La canción pop censurada por el Vaticano

Se cumplen cincuenta años de la publicación del polémico single de Serge Gainsbourg y Jane Birkin 'Je t'aime… moi non plus'

La canción pop censurada por el Vaticano
Felipe Cabrerizo
FELIPE CABRERIZO

A veces un golpe de azar es suficiente para cambiar el destino de una vida. Algo así fue lo que le sucedió a Serge Gainsbourg cuando en octubre de 1967 decidió levantar el teléfono para llamar a Brigitte Bardot. Tímido hasta extremos patológicos, le había costado semanas hacerlo, pero tiene que contarle que ha compuesto un par de temas fascinado por el nuevo disco de los Beatles, 'Sgt. Pepper's', que cree que son idóneos para ella. Cuando por fin consigue mantener la llamada descubre que ésta ha llegado en el mejor momento posible: Bardot está preparando un show musical televisivo que se emitirá el día de año nuevo y está desesperada porque no encuentra composiciones a la altura.

Bardot lo invita a cenar a un pequeño restaurante de Montmartre. Gainsbourg, nervioso, habla con ella de los nuevos temas hasta que al llegar los postres nota su mano bajo la mesa. Siempre acomplejado por una fealdad que lo había perseguido desde niño, no sabe muy bien qué hacer y se deja llevar hasta el piso de lujo que la actriz tiene en la avenida Paul Doumer. Gatillazo, claro. El alcohol y la timidez son malos compañeros para una primera cita.

Al despertar, Gainsbourg se quiere morir de la vergüenza. Pero Bardot se lo toma con humor y, medio en broma medio en serio, le dice que le perdonará si a cambio le compone la canción de amor más apasionada que nunca se haya escrito. Y Gainsbourg cumple. Al día siguiente le lleva un tema titulado 'Je t'aime… moi non plus'. No es del todo nuevo, sino una reelaboración de una melodía que ha quedado olvidada en una oscura película cuya banda sonora ha firmado tiempo atrás, a la que ha añadido un título inspirado en una frase de su gran referente, el pintor Salvador Dalí («Picasso es comunista, yo tampoco»). Todo aderezado con el diálogo de una pareja haciendo amor y por una infinidad de gemidos y suspiros que reconstruyen por completo la canción.

La grabación funciona estupendamente, tanto que esa misma noche Gainsbourg llama a unos amigos periodistas para hacérsela escuchar. Es una mala idea. A la mañana siguiente a Gunter Sachs se le atraganta el café cuando se topa con el siguiente titular en France Dimanche: «4 minutos 35 de jadeos y suspiros de amor. Ni el marido de Brigitte tuvo permiso para entrar en el estudio». Sachs sabe que la fidelidad no es valor al alza en su mujer, pero esto supera todos los límites de su paciencia. Irritado, obliga a Bardot a dejar inmediatamente a «ese Quasimodo saltimbanqui» y no sólo veta la publicación del tema sino que manda a la policía al estudio para requisar el máster. La cosa se pone tan seria que Bardot pone tierra de por medio y huye a Almería con la excusa de rodar un western con Sean Connery. Unos días después la prensa habla de un romance con otro compañero de reparto, Stephen Boyd, el mismo que acababa de interpretar a Messala en Ben-Hur.

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Gainsbourg se abandona a la desesperación. Pinta de negro las paredes de su casa y las decora con fotografías de la actriz a tamaño natural mientras anuncia a todo aquel que quiera escucharlo que va a tirarse al Sena. El único freno que encuentra para la depresión es la hiperactividad: su trabajo en el estudio es frenético y el listado de amantes con el que lo fotografía la prensa del corazón interminable. Es así como acepta el papel principal de 'Slogan', una modesta película que no le interesa particularmente salvo por un elemento: su compañera va a ser la top model Marisa Berenson y Gainsbourg paladea un posible romance. Por ello, cuando el director Pierre Grimblat le anuncia que la ha sustituido por una desconocida actriz británica llamada Jane Birkin se dedicará a hacerle la vida imposible en el rodaje.

La química es inexistente y no hay forma de hacer creíble la historia de amor que deben desarrollar ante la cámara. Por lo que Grimblat, a la desesperada, recurre a un viejo truco: invita a ambos a cenar y, a última hora, excusa su asistencia aludiendo a un imprevisto inexistente. Gainsbourg se irrita, pero cuando ve llegar a Jane con una minifalda de longitud inédita piensa que todavía puede salvar la noche. Le anuncia que tiene una sorpresa para ella: ha encargado que a las ocho en punto enciendan las luces de todos los monumentos de la ciudad para que pueda disfrutarlos. Cuando a las ocho, como cada día, se pone en marcha el alumbrado municipal Jane cae rendida. El romance es un hecho. Y el primer regalo de Serge es pedirle que grabe con él «Je t'aime moi non plus». Jane, que apenas tiene un hilillo de voz, duda, pero sabe que se lo ha propuesto a todas las estrellas que se le han puesto a tiro, desde Mireille Darc hasta Marianne Faithfull, y el terror a un posible romance le hace aceptar.

