Valle-Inclán, el genio oculto tras su máscara

Don Ramón María del Valle-Inclán descansando en su domicilo de Madrid en una imagen de 1930.
Don Ramón María del Valle-Inclán descansando en su domicilo de Madrid en una imagen de 1930. / Alfonso Sánchez García
  • «Ni pobre, ni de izquierdas ni bohemio, fue católico heterodoxo y consumidor de hachís», sostiene su biógrafo

  • El nieto del escritor gallego desmonta tópicos, mentiras y medias verdades en una biografía esencial, «real y cercana»

«No fue bohemio, ni pobre, ni de izquierdas. Más bien todo lo contrario». Con estas pinceladas Joaquín del Valle-Inclán Alsina (Santiago, 1953) desmonta algunos de los tópicos, mentiras y medias verdades en torno a su abuelo, Ramón María del Valle-Inclán (1866-1836). No conoció al genial autor de las 'Sonatas', 'Tirano Banderas' o 'Luces de bohemia', pero ha dedicado tres décadas a investigar su vida. El resultado es 'Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno' (Espasa) una biografía «sincera, real y cercana» de uno de los grandes renovadores de la literatura española del siglo XX. Redefine un perfil «que nos ha llegado deformado» como si se reflejara en los espejos del callejón del gato donde don Ramón alumbró el esperpento.

«Necesitaría otro libro para corregir mentiras, exageraciones o fantasías», ironiza su nieto. Lamenta que la anécdotas y los lugares comunes oculten el verdadero perfil del escritor de quien ofrece «una visión razonada y razonable». Y eso que estima «casi imposible» saber quién fue de veras Valle, un celoso guardián de su intimidad que mentía con garbo y sin recato sobre su vida y sus afanes. «Reconstruir cualquier vida, con vacíos y recuerdos inventados, es labor imposible, y más con alguien tan reservado, que muy rara vez confesaba qué opinaba o pensaba», dice un biógrafo «estricto» que ha tratado de «llevar a cabo un estudio histórico riguroso». «Construyó una máscara para protegerse, aunque él mismo fomentara muchísimos de los disparates que se han dicho después», admite su biógrafo. Manuel Azaña, que lo trató de cerca se preguntaba: «Quién sabe lo que piensa Valle de nada ni de nadie. Le he oído defender siempre con muchísima gracia y desenvoltura posturas completamente opuestas».

«No cuento nada que no esté basado en datos», dice asegurando que Valle «no era pobre, ni de izquierdas; más bien todo lo contrario». «Era católico, heterodoxo y fascinado por la religiosidad popular, y tampoco era un bohemio, que según la RAE es una persona de vida desordenada. Era ordenado, muy reservado y amante de su familia, obsesionado por la educación de sus hijos y extremadamente trabajador», asegura su nieto, para quien resulta «muy chocante que se hable de la simpatía de Valle por el anarquismo, el galleguismo, los filocomunistas o los bolcheviques».

«Valle y su grupo fueron gente adinerada, acaso un punto estrafalario y extravagante. Pudieron vivir en los cafés y no sufrieron penurias. Tenían dinero por familia o patrimonio; en el caso de don Ramón gracias a su momio ministerial, por el que ingresaba 2.000 pesetas al año sin pisar la oficina», asegura su nieto. «En 1898 se encargó un traje en una de las mejores sastrerías de Madrid. Pagó 225 pesetas, una fortuna, el salario de cuatro años de un pocero municipal».

Sí le sorprendió constatar que don Ramón -nunca le llama abuelo- fue consumidor de hachís. «Creí que era un tropo literario, pero bien en pastillas o fumado, fue consumidor habitual. Empezó en 1908 y seguía consumiendo en 1926», precisa. Se inició por consejo médico «y acabó usándolo como vía de exploración mística», explica Joaquín Valle-Inclán, hoy profesor jubilado que cita una carta a Corpus Barga en la que Valle cuenta como aumentó las dosis para experimentar. «El hachís se usaba entonces para casi todo; era habitual en asilos y frenopáticos. Él investigó su efecto como un medio de instrospección mística, de búsqueda del sentido religioso intuido en toda las cosas. La sensación de que todo está quieto es su teoría estética, de modo que la apariencia del tiempo es el demonio y la inmovilidad es la suma perfección», dice su nieto.

Con un ego poderoso, quizá el creador del esperpento no se considerara un genio, «pero sí se tenía por un gran innovador. Experimentó sin desmayo nuevos caminos literarios y fue un autor proteico». «Si supiera cómo será la literatura del año 2000 ya la estaría escribiendo», respondió en una de las entrevistas en las que acostumbraba «a mentir o al menos a fantasear».

«No sé si mentía a conciencia o se deja llevar de su exaltada fantasía», duda su nieto, que lo tiene más por un fantasioso que por un trolero. «Adorna, magnifica y literaturiza episodios como el disparo que recibió en un pie, diciendo que iba a caballo en medio de una ventisca; su primera vista a México, asegurando que estuvo en la cárcel, cuando lo cierto es que fue condenado en Veracruz, se le citó dos veces como delincuente extranjero y salió a hurtadillas cabalgando hasta el puerto de Progreso temiendo ser detenido. También fantasea sobre la pérdida de su brazo».

Valle no era un ogro, aunque reconoce su nieto «que tenía un genio explosivo, a veces con salidas de tono, como todo el mundo». «Si tu vida es una tertulia permanente, has de ser bastante sociable, y él era un conversador muy ameno», dice de un genio que desoyó los cantos de sirena de la Real Academia Española. No ingresó en la RAE donde, a su juicio, solo se iba «por conveniencia, vanidad, o debilidad de carácter».

Su nieto casi no ha dispuesto de documento autógrafos. «Apenas dejó cartas, notas, diarios ni memorias. Solo lo que no publicó o no logró terminar. Los editores se quedaban con sus manuscritos o los tiraban», dice.