Un sheriff llamado Manolo

El forajido mata al ayudante del sheriff./
El forajido mata al ayudante del sheriff.

Los poblados cinematográficos del Oeste son un oasis turístico en el desierto almeriense de Tabernas

INÉS GALLASTEGUI

Ni las moscas se mueven en el abrasador mediodía de agosto. El sol está en lo alto y decenas de personas miran la escena en un silencio expectante: no todos los días asiste uno a la detención del mítico forajido Jesse James y su banda.

Tras unos minutos de persecuciones a caballo, intercambio de disparos, violentos puñetazos y aparatosas caídas, triunfa el bien. Hay cinco cuerpos tendidos en la arena reseca de la plaza y un solo superviviente. Un tipo duro. Vestido de negro riguroso, enfunda el revólver y se sacude el polvo del sombrero. La estrella refulge en su chaleco.

Es el sheriff: se llama Manolo, tiene 41 años y, antes de impartir justicia exprés a balazos en este inhóspito trozo de tierra calcinada, a razón de tres pases diarios, hacía chapuzas como carpintero o servía cervezas con tapa en los bares de Almería. «Adelgazo 10 kilos cada temporada», dice sonriente sin hacer ademán de limpiarse el sudor de la frente. Para qué.

Manolo López no se parece en nada a Clint Eastwood, pero el escenario de su show es exactamente el mismo en el que hace 50 años se rodó El bueno, el feo y el malo, la última entrega de la trilogía del dólar que inauguró un subgénero cinematográfico el spaghetti western y convirtió en leyendas al actor norteamericano de la mirada de hielo, al director italiano Sergio Leone y a su amigo de la infancia, el genial compositor Ennio Morricone.

"¿Disfraz?Somos bandidos"

El spaguetti western sigue siendo objeto de culto. Álex de la Iglesia le rindió homenaje con 800 balas y Quentin Tarantino, gran admirador de Leone, estrenó en 2015 Los odiosos ocho, cuya banda sonora le valió a Ennio Morricone su primer Oscar.

Y entre los cientos de turistas llegados de países diversos pero uniformados por los rigores del verano andaluz gorra, sandalias y shorts, en el Mini Hollywood llaman la atención cuatro personajes que parecen recién salidas de una película. Del Oeste, claro: sombrero de fieltro, pañuelo al cuello, botas de cuero, poncho negro o gabardina larga. La gente les pregunta cuándo empieza el próximo show. Pero Yvonne, Gedphil, Janine y John no son empleados, sino visitantes; pertenecen a clubes de frikis del western.

«No vamos disfrazados. Somos bandidos», asegura con sorna el inglés John Hutchins, que acaba de vender su casa en Francia para mudarse más cerca del lugar donde se forjó la leyenda. «Hombre, al supermercado no voy así», admite Yvonne Könnig, alemana que disfruta desde hace años de las playas paradisiacas y el sol infinito de esta región.

Ya se lo dijo el bueno de Clint al feo de Eli hace medio siglo: «En este mundo hay dos clases de personas, amigo: las que tienen una pistola cargada y las que cavan. Tú cavas». Y aquí hasta los turistas llevan revólver.

Los escenarios del banco, la oficina del sheriff, el saloon y la herrería, que transformaron el desierto de Tabernas en Texas, Nuevo México o Arizona por obra y gracia del séptimo arte, forman parte desde 1980 del parque temático Oasys Mini Hollywood, que en 2015 visitaron 161.000 turistas y donde aún se realizan rodajes de películas, anuncios y videoclips ambientados en el Salvaje Oeste americano.

El romance de Almería con el cine viene de lejos. Hollywood había puestos sus ojos en las áridas tierras del levante andaluz y a primeros de los años 60 se rodaron aquí escenas de Lawrence de Arabia y Cleopatra.

Pero fue un casi desconocido cineasta romano el que puso las bases de una industria que se las ha arreglado para seguir viva medio siglo después. Sergio Leone, siguiendo los pasos de Joaquín Romero Marchén, un director español que había rodado un par de cintas con capital italiano, eligió para los exteriores de su primer western, Por un puñado de dólares (1964), las ramblas, barrancos y llanuras agostadas de los alrededores de Tabernas, un pueblo de 3.600 habitantes a 29 kilómetros de la capital almeriense.

El inesperado éxito de este filme de bajo presupuesto llevó a Leone a construir un poblado y repetir fórmula con La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Resultaron un bombazo y, aunque la crítica yanqui dio a estos émulos de sus clásicos el nombre despectivo de spaghetti los interiores se rodaban en Cinecittà, Leone tuvo multitud de seguidores: en los años siguientes se levantaron otros siete platós en los alrededores, recreando poblados de frontera, pueblos mexicanos, haciendas y ranchos, para acoger unas 200 producciones tanto europeas como americanas.

