte, conducía el catálogo de Editions Saravah, uno de los sellos que más riesgos asumió en el cambiante panorama de la escena musical francófona, y solo era cuestión de tiempo que la Fontaine lo convirtiera en un segundo hogar. «B.F. Est…Folie», el resultado inicial de esa alianza, deslumbra con los arreglos de un muy inspirado Jean-Claude Vannier –el genio que ayudó a construir «Ballad De Melody Nelson» a Serge G., nada menos- y un cancionero pletórico, intención e inteligencia que rezuman desde los mismos títulos: «L'Homme Objet», «Blanche Negre», »Je Suis Inadaptée»….

El siguiente asalto es, sin discusión, uno de los discos de culto de su tiempo y circunstancia: la cascada de ideas y perspectivas que su protagonista principal había demostrado saber manejar con efervescente carisma, fueron puestas a jugar libremente con los representantes de la escena del nuevo jazz más afrocéntrico y polítizado, unos Art Ensemble Of Chicago expatriados en Europa que convirtieron a «Comme À La Radio» (Saravah, 1969) en un enjundioso laberinto de mil posibles lecturas, atrevimiento formal para redefinir lo que era posible hacer de un canción pop, sonidos limítrofes con la vanguardia más «oficial» de aquel momento, pero cargados de humor, sentimiento, sustancia, rumbo y muchísimo filo. Añádanle la decisiva aparición del que, a la postre, resultaría ser el socio creativo más duradero de nuestra desatada heroína, el enigmático Areski Belkacem, compositor y multinstrumentista de origen bereber que trabajaba junto a Higelin cuando este se unió al proyecto del disco, y que terminaría formando pareja –decir estable no sería justo, demasiada brillantez omnívora en colisión- con Fontaine, un tiempo después de completar este glorioso, deslumbrante rompecabezas.

Los años setenta contemplarían la consolidación del trabajo de la dupla Areski y Brigitte Fontaine, en una serie de lp's para Saravah que destilan pura y exultante vehemencia, compatible con una visión cada vez más caustica de la atmosfera sociopolítica que se percibía después de la enorme resaca contracultural legado de la década previa. Así, envueltos sin reparos en una miríada de estilos y géneros, a menudo cohabitando en el minutaje de un mismo tema, llegaron a facturar una llamativa lista de caramelos envenenados, certeros fogonazos de registro tan diverso como «Vous Et Nous», «L'Incendie», «Le Bonheur»… que certificaban su habilidad para sonar a sí mismos mientras adoptaban las múltiples máscaras sónicas que sus cambiantes apetitos les marcaban. Una peripecia verdaderamente apasionante, merecedora de un rescate en profundidad que haga justicia ante tanta grandeza visionaria.

Esa llama de inspiración compartida se iría apagando paulatinamente, mientras el devenir de las modas arrinconaba todo lo que musicalmente no tuviera una etiqueta fácil de asimilar por las emergentes radiofórmulas. Hasta que, en 1980, la unión artística con Areski desembocó finalmente en un largo paréntesis fuera de la actividad musical para nuestra admirada protagonista, centrada en la escritura y el teatro durante casi 10 años de silencio discográfico. Su retorno, a ritmo lento pero firme, con discos tan disfrutables como «Genre Humain», «J'ai L'Honneur D'Etre» o «Kekeland», ha sido un regalo para los fans de todas las edades (muchos la descubrimos en plena era digital, con la llegada de las reediciones de sus trabajos mayores), algo sumamente especial y que la cultura de masas ha ido absorbiendo, al menos en su país natal, hasta el punto de convertirla en un icono -de particular fotogenia y carácter impredecible, eso sí- que no necesita de nostalgias prefabricadas para ser valorado en furioso presente de indicativo.

Lo hemos visto y oído, nadie quería esperar a la naftalina: de Stereolab a Grace Jones, Gotan Ptoject a Noir Désir, Archie Shepp a Sonic Youth, se ha generado una larga lista, rebosante de admiradores felices de grabar codo a codo con ella. Afortunadamente, son muchos los que han sucumbido al aura de pionera absoluta de tantas cosas que tan bien le sienta a esta mujer sin miedo, una voz sabia por derecho que en estos últimos 20 años ha permanecido con su radar creativo encendido de forma permanente, grabando material provocador y desafiante, cuando existían opciones mucho más cómodas a su disposición. Parece claro, esta diva tan dueña de sí misma, no está en absoluto dispuesta a convertirse en otra vieja gloria representada por el mismo negociado del que huyó tantísimas veces, una vaca sagrada que a nadie importa, destinada a ser exhibida en los museos para turistas/voyeurs de la cultura pop. Y es que, amigos, Brigitte Fontaine es más de relevancia que de reverencia, bien es sabido.