Domingo, 25 de febrero de 2007
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EMILIO GONZÁLEZ SANTACANA INTERVENTOR AUDITOR EN LA DELEGACIÓN DE ECONOMÍA Y HACIENDA DE CANTABRIA / «Los políticos actuales me decepcionan todos, aunque unos más que otros»
Abulense de nacimiento, se jubilará en octubre en Cantabria tras medio siglo de trabajo controlando cuentas en la Administración en Huelva, Melilla, Cartagena y Santander
EMILIO GONZÁLEZ SANTACANA INTERVENTOR AUDITOR EN LA DELEGACIÓN DE ECONOMÍA Y HACIENDA DE CANTABRIA / «Los políticos actuales me decepcionan todos, aunque unos más que otros»
Santacana posa ante un cuadro pintado por su mujer. / CELEDONIO
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CONTADOR DEL ESTADO
Emilio González Santacana (Navalperal de Pinares, Ávila.1937) está casado con la pintora abulense Pilar Martín. Son padres de tres hijos, Elena, Javier y Fernando y tienen una nieta, Claudia. Ingresó en el cuerpo de Contadores del Estado en 1957 y su primer destino fue Huelva. En 1964 fue nombrado Interventor de Hacienda en la subdelegación de Melilla, en 1967 fue destinado a Cartagena y en 1975 llegó a la Delegación Territorial de Cantabria. En 1992 ejerció las funciones de Delegado de Hacienda de Santander. En 1997 pasó a desempeñar el cargo de Interventor General de la comunidad autónoma y desde el 2003 está de interventor auditor en la Delegación de Economía y Hacienda de Cantabria.

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Es castellano y, como su paisana Santa Teresa, «un hombre que reza y ama a su prójimo». Ingresó en la Administración en 1957 en Huelva. Era un joven contador del Estado: «bonito nombre, verdad». Medio siglo después se va con la seguridad de que ha empleado bien los talentos que le dieron. Siguió estudiando de casado y se jubilará en octubre como interventor auditor en la Delegación de Economía y Hacienda de Cantabria. Llegó a Santander en 1975 procedente de Cartagena y lo primero que hicieron su mujer y él fue una 'cruzada' de saludos a los vecinos para romper con la barrera de indiferencia que siente el que llega a Cantabria. Hoy, con un montón de amigos, se siente de esta tierra como el que más.

-¿Por qué decidió ser funcionario?

-Por pura casualidad. Terminé el Bachillerato en el año 1953 en Ávila. Mis padres vivían en un pueblo, Navalperal de Pinares, y estaba por encima de sus posibilidades económicas mandar a uno de sus cinco hijos a estudiar una carrera a Valladolid, Salamanca o Madrid. Entonces estudié algo que se podía hacer en Ávila para completar mi bachiller.

-¿Eso era?

-Peritaje mercantil. Me costó año y medio. Me convalidaron muchas asignaturas porque tenía hecho el bachiller y dio la casualidad que cuando acabé se convocó una oposición de Hacienda. Mi tío me dijo: «¿Oye! ¿ por qué no preparas esto?».

-Y lo preparó y lo sacó a la primera...

-Si. Era de contadores del Estado. Para aquellos momentos eran unas oposiciones relativamente fuertes y bastantes serias. Tenían dos ejercicios escritos, dos orales y un quinto que era práctico.

-Así que se hizo funcionario cuando le faltaban años para la mayoría de edad, que era a los 21 años.

-Si. Entré con 19 años recién cumplidos y mis dos titulitos en el bolsillo.

-Usted entró a trabajar en el tiempo de los manguitos y se jubila con Internet...

-Si. Cuando comenzé a trabajar en Huelva había un funcionario, Don Martiniano, que utilizaba manguitos. Para mí no es una entelequía. Lo he conocido.

-Pero ¿los llegó a usar? y ¿fue duro el cambio al ordenador?

-No. No los usé. El salto al ordenador en Hacienda se produjo hace 20 años. Para nosotros los de contabilidad fue fundamental. Implica un cambio radical. Claro que ha habido una evolución paulatina. Pasamos por la máquina de escribir eléctrica y la calculadora, primero manual y luego electrónica...

-Cincuenta años dan para multitud de anécdotas ¿una especial?

-Martiniano, el señor de los manguitos, era el responsable de gestionar el material que usábamos en Intervención. Plumillas, papeles, cintas para las máquinas de escribir, grapas. Cuando tomé posesión de mi cargo me dieron una plumilla y el palillero. Había tres máquinas de escribir en las que teníamos que turnarnos. Cuando necesitabas un lápiz, decías: ¿Don Marti! Recuerdo que al poco de llegar extravié uno o me lo quitaron y cuando le fui a pedir otro me replicó «¿Qué has hecho con el que tenías?». Creo que le dije que ya lo había terminado. «A ver, déjame ver el trozo que te queda». Cuando le pedías una plumilla porque se abrían, había que entregarle la rota. Entonces la examinaba, la tiraba y te daba otra. Era una administración super austera; un reflejo de lo que tenía la sociedad en aquellos momentos.

-¿Y ahora, la Administración gasta mucho?

