La parroquia de Johnny hallyday

Un millar de incondicionales rinden tributo al músico que cautivó a toda Francia el día 9 de cada mes desde diciembre de 2017, cuando se ofició su funeral. La iglesia parisina de La Madeleine se llena

La parroquia de Johnny hallyday
PAULA ROSAS

Chupas de cuero y tupés copan las primeras filas. Las manos, posadas sobre los reclinatorios, están llenas de grandes anillos de plata. Barbas pobladas y largas. Gafas de sol negras. Ante la imponente mirada de Santa María Magdalena, cuyo Éxtasis domina el altar, los feligreses viven su propio arrebato místico y, en comunión los unos con los otros, con los párrocos, con la música, posiblemente también con Dios, alguno murmura «Johnny Hallyday que estás en los cielos».

El 'fenómeno Johnny' no es fácil de comprender fuera de Francia. El particular Elvis Presley galo, fallecido de un cáncer de pulmón el 5 de diciembre de 2017, hacía mucho tiempo que había dejado de ser una persona, un cantante, para convertirse en un monumento nacional, uno de esos que responden más a los sentimientos que a la razón. No fue el mejor. No fue modélico. Pero entró en cada uno de los hogares franceses y les acompañó en sus vidas durante cincuenta años. Varias generaciones de franceses amaron con él. Lloraron con él. Bailaron y se desgañitaron. Envejecieron. Pasaban las décadas y Johnny era esa constante que siempre permanecía ahí. Con sus pantalones de cuero y su perilla. Con sus ojillos azules, pequeños y brillantes. Y un día –condición humana– murió. Muchos no han podido asimilarlo.

El día 9 de cada mes desde su funeral, la iglesia de La Madeleine de París acoge una misa en su recuerdo. Un buen domingo, el templo apenas se cubre a la mitad. Pero en las misas de Johnny no quedan sitios libres. A la entrada, bajo los acantos de sus columnas corintias, turistas chinos se mezclan con señoras de pelo cardado, familias con niños vestidos iguales y viejos rockeros con botas puntiagudas.

Emmanuel no quiere ni sentarse. De pie, junto a los retratos de Hallyday que otros incondicionales han depositado y adornado con flores, pasa la misa cabizbajo y apoyado sobre la balaustrada que delimita el presbiterio. Con sus gafas negras, su chaqueta de cuero, su perilla y pelo rubio, Emmanuel parece una versión más robusta de su ídolo. Vive en Valenciennes, a más de 200 kilómetros de París, pero no ha faltado a ninguna de las misas. Hoy tampoco, a pesar de tener gripe. «Me hace sentir cerca de él. Le echo profundamente de menos, y este es el único lugar que tenemos para recogernos y sentir su presencia». Y no duda ni se sonroja cuando dice: «Para mí, Johnny es un dios».

Un icono galo

De París al Caribe | Johnny Hallyday falleció de un cáncer de pulmón el 5 de diciembre de 2017. París le despidió con honores de héroe, pero sus restos descansan en el cementerio de Lorient en la isla caribeña de San Bartolomé, donde tenía una residencia.

De culto | Las misas en La Madeleine han tenido tanto éxito que su párroco, Bruno Horaist, no les ha puesto fecha límite. A través de ellas, dice, algunos que no pisaban una iglesia desde hacía años han vuelto a reencontrarse con Dios.

Un templo 'musical' | En La Madeleine se celebraron los funerales de compositores como Chopin, Offenbach, Fauré o Saint-Saëns (estos dos fueron, además, organistas del templo), pero también los de Edith Piaf, Josephine Baker o Marlene Dietrich.

