El modelo Atapuerca consolida el patrimonio como «motor de cambio» de la economía regional

Vídeo: Pablo Bermúdez | Fotos: Javier Cotera

El Museo de la Evolución Humana en Burgos, junto con los yacimientos y el parque arqueológico en la sierra de Atapuerca, han colocado esa región a la cabeza de Castilla y León como destino turístico

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

Como sucedió con María Sanz de Sautuola cuando entró por casualidad en la cueva que hoy es Altamira, el azar también llegó primero que la ciencia a la sierra de Atapuerca. Fue una compañía de tren británica la que partió en dos el paisaje con unas vías que dejaron al aire los yacimientos en el siglo XIX. Aún no sabían que allí se conservaban restos de nuestros predecesores, fósiles humanos de los primeros habitantes de Europa en torno a un millón de años. Cuando en 1917 la compañía quebró y abandonó la sierra, hubo que esperar hasta 1976 para que el azar hiciera su trabajo. El grupo de espeleología Edelweiss encontró unos restos humanos en la Sima de los Huesos, a unos metros de la trinchera abierta por el tren minero, y ahí empezó todo, al poner esos restos en manos del paleontólogo Emiliano Aguirre. Comenzó la investigación científica, y hurgando con pinceles entre capas amontonadas de tierra, el equipo inició lo que hoy en día se llama Evolución Humana, es decir, la narración de nuestros orígenes en forma de Museo, pero también la evolución de esa región castellano leonesa que se atrevió a vincular la ciencia a su patrimonio hasta hacer de la arqueología su «motor de desarrollo» económico y cultural.

Uno podría hablar del 'milagro Atapuerca', pero esa muletilla, atribuible a ciertos museos de consecuencias urbanísticas en su entorno, es en este caso inadecuada. En Burgos lo que hay no es un milagro, sino una investigación de cuarenta años fundamentada primero por Aguirre y, después, por los tres codirectores de excavaciones: Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro, que han puesto en boca del mundo el nombre de un pueblo de 187 habitantes.

Cantabria, con diez cuevas de la Unesco, carece de un modelo de explotación cultural como el de Burgos

Pasar de las cuadrículas de tierra de Burgos a protagonizar las portadas de las revistas científicas más influyentes del mundo se logra con hallazgos, pero ¿es suficiente para haber convertido Atapuerca en el «motor de cambio» de toda una región? Lograrlo tiene una clave: «Es muy importante la vinculación con el territorio y el compromiso con los ciudadanos», explica Alejandro Sarmiento, director gerente del Sistema Atapuerca, bajo cuyas siglas (SACE) se coordinan las visitas a los yacimientos, el parque arqueológico y el Museo de la Evolución Humana de Burgos. Por eso, dice, todos los conocimientos que se podían haber presentado en universidades o en ayuntamientos, se han hecho en Ibeas y Atapuerca, en espacios entonces rudimentarios donde daban las ruedas de prensa a nivel mundial, en aulas de interpretación que han dado paso al actual museo.

Milagro no, ciencia

El valor de los hallazgos no es suficiente para configurar un modelo de expansión cultural que ha colocado a la provincia de Burgos a la cabeza de Castilla y León como destino turístico. Es decir, Cantabria, con diez cuevas patrimonio de la Unesco, aún no ha sido capaz de 'rentabilizar' su patrimonio cuando su discurso aún está anclado en la convivencia entre conservación y explotación turística, a falta de un buen museo. A pocos días de cumplirse en Cantabria el décimo aniversario de la declaración de la Unesco de nueve de las diez cuevas, la distancia de ambos discursos sobrecoge. «Atapuerca ha sido un revulsivo a nivel turístico, pero a nivel cultural ha cambiado totalmente la ciudad. De estar anclada en el pasado, Burgos ahora ha hecho de un proyecto científico y cultural la espina vertebral de su desarrollo». Eso sólo se logra si la gente, dice Sarmiento, siente suyo el patrimonio: «Nuestra fortaleza está en el territorio. Es fundamental el apoyo ciudadano para llegar al punto donde estamos». ¿Cómo se alcanza ese punto?, ¿es suficiente la inyección económica para alcanzarlo?

La respuesta evidentemente es no. Ese punto, esa conciencia de identidad cultural, comenzó en la región vecina con las excavaciones a finales de los años 70. Luego, descubrimientos como el de 'Miguelón', el cráneo completo mejor conservado del mundo, o los restos humanos del Homo Antecessor, una especie a la que puso nombre el equipo de Atapuerca y que desmontó un paradigma científico al retrasar la edad de los primeros homínidos en Europa, contribuyeron al resto.

