Uvas, imprescindibles para acabar el año

Uvas, imprescindibles para acabar el año

La fruta más famosa de la Nochevieja es símbolo de prosperidad y buenos propósitos

ANA SANTIAGO Santander

Doce uvas, sin dejar nada. Así lo manda la tradición y así llega el cambio de año en España a todos los hogares. Pocos hábitos tienen tantos seguidores, por televisión o radio, en la Plaza Mayor de cada localidad o, aún más costumbrista, en la Puerta del Sol de Madrid. Contadas para cada comensal y comienza la cuenta atrás. Las doce uvas 'de la suerte' comenzaron a tomarse de manera masiva en España en la Nochevieja de 1909, debido a un excedente de la cosecha en Alicante. Aunque antes, ya en la década de 1880, y según los diarios de la época, la clase burguesa española imitando a la francesa comenzó a celebrar la Nochevieja comiendo uvas y tomando vino. Las campanadas de la Puerta del Sol, la broma y la ironía hicieron el resto.

La búsqueda de la suerte no es exclusiva de España. En otros países también existen alimentos típicos para dar la bienvenida al Año Nuevo. En Grecia preparan un pastel llamado Vassilopitta en cuyo interior se coloca una moneda de oro o de plata, el que la encuentre en su plato será la persona con más buena suerte en el año que se avecina. En Italia y en algunos países sudamericanos es tradición comer un plato de lentejas estofadas tras las campanadas de media noche para atraer la prosperidad y la fortuna en el año entrante.

Origen

Fuera cual fuera el origen de la tradición de las uvas, lo cierto es que se han convertido en un símbolo de prosperidad, buenos propósitos y esperanza. Siempre se cierra el año con promesas hacia uno mismo para los siguientes doce meses. Pocas se cumplen;pero forman parte de la liturgia de la despedida del viejo año. Además de las campanadas y de las doce uvas, es muy típico en muchos municipios de España, encender grandes hogueras para recibir el Año Nuevo o sacar las maletas a la puerta, que traerá un año con muchos viajes. Pero la uva no es exclusiva de estas fechas, es muy habitual en las mesas desde meses antes, desde el anuncio del otoño. Solas, en macedonias, en zumos, con queso, en ensaladas y, aunque pueden encontrarse envasadas, lo mejor sin duda es comprarlas frescas. Para elegirlas de calidad, hay que probar con algunos trucos como agitar el racimo con suavidad y si algún grano cae con facilidad la uva está demasiado madura; deben ser racimos macizos, sin huecos pero tampoco excesivamente apretados y la textura de la piel firme, lisa y de tamaño y color uniformes. Si la compra es acertada, colocados boca abajo, pueden conservarse bastante tiempo y hasta medio mes en la nevera.

Mencía, tempranillo, godello, palomino fino, verdejo, viura o sauvignon blanc son las más habituales en la comunidad. Para el consumo como baya, la más habitual es la de albillo y, aunque importada de otras zonas españolas, la de moscatel es una variedad que siempre se encuentra en el mercado. Para todos los gustos; pero ninguna se debe pelar, solo lavarlas muy bien y en el momento del consumo, no antes. La piel contiene muchos de sus principios activos, como el resveratrol, un anticancerígeno, antifúngico y antioxidante que se pierden al retirarla.

Uno de los primeros cultivos para consumo

La uva fue uno de los primeros cultivos realizados por el ser humano para su consumo. Se conocen muestras de semillas cultivadas durante el período Neolítico en yacimientos arqueológicos de Suiza, Italia y tumbas faraónicas del antiguo Egipto. Los expertos localizan el origen del cultivo de la uva en las orillas del Mar Caspio, dispersándose hacia el resto de Europa a través del comercio del Mediterráneo. La civilización romana extendería las plantaciones incluso introduciéndolas en países fríos del norte de Europa, donde protegían los frutos con cristal y llegaron a construir invernaderos con calefacción para proteger las uvas, aumentando así su calidad. Serían los españoles quienes llevaron la uva al continente americano, extendiéndose rápidamente. No obstante, las plagas hicieron que se desistiera en esta empresa. Pero la producción en el Nuevo Mundo continuó y, como resultado de las enfermedades contraídas por las raíces de la uva, llegaría a Europa desde América la filoxera a finales del siglo XIX.