25 años sin el viejo Hotel Bahía

El 27 de enero de 1992 es una fecha de la memoria más negra de la ciudad: al derrumbarse el edificio murieron seis trabajadores

Imagen del antiguo hotel durante los días en que los bomberos acometieron sin descanso las labores de desescombro . /
Imagen del antiguo hotel durante los días en que los bomberos acometieron sin descanso las labores de desescombro .
VIOLETA SANTIAGOSantander

Todos los santanderinos de cierta edad recuerdan qué hicieron el día en que se cayó el Hotel Bahía. Quizá porque se les grabaron las sirenas que recorrieron enloquecidas la ciudad y que espabilaron a muchos a primera hora de la mañana de un lunes. Quizá por el gigantesco atasco que se montó en el centro a hora punta que los conductores no se explicaron hasta que las radios contaron la noticia en plan telegrama: un edificio se desploma, había trabajadores dentro.

Hoy viernes se cumplen 25 años de la fecha en que Santander sufrió su particular terremoto (así lo definieron los vecinos de los inmuebles colindantes). Un simple recuadro del calendario que parece aún más lejano si se piensa que en 1992 España aún engrasaba su economía con pesetas y los españoles ni se podían imaginar su existencia pegados a un móvil. Ni grupos de WhatsApp, ni Twitter ni Facebook hicieron correr como agua hirviente lo que acontecía en el Bahía y las inmediaciones. Fue un suceso de los que se vivió a pie de obra o de los que se leen en un periódico ilustrado con fotos en blanco y negro y que así se mantiene en la memoria colectiva.

Suceso, o un desastre. El inmueble se había construido en los últimos años 40 con materiales de baja calidad, como contarían a toro pasado los empleados de Ascán a los que se había encargado la demolición. El hotel se había cerrado casi dos meses antes del accidente para ser sometido a una gran remodelación que iba a durar un año y medio. Y una veintena de hombres se encontraba derribando paredes en la planta octava cuando la estructura de las fachadas se derrumbó. Ocho consiguieron ponerse a salvo, siete más resultaron heridos (algunos de gravedad. De hecho, uno de ellos murió en Valdecilla pocos días después). Los otros cinco nunca salieron del bloque con vida.

CRONOLOGÍA

27 de enero 1992. A primera hora de la mañana se derrumban dos fachadas del hotel. Había 20 operarios trabajando dentro. Seis de ellos fallecieron.

16 de diciembre 1996. La Audiencia Provincial de Santander encuentra dos culpables de imprudencia temeraria: el propietario Armando Álvarez y el aparejador Antonio Gómez Peña.

17 de septiembre 1999. Se inaugura el nuevo hotel tras dos años de construcción de otro edificio en el mismo solar.

En un primer momento, los bomberos rescataron tres cadáveres. Los de Jesús Álvarez Alonso, de 56 años, Rafael Santiago Martín, de 26, y Ángel Haya Villegas, de 27. Después, sólo quedó desescombrar y esperar. Cantabria se mantuvo 102 horas pendiente de esa esquina de la calle Cádiz, porque dos trabajadores seguían bajo el hormigón y las paredes rotas. Rescatar a Gonzalo Montalvo Fernández, de 59 años, y Julio Serrano Alonso, de 24, se convirtió en un desafío contra el reloj: en ningún momento se quiso darles por perdidos.

Así que durante cinco jornadas, día y noche, se trabajó sin descanso ante la mirada angustiada de familiares esperando a los suyos, ante la de los compañeros de trabajo todavía con el susto en los ojos y ante los cientos -miles- de santanderinos que se acercaron en algún momento a preguntar e, incluso, a rezar.

Los bomberos de Santander recibieron la ayuda de los de otras ciudades, de policías de todos los cuerpos. Se utilizaron perros rastreadores, se sumaron miembros de Protección Civil, de Cruz Roja y voluntarios de muy distintas procedencias, en una cadena de actividad de 24 horas. El entonces alcalde, Manuel Huerta, llegó a pedir que se aparcara un autobús municipal junto a la zona cero que sirviera de refugio contra las temperaturas a todos los que quedaban de guardia en las madrugadas de enero. Cuando el viernes se localizó -bajo cinco metros de cascotes- a los dos operarios que faltaban, se supo que habían fallecido instantáneamente al hundirse el edificio.

Más de siete años tuvieron que pasar antes de que el Bahía se abriera de nuevo (en septiembre de 1999) y volviera a llenarse de turistas y congresistas, de ferias, actos sociales, presentaciones, mítines políticos, tertulias radiofónicas, entregas de premios, cotillones y banquetes. Aunque antes de que comenzase la construcción del actual inmueble, Santander se sumergió en una de esas polémicas que tanto gustan a la ciudad sobre lo adecuado o no de convertir ese punto frente al mar en una rompedora torre cilíndrica de 66 metros.

Al principio, el Ayuntamiento dio el visto bueno a la propuesta. Pero la polvareda de opiniones contrarias fue tal que tanto los propietarios del hotel como el Consistorio dieron marcha atrás. 'La torre del Bahía' se apuntó hasta 88 alegaciones en contra en el registro municipal, entre ellas dos significativas: la del Colegio de Arquitectos y la de la Asociación Cantabria Nuestra, contrarios a un diseño que alteraría notablemente la primera línea de costa de la capital.

Incluso antes de este jugoso debate, se habían dirimido las responsabilidades del derrumbe en un juicio en la Audiencia Provincial. De allí salieron dos culpables. El dueño del hotel, Armando Álvarez, recibió una condena de un año de prisión por imprudencia temeraria. El aparejador Antonio Gómez Peña, por el mismo delito, una pena de ocho meses de cárcel. Veinticinco años después, los detalles se han ido disolviendo. Aunque siguen siendo legión los santanderinos qué saben qué hicieron el día que se vino abajo el Bahía.