Comer, beber, bailar

El cine es celebración, ceremonia, rito. Mesas, fogones, cocinas, guisos han edificado una arquitectura social de lo cinematográfico

Comer, beber, bailar
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONASantander

Bocados y fotogramas se han alternado y fundido, a través de estas páginas, en la retina y en la boca. La sección se abrió con 'El festín de Babette', uno de esos banquetes donde lo sensorial y lo narrativo, lo íntimo y lo colectivo, lo pasional y lo iniciático emanan desde la pantalla con sensorial y sensibilidad fundacionales.

No en vano el filme pasa por ser la gran oda moderna del cine a la gastronomía. El cine es celebración, ceremonia, rito. Mesas, fogones, cocinas, guisos han edificado una arquitectura social, humana, sentimental y emocional de lo cinematográfico. Delicias visuales, metáforas, degustación y toques, recetas, sueños de cocineros y condimentos de cineastas.

Al cabo, ingredientes, técnica y genio son factores compartidos entre ambos. La globalización culinaria ha despertado los sentidos. La celebración de lo cotidiano, el alimento como mensaje social, el sello creativo, la imaginación y la propia utilización de lo gastronómico como eje argumental son pasos de este vínculo de la pantalla a la mesa, de la cámara al ojo, del fogón a la plancha, de la mirada sobre el mundo al sabor de la vida. Louis Lumière registró durante cuarenta segundos el desayuno de su hermano, su mujer y su hijo, en el jardín de su casa. Frente a aquella acción espejo, el cine ha ido asumiendo la necesidad de utilizar el recetario: 'Como agua para chocolate', 'Comer, bebe, amar', 'Chocolat'... en todas la exaltación sentimental, el arte de crear y la delicada y sutil manera de contar el mundo a través de lo que se cocina y comparte asoma como territorio común de estilo y narratividad.

El poder de la emoción, la fuerza de las tradiciones, lo artesanal, la memoria, el legado familiar, la evocación de olores y sabores construyen muchos otros títulos. Y la animación, entre el efecto y la magia, entre el trazo alado y lo colorista han ido conformando gestos, guiños y cómplices fantasías para el asombro; desde una lluvia de hamburguesas hasta esa rata francesa donde la alta cocina y el lujo conviven con la miseria en esa obra maestra que es 'Ratatouille'.

Estómago y formato, emplatados y documentos culturales, desde la confrontación de culturas al descubrimiento, desde la supervivencia a la excelencia. Miradas y comidas entrelazadas en citas románticas, menús que acabaron en catarsis, tartas de comedia y postres dramáticos. Pero nada como ese plato rebelde de 'Tiempos modernos' cuando Chaplin comprueba cómo la mecanización de la cadena de producción capitalista convierte en misión imposible el sencillo acto de llevarse algo a la boca. Una de las mayores y mejores formas de educación de la mirada se encuentra en esos travelling circulares alrededor de una mesa, como el Woody Allen de 'Hannah y sus hermanas'; en el costumbrismo familiar de los hogares y fogatas de muchos western; o en las revelaciones vitales a través de un sabor inesperado en medio de un plano de amor. Volvemos a 'El festín de Babette'.

Lo suculento y la necesidad de contar logran equilibrio y armonía, elegancia y pasión. (Sopa de tortuga, acompañada por un vino amontillado. Ensalada de endivias, nueces y lechuga con vinagreta francesa. Codornices en sarcófago –rellenas de trufa negra y foie–, y reposadas dentro de un volován con salsa de vino, higos, dátiles, tarta de cerezas, café molido...). Los sentidos y los sueños. La pantalla y la vida.

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