Pese a que su éxito apenas traspasó las fronteras de la francofonía, todo en la carrera de Johnny Hallyday fue superlativo. Ni compuso ni escribió sus canciones, pero vendió más de 110 millones de discos, grabó 80 y dio más de 3.200 conciertos en su vida. Su último álbum, el póstumo 'Mon pays c'est l'amour', ha batido récords en Francia y ha vendido en todo el mundo más de 2,5 millones de unidades. Fue de los primeros en traer el rock a Francia en los sesenta con versiones de éxitos anglosajones, aunque supo adaptarse a las modas. 'La Pénitencier', su interpretación francesa de 'The house of the rising sun' –que suena en el órgano de La Madeleine mientras los feligreses van entrando en el templo–, fue uno de sus mayores bombazos de esa época. Fue un tipo duro, o quiso aparentarlo, un 'grand gueule'; es decir, un bocazas. Pero sus mayores triunfos se los dieron las baladas. Nada se le resistió.

El 'viejo canalla'

A André, Johnny le ha acompañado toda su vida. «He estado en cincuenta conciertos suyos», dice con orgullo. Las misas de La Madeleine le permiten revivir aquellos momentos, prolongar la comunión que los fans sentían con la estrella cuando estaba sobre el escenario. «Yo no soy creyente, mi única cruz es la de Johnny», confiesa André, mostrando un crucifijo con una figura pertrechada con una guitarra de rock. Sobre ella, en lugar del tradicional 'IHS', dos iniciales: JH, Johnny Hallyday.

El 'viejo canalla' tuvo una infancia de folletín y una vida llena de altibajos. Fue precisamente esa fragilidad la que le hizo conectar con su público, la que lo humanizó. Nacido como Jean-Philippe Smet, fue abandonado por sus padres cuando era un bebé y criado por su tía y sus primas, que se dedicaban al espectáculo. El pequeño Jean-Philippe creció tras las bambalinas de los escenarios donde actuaba su familia. Él mismo subió por primera vez a la palestra siendo adolescente, y entonces adoptó el nombre del marido de su prima, Hallyday, un bailarín estadounidense que para él encarnaba el sueño americano. Desde entonces, su ascenso fue fulgurante. Pero el hueco que le dejó el abandono de sus padres le acompañó toda su vida.

Se casó cinco veces –dos con la misma mujer–, intentó suicidarse, fue adicto a la cocaína y no tuvo reparos en confesar que sufría depresión. Bajo la chupa de cuero, Johnny era un hombre de carne y hueso que sufría y amaba, y quizás por eso los franceses le quisieron tanto. «Hay gente que vive gracias a Johnny. Él les ha ayudado a sobrepasar los obstáculos en los momentos difíciles –sostiene Annie–. Escuchamos a Johnny en la alegría y en la tristeza. Cada canción suya es un trozo de vida, es una parte de nuestra vida, en realidad». Annie está ahorrando para regalarse, por su 70 cumpleaños, un viaje a la isla de San Bartolomé, donde está enterrado el artista.

Más de un millón de personas le acompañaron el día de su funeral, cuando Francia lo despidió como a un héroe nacional. Leticia, su viuda, decidió sin embargo sepultarlo en el pequeño paraíso caribeño, donde tenía una propiedad. «Es posible que lo hicieran por la serenidad de la familia, pero para nosotros es muy difícil no poder visitar su tumba», apunta con la voz algo quebrada Maximus, uno de los miembros del club de Harley Davidson creado en 1995 por el cantante. Sin lápida donde arrodillarse, las misas de La Madeleine sirven de lugar de peregrinaje.

Al final de la liturgia, los fieles estallan en su particular momento de éxtasis cuando corean, manos unidas y brazos en alto, el 'Que je t'aime' –'cuánto te quiero'–, ese canto a una pareja que hace el amor, cuya letra ha sido debidamente transformada en una alabanza mística. El templo es un revoltijo de emociones y el público se abandona a la nostalgia. «Vengo por Johnny. Pero también por mí misma, por mi juventud –confiesa Colette–. Escucho sus canciones y regreso a unos años de mi vida que ya no volverán. Pero, por un momento, yo vuelvo a tener 20 años».