Sin libros de texto ni ordenadores: así es la escuela waldorf cantabria

En el centro privado, situado en Villanueva de Villaescusa, se aplica un método alternativo al tradicional donde lo fundamental es «el desarrollo claro y equilibrado del niño»

Música y sincronización para dar los buenos días en Primaria. / María Gil Lastra
Ana del Castillo
ANA DEL CASTILLOSantander

En la puerta principal del antiguo convento de monjas de Villanueva de Villaescusa hay un aviso sobre el uso de teléfonos móviles. «Apagado o modo avión», se advierte en la hoja escrita a mano. Aquí no hay lugar para las nuevas tecnologías. Ni ordenadores, ni wifi. Mucho menos las pizarras magnéticas que tanto se utilizan ahora en los centros educativos. En la Escuela Waldorf Cantabria se trabaja a otro ritmo.

Los alumnos no tienen libros, no deben enfrentarse a rigurosos exámenes, están mezclados por edades y su tutor les acompañará hasta que cumplan los 12 años. La Escuela Waldorf -con 14 niños en Infantil y 28 en Primaria- es un centro educativo privado y autorizado por la Consejería de Educación que aplica principios de la Pedagogía Waldorf, creada a principios del siglo XX por el filósofo y humanista Rudolf Steiner. En la actualidad, es un movimiento extendido por países de todo el mundo, cuenta con el reconocimiento de la Unesco y busca conducir al niño hacia un «desarrollo claro y equilibrado de su intelecto, hacia un sentir enriquecido artísticamente y una voluntad activa, sana y consciente», explica el claustro de profesores.

La pedagogía Waldorf busca conducir al niño «hacia un sentir enriquecido artísticamente y una voluntad activa, sana y consciente»

La pedagogía Waldorf busca conducir al niño «hacia un sentir enriquecido artísticamente y una voluntad activa, sana y consciente» david cobo | tutor de primaria

Son las nueve de la mañana y la jornada comienza dando los buenos días. Alumnos y profesor -todos calzados con zapatillas de andar por casa- forman un círculo en el centro del aula. La calmada narración del tutor de Primaria les lleva por diferentes viajes. «Nos ponemos el bañador...», dice a modo de metáfora, «y llega la ola». En ese momento, los alumnos con un juego de palmas y golpes con los pies en el suelo siguen una animada rítmica. A continuación, recitan una historia de un gigante con muchos amigos con los que quiere compartir unos sombreros y, entonces, los chicos comienzan a lanzar unas bolsitas de tela hechas a mano en un cesto de mimbre. «Ladrillo a ladrillo construyo un castillo tan alto tan alto que llega hasta el cielo», cantan mientras tratan de encestar. La historia continúa y les lleva -formando una serpiente humana- hasta una de las cuatro esquinas de la clase donde hay agolpados unos palos. Con ellos, comienzan las sumas. «Tres, seis, nueve, doce...», recitan de tres en tres mientras golpean el suelo.

La actividad central de una jornada en esta escuela se basa en el juego libre con objetos y juguetes elaborados de forma artesanal que les brinde la posibilidad de «desarrollar su creatividad y fantasía, así como la de experimentar con los sentidos, ejercitar el movimiento y favorecer las relaciones afectivo sociales», explica David Cobo, tutor de Primaria.

No hay libros de 'mates'. Tampoco de 'Lengua' o de 'Conocimiento del medio'. Los únicos tomos que hay posados sobre los pupitres son los que los estudiantes han hecho a mano con unos folios y unas anillas: cuaderno de 'letras', cuaderno de 'placeres', cuaderno de 'manuales'...

El antiguo convento, ubicado en el barrio Castanedo, está rodeado de palmeras, pinos y montes verdes. No tiene patio con canastas ni porterías, pero hay un rincón de tocones, 'El arenero', donde los chavales se juntan para tomar el tentempié de la mañana. La iglesia desacralizada del edificio es ahora la sala multiusos, el lugar donde se hace 'gimnasia' y donde se celebran los numerosos festivales que se celebran a lo largo del curso. «Mi hijo comenzó en Waldorf con cuatro años, buscaba un entorno que diera ese paso entre lo que era estar en casa y en un centro educativo. Aquí acompañan al niño de una manera cercana», explica a este periódico Jasmine Noel, canadiense afincada en España desde hace 12 años y madre de uno de los alumnos del centro.