«El paisaje y el clima fueron la clave», asegura el historiador José Márquez. Los 280 kilómetros cuadrados del único desierto de Europa, que hace diez millones de años era el fondo del Mediterráneo, están encajonados entre cuatro sierras Nevada, Filabres, Gádor y Alhamilla, por lo que apenas reciben lluvia. Más de 3.000 horas de luz garantizadas al año permiten a los equipos rodar más rápido, sin los incómodos y caros parones que imponen las inclemencias meteorológicas.

Hay otra razón. «En los años 60 la mano de obra en España era mucho más barata que en Italia, Alemania o Estados Unidos», recuerda el escritor de cine Juan Gabriel García. Y más en Almería, una de las provincias más pobres del país, antes del boom del turismo y la agricultura bajo plástico.

«Aquí todo el mundo de mi edad para arriba ha trabajado en el cine explica Diego García, de 57 años, uno de los 97 currantes del parque Oasys, que reúne el poblado vaquero, piscinas y una reserva zoológica con 800 animales. Yo empecé de extra de crío, con los caballos. Las familias nos dejaban faltar al colegio encantadas porque se pagaba muy bien, mejor que ahora». Por edad, García no coincidió con aquella primera generación de actores Henry Fonda, Charles Bronson, Eli Wallach, Gian Maria Volonté, Fernando Sancho, Franco Nero o Claudia Cardinale, pero sí apareció en producciones posteriores, como Al este del oeste, de Mariano Ozores, o Trinidad y Bambino, última de la famosa saga de Bud Spencer y Terence Hill.

Aquellos rodajes eran auténticas torres de Babel, ya que al tratarse de coproducciones había que contratar a actores y técnicos de los diferentes países. En su libro Almería, plató de cine, Márquez recuerda que Clint Eastwood hasta entonces «un perfecto desconocido» al que Leone eligió, sobre todo, porque era barato encontraba surrealistas aquellos diálogos que mezclaban inglés, alemán, español e italiano: «En Almería nadie le entendía: pedía una ensalada y le traían un helado».

Raquel Welch en bikini

Pese al choque culural, algunos intérpretes socializaban con los lugareños, daban buenas propinas y no le hacían ascos a la comida local. Otras, como Brigitte Bardot, que rodó Shalako en 1968, o Raquel Welch, que hizo Hanna Caulder en 1971, iban a la playa con guardaespaldas, en un vano intento de evitar a los mirones, que jamás habían visto un bikini... ni cuerpos semejantes.

El hombre sin nombre también recordaba la épica de aquel viaje de casi diez horas desde el aeropuerto en Madrid hasta Andalucía, por carreteras secundarias y caminos de cabras. De hecho, la fiebre de los eurowestern impulsó la construcción del aeropuerto lo inauguró Fraga en 1968 y de una infraestructura hotelera hasta entonces inexistente, además de una cantera de profesionales.

Parte del éxito de estas películas radicaba en el ritmo «eran ultraviolentas, con más tiros, más sangre y más suciedad que los clásicos norteamericanos», destaca el historiador y la «ambigüedad moral» de los personajes. «Los buenos no son tan buenos ni los malos, tan malos», añade Juan Gabriel García, autor del libro Los españoles del western.

Pero el mercado se saturó y a finales de los sesenta empezaba a languidecer. En 1970 Le llamaban Trinidad dio un último impulso al género al incorporarle el humor, pero el tono paródico y cada vez más absurdo de sus imitadores acabó por darle la puntilla.

De los ocho escenarios que se construyeron en Tabernas hoy solo quedan tres, reconvertidos en centros turísticos en los años ochenta: además del Oasys Mini Hollywood, Fort Bravo, que incluye un fuerte, un pueblo mexicano y un poblado indio, y Western Leone, donde se rodó la mítica Hasta que llegó su hora (1968). Shows en vivo, espectáculos de cancán, rutas a caballo, estudio fotográfico, bungalows, restaurantes y tiendas de souvenirs son algunos de sus atractivos. Hacen hasta despedidas de soltero.

En el desierto se sigue rodando. Dos hijos de Diego García trabajan en el parque son los melenudos ayudantes del sheriff y han participado en numerosos proyectos como especialistas y figurantes. «En Exodus trabajé codo con codo como caballista con Christian Bale», explica Diego junior. Desde que Ridley Scott pasó por el desierto, hace tres años, la sexta temporada de Juego de tronos, la serie Penny Dreadful o la película basada en el videojuego Assassins Creed han dado nueva vida a las sedientas badlands.

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