El resultado es estupendo y sí, un escándalo potencial de primer orden. Lo comprueban esa misma noche, cuando van a cenar a un restaurante y piden al DJ que pinche el primer acetato de la canción. Inmediatamente se hace el silencio entre los comensales, paralizados con los cubiertos en la mano. Al día siguiente la pareja se lo presenta al director de Philips y éste no duda: «Estoy de acuerdo en ir a la cárcel, pero por un álbum completo, no por un single». Gainsbourg rescata varios bocetos y regraba viejas canciones con las que conforma contra reloj su primer LP con Jane.

'Je t'aime… moi non plus' es el adelanto del disco. Se publica en febrero de 1969, mientras la pareja está en el Nepal rodando una película. Cuando unos días más tarde regresan a Europa comprueban que sus expectativas se han quedado cortas. En Francia la censura ha calificado el tema de pornográfico, el disco se vende con una pegatina que prohíbe su compra a los menores de edad, su interpretación en la televisión queda vedada y en la radio sólo se permite en horario de madrugada. En Inglaterra el single se anuncia con el dibujo de un exhibicionista que abre su gabardina para mostrar el disco mientras dice «Pssst… You want to buy a very hot French album?» Ni el veto de la BBC impide que la canción se dispare hasta el segundo puesto de las listas, sólo superada por el nuevo single de la Creedence, «Bad Moon Rising». El asalto al primero tendrá que esperar, porque una de las principales accionistas de la discográfica Fontana es la mismísima reina de Holanda y al escuchar la canción se niega en redondo a que su empresa comercialice algo así. A grandes males ya se sabe: Gainsbourg autoriza una versión instrumental que al no tener gemidos sí puede sonar sin problemas en las radios lanzada directamente al top twenty y negocia con un sello irlandés, libre de la censura inglesa, que se dispara al uno.

Peccata minuta, porque a esas alturas el escándalo es ya internacional. Portugal, Brasil, Holanda, hasta la tan liberal Suecia se ha sumado al veto. España no, porque el censor no se toma el trabajo de escuchar la canción y revisando su letra no encuentra nada que impida el nihil obstat. Hasta que el disco comience a sonar en la radio y se ordene la retirada de todos los ejemplares de las tiendas. Pero Gainsbourg siempre bromeó diciendo que el mánager más efectivo que nunca había tenido era el Papa. No le faltaba razón: a esas alturas el Vaticano se ha echado las manos a la cabeza y el mismísimo L'Osservatore Romano, diario oficial de la curia, lo tilda de «confirmación del nivel de estupidez al que nos ha conducido este modelo de cultura de masas» y amenaza con excomuniones. Suficiente para que la RAI prohíba no ya su emisión sino su mera mención, lo que hace que los programas que revisan las listas de ventas se detengan abruptamente al llegar al número dos. El veto de la curia alcanza eco internacional y vuelve a relanzar la carrera comercial del single, que alcanza cifras de venta astronómicas.

La versión original del tema, la de Bardot, no se conocerá hasta mediados de la década de los ochenta, cuando Sachs no sea más que un lejano recuerdo y BB acepte publicarlo a condición de que los royalties fueran a parar a su asociación de defensa de los animales. Para entonces era ya complicado encontrar un tema más famoso en la historia del pop. Sus versiones, recreaciones y parodias se contaban ya por centenares y a día de hoy es raro no topársela continuamente en los lugares más insospechados: ayer mismo la podíamos encontrar ilustrando el encuentro carnal de dos concursantes de Gran Hermano y poniendo ritmo a la reconciliación de dos futbolistas en un programa deportivo. Una fama mastodóntica que Gainsbourg ya había intuido años atrás, cuando su amigo Lord Snowdon, eminente miembro de la familia real británica, le había contado una anécdota que le hizo comprender que la popularidad de la canción había superado todos los umbrales posibles. Llegado con la reina Isabel II en un viaje oficial a una remota isla de Oceanía sin el más mínimo contacto con la metrópoli, se topó al bajar del avión con unos indígenas vestidos con taparrabos y chisteras, como en una película mala de Tarzán. Eran la banda de música local, llamada para interpretar el inevitable «God Save the Queen». Pero al ver que al concluir la canción la reina no había terminado con sus saludos protocolarios, se pusieron a improvisar el único tema que les sonaba vagamente a occidental. Por supuesto, era «Je t'aime… moi non plus».