«La mujer hizo a la Guardia Civil mejor»

Las 76 uniformadas de Cantabria celebran 30 años de presencia femenina en el cuerpo. Son el 7% del total

Las guardias civiles Rocío Rodríguez y Alicia Ibáñez, en la Comandancia de Campogiro de Santander. /María Gil Lastra
Las guardias civiles Rocío Rodríguez y Alicia Ibáñez, en la Comandancia de Campogiro de Santander. / María Gil Lastra
Daniel Martínez
DANIEL MARTÍNEZSantander

Cuando Alicia Ibáñez y sus 196 compañeras cruzaron en otoño de 1988 la puerta de la Academia de la Guardia Civil de Baeza (Jaén) no eran conscientes de la transcendencia de lo que estaban haciendo. «En ese momento, sobre todo, lo que se respiraba era mucha ilusión. Pero no pensamos en lo que aquello significaba en cuanto a conquista femenina», apunta la agente, integrante de la primera promoción de mujeres que entró en el cuerpo hace ahora justo 30 años. Ella fue una de esas dos centenares de pioneras que abrieron camino a otras como Rocío Rodríguez, que desde hace una década viste el uniforme verde oliva en una institución que hasta entonces tenía el terreno acotado a hombres. Desde la Comandancia de Cantabria, donde ambas prestan servicio, reflexionan juntas sobre lo que ha aportado la mujer a la Guardia, los logros conseguidos en este tiempo y las «afortunadamente muy pocas metas» que aún quedan por alcanzar.

«El 1988 la mujer ya tenía mucha presencia en todos los aspectos de la sociedad. No era lógico que no estuviera también aquí», recuerda Ibáñez. Lo suyo fue un salto a la piscina en toda regla. La mayoría de sus compañeras tenían padres o hermanos en el Cuerpo y se habían criado en cuarteles. Ella no. De hecho, en un primer momento en su casa no hizo ninguna gracia que, en la época más dura del terrorismo, la niña se metiera a guardia. Dio el paso porque le atraía ser «una de las primeras», pero sobre todo por la seguridad laboral y económica que el puesto le garantizaba. Visto con perspectiva, considera que el decreto que abría las puertas de las Fuerzas Armadas a la mujer pilló a muchos por sorpresa. Ni en la Academia ni en los cuarteles se lo esperaban.

Tanto, que cuando comenzaron la formación se encontraron que nadie había pensado en cosas tan elementales como habilitar vestuarios femeninos, o que haría falta comprar uniformes femeninos. «El primer día, para bajar a las duchas nos dieron calzoncillos porque no tenían otra cosa. Nadie se lo esperaba», señala. No era lo único que chirriaba. De hecho, fueron muchas cosas las que se fueron corrigiendo sobre la marcha. Otro ejemplo: para hacer la jura de bandera les dieron un bolso, aunque los mandos se dieron cuenta a tiempo de que aquello no procedía. ¿Y los compañeros varones, cómo las aceptaron? Pues había de todo. Algunos miraban a las mujeres como unas «intrusas que íbamos a quitarles el trabajo», pero en general esas actitudes eran la excepción.

«El respeto no lo da tu sexo, sino el trabajo y el uniforme»

«No sé si somos unas afortunadas, pero tampoco en la calle hemos tenido ningún tipo de problemas con nadie por ser mujeres». Rocío Rodríguez y Alicia Ibáñez han desarrollado gran parte de su trabajo de cara a la ciudadanía y están convencidas de que nadie menoscaba su figura de autoridad por ser mujer. En su opinión, «el respeto no lo da su sexo, sino su trabajo diario y su uniforme».

Además de una cuestión de justicia, afirman que la llegada de la mujer a la Guardia Civil era una necesidad. Consideran que su trabajo ha sido muy importante en unidades concretas, como la que se encargan de la atención al menor y víctimas de violencia machista: «Habitualmente, con una mujer se sienten más cómodas».

«Había algunas cosas… pero aun así estábamos muy a gusto porque aunque era la primera vez que trataban con mujeres en ese ámbito laboral y no siempre acertaban, ponían muchas ganas para hacer las cosas bien. Todos pusimos de nuestra parte para entendernos y comprendernos», rememora Ibáñez con una sonrisa en la boca mientras su compañera la observa. En su opinión, la Guardia Civil supo aprovechar esta oportunidad para hacerse un lavado de cara y ejemplificar el proceso de modernización interno que ya estaba viviendo. La prueba es que la llegada de las mujeres a los cuarteles se convirtió casi en un acto de ostentación.

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Su primer destino fue de seguridad en un edificio oficial. Estaba en la puerta y le sorprendía mucho que pasara por allí tanta gente. Todos se quedaban mirando. «Luego me enteré de que por la radio habían animado a que se acercaran a la Delegación del Gobierno para ver que realmente estábamos allí. Había mucha curiosidad». A Rodríguez, esas cosas le suenan muy lejanas. La academia que ella conoció en 2007, cuando dejó su puesto de trabajo fijo en Santander –su ciudad– y apostó por su vocación sin saber en qué punto del país acabaría era muy diferente: «Total normalidad. Después de 20 años no había esas situaciones e iba todo rodado».

Desequilibrio en los mandos

La única anomalía, la numérica. En una promoción de 2.900 personas, ellas no llegaban a 400. A día de hoy, ese desequilibrio se mantiene. Según los datos del Ministerio del Interior, sólo el 7,2% de la plantilla está compuesta por mujeres. En Cantabria son 76 y en todo el país el porcentaje de féminas en puestos de responsabilidad –oficiales– cae hasta el 3,1%. «Ya ves mandos, aunque cuesta llegar. Eso hay que cambiarlo, pero si es así no es por una cuestión de discriminación, sino porque en toda la Guardia Civil somos menos y hemos entrado más tarde», confirma Rodríguez.

Ahora, como cuando ella se licenció o como cuando lo hicieron las de la promoción de 1988, todo funciona por un sistema de méritos. Los ascensos y también la asignación de destinos. «No nos llevan a unidades concretas por ser mujeres u hombres. Esto va por puntos», coinciden. Ibáñez confirma que en aquel 1988 no les pusieron más dificultades que a los chicos, pero tampoco más facilidades: «Éramos una más. De hecho, los servicios de información fueron los primeros que vinieron a captarnos porque hacía falta mujeres en los asuntos relacionados con el terrorismo. Muchas fueron al País Vasco, el lugar más conflictivo y en un momento especialmente duro. En ese sentido, no había sobreprotección».

Haciendo un repaso por los más de 40 años de carrera profesional en la Guardia Civil que suman entre ambas, son incapaces de relatar ningún episodio de discriminación, pero sí mucho esfuerzo y reivindicaciones para llegar a donde están hoy. «Hay que seguir insistiendo en algunas cosas, pero se han conseguido otras muchas. En general, no nos podemos quejar», defienden. En Cantabria, por ejemplo, la reducción de jornada tanto para padres como para madres –en algunas unidades es más complicado implantarla por las características del trabajo y ahí sí piden un mayor esfuerzo–, la llegada de ropa y material adaptado al cuerpo de las mujeres, una sala de lactancia… A cambio, han contribuido a que esta sea una de las instituciones mejor valoradas por los españoles. «Si algo es seguro es que la Guardia Civil es mejor desde que estamos nosotras».

 

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