El año mágico de la Creedence: el todo o nada de John Fogerty

Entre enero y noviembre de 1969 la banda estadounidense publicó tres discos que fueron la cima de su carrera, una exhibición creativa al alcance de muy pocos compositores

El año mágico de la Creedence: el todo o nada de John Fogerty
Alfonso Cardenal
ALFONSO CARDENAL

La inspiración suele ser una visita cómoda. Come, toma el café, se fuma un cigarro y se va. A algunos elegidos, la inspiración se les instala en casa. Un tiempo. No mucho. Hasta que se cansa y huye. John Fogerty fue uno de ellos. En un 1969 inolvidable, el líder de la Creedence Clearwater Revival compuso, grabó y publicó las mejores canciones de su vida.

En 1968, la banda había llamado la atención con la poderosa Suzie Q y Fogerty tenía claro que no quería volver a trabajar en un lavadero de coches. Había enseñado la pata y no estaba dispuesto a que le cerraran la puerta de la música en las narices. Con todo ese potencial creativo y un grupo descontrolado que tuvo a bien subyugar, Fogerty se lanzó a la conquista del éxito. En enero de 1969 atacó con 'Bayou Country', toda una declaración de intenciones con himnos como 'Proud Mary' o 'Born on the bayou', que llegaron al número 2 de la lista de sencillos de Estados Unidos. Su propuesta fue clara. En contra de la tendencia de San Francisco de canciones eternas tocadas por tipos colocados, ellos reventarían con temas de tres minutos donde ni sobraba ni faltaba una nota. Con aquellos sencillos, la Creedence se había confirmado.

Siete meses después, poco antes de Woodstock, Fogerty regresó con 'Green River'. En el verano con el concierto más emblemático y caótico del rock, la Creedence subió la apuesta con 'Bad Moon Rising', 'Lodi' o la homónima 'Green River'. Nueve canciones, veintinueve minutos, un número uno y cinco estrellas de cinco en Rolling Stone. Fogerty había firmado su disco favorito, su gran obra, como la ha calificado en alguna entrevista. Todo aquel éxito, el que había buscado durante una década de duro trabajo, no lo desvío de su propósito. Volvió al estudio unas semanas después con más material, con nuevas balas.

En octubre, en plena racha, la Creedence Crearwater Revival editó un nuevo sencillo. En una cara estaba 'Down in the Corner', en la otra, 'Fortunate Son'. Fogerty había creado su himno, su canción protesta. En medio de ese año intenso que llevaba liderando la banda como máximo responsable de todo, el cantante había tenido tiempo de pararse y captar su tiempo, de retratar el mundo que habitaba. Aquella canción apuntaba a lo más alto, a los que defienden la guerra cuando no padecen las consecuencias. 'Fortunate Son' fue un éxito enorme entre una juventud que vivía con el miedo de acabar siendo otro número más en el informe de soldados caídos en Vietnam.

Un mes después llegó a las tiendas 'Willy and the Poor Boys', su tercer álbum en siete meses agitados e intensos en los que tampoco pararon de actuar en directo, de presentar batalla en cada frente jugando esa la mano a ganar. Sin miedo y sin faroles. Enseñándolo todo porque no había plan b, al menos para Fogerty. Tenía 24 años y no había vuelta atrás.

En aquellos meses de 1969, el músico había tomado las riendas de la banda. Lo hacía todo, controlaba cada detalle. El desgaste fue enorme y solo había una norma: las cosas se tenían que hacer a su manera. Sin embargo, en plena cima comenzaron los problemas asociados al éxito. Los problemas con el sello, las peleas por los repartos injustos de un dinero que entraba por primera vez. El ansiado éxito sembró la semilla del final de la banda, apenas tres años después. Luego llegaron los abogados y los jueces y tanto ruido desvió al grupo de la música. Mucho.

Una pena. En 1972 publicaron su último disco, el séptimo en cuatro años. Un viaje veloz, sin freno, que dejó un 1969 mágico.