Entre ermitas y castillos de arena

La playa de Santa Justa, entre los acantilados de la localidad de Ubiarco, esconde una antigua ermita y los restos de la torre de San Telmo

La playa de Santa Justa se encuentra en la pequeña localidad de Ubiarco, municipio de Santillana del Mar. /
La playa de Santa Justa se encuentra en la pequeña localidad de Ubiarco, municipio de Santillana del Mar.
JAVIER GANGOITISantander

Nadie que pase el verano en la costa se libra del debate. Elegir playa es un tema de tertulia recurrente, protagonista a lo largo de todas las semanas de junio a septiembre y en el que todos los miembros de una familia o grupo de amigos toman partido como auténticos expertos. Meteorólogos, biólogos, geógrafos y hasta historiadores se dan cita en esta mesa redonda anual para discutir dónde van a posar sus toallas o con qué arena levantarán sus fortificaciones. No hay requisitos ni vetos posibles. Ningún ponente se libra de este coloquio tradicional.

Mucho menos en Cantabria, donde tienen lugar las tertulias más apasionadas debido a la multitud de posibilidades. Playas, calas o incluso una orilla donde refrescar los pies. El litoral cantábrico ofrece destinos al gusto de todo el mundo, desde los aficionados al surf hasta los que solo desean comerse unos bocadillos con toda la familia.

Uno de los rincones más recomendables y menos sonados en esos debates se encuentra en la playa de Santa Justa, en Ubiarco, municipio de Santillana del Mar. Recogida entre los acantilados, esta orilla de apenas 50 metros de ancho acoge a cada vez más visitantes en los días de calor. Al menos a los que caben. Tendrán que improvisar un hueco en algún lugar de la arena si finalmente ganan el debate familiar y logran convencer al resto sobre el gran valor de este paraíso en miniatura.

Sane

No todos han conseguido apelar a sus seres queridos a través del diálogo y el don de la palabra. Sólo hay que llegar al aparcamiento de la playa para advertir los primeros síntomas de ganadores y perdedores. «¿Veis como el niño tenía razón?», concuerda un padre con el principal impulsor de la excursión. Mujer e hijos no dan crédito a la alianza. «¡Pero si tú querías ir a la otra!», replica la madre mientras saca del maletero todo lo imprescindible para la jornada. Escaseará el consenso, pero no falta de nada en las mochilas: bocatas, zumos, toallas crema solar de diferente factor, agua y más crema solar. Lo que sea por no estropear la visita a esta esquina oculta entre los barrancos de Ubiarco.

«Y luego vamos a ver la ermita, que está ahí mismo», indica el padre. No le falta razón. Irse de la playa de Santa Justa sin pasar por este antiguo lugar de oración sería un error difícil de perdonar, y más con lo cerca que está. Primero, y para infortunio de los amantes de este tipo de templos, habrá que esperar y darse un buen baño. Además, el monumento se puede inspeccionar desde el agua, está literalmente empotrado en el acantilado. Desde luego, quienes lo levantaron sabían bien lo que hacían y, sobre todo, conocían bien las consecuencias de las mareas vivas. Cuando este fenómeno ocurre, puede hacer desaparecer la playa por completo. Casi nada.

Javier Rosendo

La orilla se abre al mar abierto entre las rocas. Una vista privilegiada que no parece importar demasiado a los más pequeños, ensimismados en sus castillos de arena y bien dispuestos de palas y cubos para levantar murallas de protección contra la marea. Si no fuera por el hecho de que mamá y papá las embadurnan las caras con crema de vez en cuando, niños y niñas estarían completamente sumergidos en una película de la más alta producción.

Después de comer llega el momento de visitar la ermita de Santa Justa, datada en el siglo XVI. Declarada Bien de Interés Local desde 2010, la construcción está compuesta por dos paredes, además de la cubierta de teja prolongada hacia el acantilado. La escena es de leyenda. Con razón todos los presentes posan durante minutos hasta lograr la foto perfecta. Continúan este ritual de peregrinación, de los más antiguos del litoral cantábrico, consagrado gracias a unas reliquias de las santas Justa y Rufina. No es el único monumento levantado cerca. Sobre la ermita se alzan los restos de la torre de San Telmo, una atalaya del siglo XV de la que se conservan solo dos paredes. Lo suficiente como para recrearse en la historia de este rincón alejado del alboroto y pasar un día un poco más tranquilo con la familia. Ya habrá tiempo de megáfonos, heladeros y aguadillas.

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