«Buscaba un entorno que diera ese paso entre lo que era estar en casa y en un centro educativo»

«Buscaba un entorno que diera ese paso entre lo que era estar en casa y en un centro educativo» jasmine noel | madre de un alumno

Pero la educación Waldorf no es apta para todo tipo de bolsillos. Al tratarse de un centro privado, los padres deben pagar una cuota mensual de septiembre a junio, que en este caso alcanza los 360 euros en Primaria y los 300 en Infantil.

Música y aprendizaje

Es jueves. En Infantil toca hacer pan. Once niños -de entre 3 y 6 años- están sentados alrededor de una mesa dibujando un caracol sobre la harina. Lo pide la canción que la tutora canta con voz de cuna. Así todo el tiempo, como si la música fuera el hilo conductor de su aprendizaje. «Aquí tienes que ser maestro, lo que te da la pedagogía Waldorf es que te complementa a muchos niveles. Primero, percibes al niño de otra manera. El trabajo que hace el maestro es de observación», puntualiza Raquel Ruiz, tutora de Infantil.

María Gil Lastra

«En 1860 crearon el sistema métrico decimal», dice una niña tras levantar la mano en una de las clases de Primaria. David Cobo, su tutor, está sentado junto a ellos, activando su memoria y aprendizaje a través de preguntas, casi como un juego: «¿Y cuántas décimas necesitamos para una unidad?». «Diez», contesta Alma.

Niños que han nacido en plena revolución digital y que, sin embargo, no trabajan ni aprenden a manejar las nuevas tecnologías. «En estos primeros años los niños necesitan otras cosas: interiorizar los sentidos, trabajar con sus manos, crear un vínculo humano con el maestro... Muchas veces parece que todo lo va a responder Google, pero Google lo ha tenido que crear una persona. Nuestros niños son hábiles, les gusta charlar y son sociables», explica Cobo.

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Y ellos, los alumnos, ¿qué opinan de su centro escolar? «Me gusta mucho lo que aprendo», constesta Martina Feito, de ocho años. Su compañera, Senda Alejo, de once, dice con desparpajo: «Me gusta mucho manuales, matemáticas, botánica y acuarela. Sé tocar la batería, la guitarra, la flauta, el violín y la pandereta. Ah, y también canto». ¿Y los idiomas? «Sé un poco de inglés y me gusta mucho el euskera», apunta.

Daniela Arias es madre de dos niños de 5 y 7 años del centro. «He vivido en Alemania, de donde viene esta educación, mucho tiempo. Mi marido es médico y mi cuñado arquitecto, ambos fueron a una escuela Waldorf. Cuando volvimos a España y encontré este centro no tuve dudas y les apunté. Me gusta ver que mi hija tenga seguridad en sí misma, me gusta ver que hagan las actividades del día a día y me gusta ver al niño -de 7 años-, que todavía no sabe leer, con muchas ganas de seguir aprendiendo», explica.

En Infantil, sentada en la mesa donde todos los pequeños están haciendo pan, se encuentra Belén Barrio, técnico de Educación Infantil en prácticas. Ella ya ha pasado por más colegios y sabe bien cómo se trabaja en un centro tradicional y en Waldorf. «Aquí se les acompaña. Toda la mañana está planificada, pero sin obligaciones, a ningún niño se le fuerza, sino que surge de manera natural», cuenta. Desde que entró le llamó la atención la habilidad de los profesores para manejar las clases: «Ojalá este método se pudiera llevar a todos los centros». ¿No tiene ningún aspecto negativo? «Habrá cosas negativas, como en todas las escuelas, pero aquí se les da más libertad de ser cómo son».

 

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