-Tampoco. Lo que sucede es que cuando un político llega lo primero que dice es: «Hay que reducir gastos. La luz está todo el tiempo encendida, el teléfono...». Y, eso, es el chocolate del loro. ¿Qué se reduce con ello? En lugar de tan-tos viajes que hace el uno, el otro y el otro, con que supriman una de esas idas y venidas consiguen amortizar lo que van ahorrar controlando el teléfono a los funcionarios.

-¿Un consejo para los opositores a los que usted suele preparar?

-Varios. Primero, tener claro lo que quieren. Que lean el programa y, por el contenido de las materias, vean si eso encaja en sus gustos. Que conozcan que tipo de trabajo que van a tener si aprueban. Y, por supuesto, que sean conscientes de que preparar una oposición un poco fuerte supone hacer vida de monje durante un periodo mínimo de dos años.

-¿Y lo que nunca recomendaría?

-Pues que lo primero que el opositor se plantee sea cuanto se gana. Eso es importante, pero yo lo colocaría en tercer lugar.

¿Ha tenido que digerir muchos sapos en su etapa de interventor general en la comunidad autónoma?

-Sapos no he digerido ninguno. He ayudado más de una vez de dos y de cinco al gestor a reconducir algún planteamiento. Si algo está claro que está mal nunca he pasado por ello.

-Si volviera a nacer diría a su madre: ¿Quiero ser funcionario!

-Creo que sí.

-Razone por qué...

-Entré en la Administración por pura carambola y con los años he ido descubriendo que tengo vocación de servidor público. El hacer algo que yo sienta que puede redundar en beneficio de otros me llena. Humanamente me parece una labor muy bonita. Y siendo funcionario y teniendo la suerte de ocupar unas puestos de cierto nivel hay muchas posibilidades de hacer cosas por los demás.

-¿Cómo cuales?

-Pues cuando se plantea, por ejemplo, un expediente que puede ser de una ayuda. Es necesario esforzarse en tramitarlo lo antes posible porque seguro que detrás hay un problema humano.

-¿Qué hará cuando se jubile en octubre?

-Hasta hace no mucho tiempo pensaba que ya encontraría algo. A veces llegan como por casualidad. Una persona creyente, como es mi caso, no deja de ver un poco la mano de Dios. Me han pedido que colabore en una fundación. He empezado sin mucha convicción, pero en ese voluntariado he descubierto que puedo ser útil.

-¿Cómo se llama esa fundación?

-Es el patronato San Cándido del asilo de las Hermanas de la Caridad. Monjas quedan muy pocas.Ya no hay vocaciones. Hay 215 residentes, más de 100 personas trabajando y un equipo de dirección que son profesionales y lo están haciendo muy bien. La misión del patronato es de apoyo y colaboración.

-¿Admira a algún político?

-A mi ilustre paisano y casi amigo Adolfo Suárez. Hizo algo muy difícil de hacer y, dado el panorama que se encontró, lo hizo muy, muy bien.

-Y ¿de los actuales?

-Me decepcionan todos, aunque unos más que otros.

-¿Qué son para usted los números?

-Mi herramienta de trabajo durante estos cincuenta años. Ingresé en el cuerpo de Contadores del Estado. Luego, estando ya dentro de la Administración y casado estudié Económicas. Comencé la carrera cuando estaba en Melilla y la terminé en Cartagena. Tardé bastante. Incluso cuando estaba a punto de concluir no pude presentarse a un examen. Mi hijo pequeño, Fernando, se impacientó cuando mi mujer estaba de cinco meses y la recomendaron reposo. He tenido siempre claro que hay un orden de prioridades en la vida y, para mí, la familia y, por supuesto, mi mujer es lo principal.

-¿Hacienda somos todos o unos más que otros?

-(Risas). En teoría está muy claro que Hacienda somos todos. Es la institución que asume el papel ingrato de recaudar dinero y comprobar que ese dinero que va luego a unos gestores se recauda y gasta bien. Lo que hacen las intervenciones es comprobar que los ingresos se ajustan a la realidad. Por lo tanto, Hacienda somos todos porque estamos gestionando unos recursos que son de todos y van a ir destinados a todos.

-¿Unos más qué otros?

-Lamentablemente si, porque siempre existe el 'listo', entre comillas, que va de pobre y tiene el chiringuito sin dar de alta y no paga impuestos y cuando hay un sorteo de casas protegidas como no paga puede decir: «Mire si es que no tengo ni declaración de renta». Hay colectivos que van de pobres y de víctimas. Al final es el ciudadano medio, que es la mayoría, el que paga religiosamente, porque le deducen de la nómina y no tiene escapatoria.

-¿Alguna matización, porque cuando se habla de que unos pagan más que otros se piensa en Botín, por ejemplo?

- Lo fácil es decir... es que Botín. Si Botín no pagara impuestos sería una injusticia tremenda, pero ¿cuánto dejaría de recaudar el Estado? Mucho dinero, pero, en el conjunto de todo una nimiedad, nada. Es mucho más injusto para el conjunto de la sociedad los tres millones de personajillos que andan por ahí camuflados con sus chiringuitos, con su economía sumergida,que venden y no pagan factura. Esos que a nivel personal defraudan mucho menos que un rico que no pague, al conjunto de la sociedad le perjudican más. O los gestores públicos que reparten subvenciones sin control.

 
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