Cantabria honra a sus difuntos

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Los cántabros no han faltado a la cita con sus difuntos. / Roberto Ruiz

  • Herencias, donación de órganos o deseos médicos se mezclan con peticiones concretas para la despedida

  • El número de testamentos no ha variado con la crisis y la mitad de los entierros en Cantabria estaba sufragada con un seguro

No es un tópico. La herencia de la ‘tía rica’. Una, en Cantabria, le dejó todo –y no era poco– a su sobrino. Con una condición. La de no casarse con una determinada mujer «porque era muy gastadora». El Código Civil prohíbe nombrar un heredero y obligarle a que no se case nunca. Pero no dice nada respecto a que no lo haga con una persona en concreto. Son historias de las últimas voluntades. Como la de los que pidieron en la funeraria que a su familiar le acompañaran en el ataúd de un paquete de tabaco y una botella de vino. Literal. Nada de bromas, porque el paso a la otra vida –o a donde sea– es una cosa muy seria. Para el que se va y para los que se quedan.

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El año pasado, en la región, se firmaron 8.303 testamentos y la mitad de los entierros estuvo cubierta por un seguro. Sí, ‘los muertos’, que así decía toda la vida el cobrador cuando llamaba al timbre. Muchos contratan una póliza cuando saben lo que cuesta pagar la factura de la despedida de alguien cercano. Como media, en Cantabria, sale por 3.500 euros. Hubo una persona que dejó todo pagado y expresó en la funeraria su último deseo: que no avisaran a nadie y, menos, a la familia. Que estas cosas son muy personales...

«Es sencillo y barato». Jose Corral, decano del Colegio Notarial de Cantabria habla de los testamentos. «Lo normal es que no llegue a los cuarenta euros y es súper importante». El caso más típico: matrimonio de 42-43 años con un par de hijos. Suelen ir juntos, llevan el DNI y cuentan aquello de «por si nos pasa algo». El documento que firman se conoce popularmente como ‘del uno para el otro y luego para los hijos’. Pero, técnicamente (y con más corrección), es «usufructo universal para la pareja y herederos universales para los hijos». Eso supone que, si uno fallece, el otro podrá seguir viviendo en su piso sin que nadie le eche «o irse a una residencia a Fuengirola y pagarla con el alquiler de ese piso». Todo bien, porque, si no hay testamento, el usufructo para la pareja será únicamente de un tercio de la herencia «y pueden surgir problemas». Los hijos que son maravillosos de pequeños, pero... Nunca se sabe. O ese otro ejemplo habitual de viuda o viudo sin documento firmado al que agarrarse. Todo va para los padres del fallecido y, al desaparecer ellos, para sus hijos (o sea, los cuñados del que se queda sin pareja y sin herencia). «La gente se sorprendería de la cantidad de casos de gente que no lo hace con patrimonios importantes. O de empresarios que no tienen la sensación de que su obra empresarial esté acabada todavía y un accidente o una enfermedad repentina la corta de forma inesperada», explica Corral. Lío a la vista.

Hay condiciones típicas. La de padres con hijos menores que nombran a una persona que se convertiría en la administradora de los bienes de los chavales si ellos faltan. «Y hay casos de divorciados, cada vez más frecuentes, que ponen como herederos a sus hijos y excluyen a su ‘ex’». Colocan, de hecho, a un hermano o a un amigo para que les administre el patrimonio si son pequeños. ¿Y se puede dejar los bienes a quien a uno le de la gana? Pues, si no hay padres, hijos o esposas y maridos, sí. Pero, si existen, hay que atenerse, en parte, a las ‘legítimas’. Dos tercios para los hijos, sí o sí. Y más condiciones, según los casos.

Están las leyes y están los deseos. Casos reales, de aquí. Una persona mayor que deja por escrito que se conserve la casa familiar. Cuentan que una señora viuda con un hijo menor de edad en esa etapa ‘rebelde’ de la vida se puso ante el notario para pedirle que el chaval no pudiera vender nada hasta los treinta. El profesional le preguntó qué pasaría si vende o quién se encargaría de vigilar. «Usted está poniendo esto como si fuera a estar aquí para controlarlo». Curiosidades. Como lo de dejar una herencia al perro. Se pide en las notarías, aunque no se puede hacer técnicamente. El ‘truco’ es dejar el dinero para que lo cuiden a una asociación o a un amigo de confianza que se comprometa a gastárselo en el bienestar del animal. Y está la señora que va a la notaría con ‘un cuadernito’. «Las cuatro cucharas de plata para fulanito, el cuadro del salón para menganito...». Como hace cuarenta años con los tomos de la Espasa. Eso pasaba.

Los notarios recogen también lo que se llama el testamento vital o acta de voluntades anticipadas (que va a un registro al que también se puede uno apuntar en la Consejería de Sanidad). Sus deseos respecto a ciertas intervenciones o actuaciones médicas. O si quiere donar sus órganos, por ejemplo. En esto de los órganos –en la voluntad de donarlos– es difícil encontrar cifras en Cantabria. Saber efectivamente cuántos quieren. No hay un registro oficial actualizado y el carné de donante –o la tarjeta– adquiere un valor vital porque sirve para que los familiares (a los que se pregunta en último caso) conozcan sus intenciones, aunque el documento tenga de por sí un carácter más bien simbólico. Eso, destacan desde Sanidad, no significa que haya pocos y, de hecho, el año pasado se batieron récords de donaciones que salvaron vidas en la región. Los médicos pueden acceder al registro de voluntades previas, en el que en Cantabria hay inscritas 2.354 personas.

‘Los muertos’

Dejar todo atado. Hasta el entierro. La mitad de los del año pasado en Cantabria estaba pagada por esa póliza de toda la vida. Tan de toda la vida que es la segunda más frecuente tras la de vehículos y la mejor para los vendedores de seguros, ya que sólo les da trabajo una vez. Más típicas del ámbito rural y de la gente mayor, no han descendido aunque ahora aparezca combinada con otros productos de salud y servicios variados. Según los expertos, para un matrimonio con dos hijos sale por unos treinta euros al mes y cubre a todos.

«Algunas pólizas de gente que llevaba muchos años pagando se han tenido que actualizar porque no cubrían aspectos que han surgido con el tiempo como los velatorios o la incineración», explican desde el sector. Eso, lo de elegir incineración o la tradicional inhumación, es otra pregunta tópica. En Cantabria, el reparto hoy en día es de un 30-70%. «Pero la incineración –que es la del 30%– es imparable». De hecho, el porcentaje en las ciudades está disparado frente a una elección mucho menor entre los que viven en el medio rural. Allí optan por lo de siempre al acudir a las funerarias, donde, a pesar de lo difícil del trance, se escuchan historias maravillosas. La de una mujer que enviudó a los 21 y, al fallecer, con 103, tenía clarísimo que quería reposar junto a su esposo. O la de los hijos que dejaron en el ataúd de su padre una radio encendida y sintonizada en un dial concreto. Para que siguiera escuchando su programa favorito.