«Burgos ha hecho de un proyecto científico y cultural la espina vertebral de su desarrollo» Alejandro Sarmiento Dir. Gerente Sistema Atapuerca

Milagro, por tanto, no hay, lo que hay es ciencia. Sólo así se entiende que la colección de huesos fósiles que exhibe el Museo de la Evolución Humana, así como las excavaciones que cada verano se suceden durante seis semanas en los yacimientos (las próximas empiezan este martes, día 19, y participarán en ellas 280 investigadores) hablen en la actualidad de otra forma de evolución, la de la ciudad y la región que lo acoge al sumar 600.000 visitas anuales.

Es ahí cuando la inversión se vuelve una consecuencia y el soporte institucional confiere al patrimonio y a la ciencia el papel de transformación social que verdaderamente tiene. «Ahora no es posible hablar de Burgos sin hablar de Atapuerca, los territorios tienen que posicionarse en favor de su propio desarrollo», y habla del estímulo que supuso es ese sentido la declaración en el año 2000 de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, una efeméride que celebran los propios vecinos de Atapuerca e Ibeas con una marcha popular.

Con un presupuesto de tres millones de euros anuales, la Junta hace suya la diferencia entre gasto e inversión al destinar semejante partida al capítulo cultural, al que hay que sumar los cien millones iniciales para construir el museo, diseñado por el cántabro Navarro Baldeweg e inaugurado en 2010, flanqueado por el edificio del Centro de Investigación de la Evolución Humana y un Auditorio Municipal. Una manzana completa dedicada a la investigación, divulgación y actividades culturales como una mastodóntica declaración de intenciones.

Sin embargo, el modelo no funciona sólo con una inyección económica para dotar de infraestructuras el potencial arqueológico, como advierte Sarmiento: «Cuando se invierte en construcciones que luego no tienen capacidad para abordar una programación cultural, los edificios son sólo carcasas vacías». Su estrategia ha sido el centenar de actividades culturales que realiza cada año, explicar los hallazgos, atraer una y otra vez al público «de casa», no sólo al turista: el roce, el acercamiento al edificio, el contacto directo con la historia de la evolución humana mientras se habla de literatura o de conciertos.

«La investigación y la labor de las instituciones son la base para divulgar y lograr un turismo cultural» Aurora Martín Nájera Coordinadora Sistema Atapuerca

«En cuarenta años sólo se ha descubierto un diez por ciento. Hay más de 200 yacimientos sin estudiar» Eva Vallejo Arqueóloga en Atapuerca

«El proyecto de investigación, unido a la labor de las instituciones, es la base para la divulgación así como de un turismo cultural que permita el conocimiento que se genera con las excavaciones», dice la coordinadora general del Museo, Aurora Martín Nájera. El modelo de Atapuerca es un «gran proyecto científico basado en la socialización del conocimiento», y esto lo logran al ofrecer visitas guiadas a los yacimientos y visitas al parque arqueológico llamado Carex (Centro de Arqueología Experimental), en el que los visitantes aprenden a hacer fuego, a pintar paredes con el método venturi, es decir, soplando por dos pajitas como hacían los habitantes de las cuevas con plumas huecas, haciendo armas con piedras.Medir el impacto de los hallazgos de Atapuerca puede hacerse contando el número de publicaciones en Science o Nature, en la aportación a la ciencia de los 7.500 restos humanos recuperados hasta la fecha y los 28 individuos completos que han podido recrear, los cráneos de 'Miguelón' o 'Agamenón' (cráneo 4), de los más completos del registro fósil mundial. Su valor científico pasa, además, por haber desmontado un paradigma.

Y lo que queda por saber

En 1907, el hallazgo de la mandíbula de Mauer en la región alemana de Heidelberg hizo que durante todo el siglo fuera considerado el resto más antiguo y, por tanto, que los primeros europeos vivieron en el continente hace medio millón de años. Así fue hasta que los excavadores de Atapuerca encontraron restos que lo cuestionaban en el estrato conocido como TD6 (van numerados según la antigüedad del sedimento) de la cueva Gran Dolina, de 20 metros de profundidad. En esa porción de tierra aparecieron los restos que desmontaban la teoría y retrasaron la fecha hasta el millón de años.

Hoy en día se conoce como Estrato Aurora, en honor a la investigadora que encontró la muela en 1994, que no es otra que la actual coordinadora del Museo, Aurora Martín: «El reto de Atapuerca es seguir investigando y que nos transmitan a nosotros, y nosotros a los visitantes, qué es lo que se interpreta de sus descubrimientos, que nos hagan conocer cómo éramos». Como dice la arqueóloga Eva Vallejo, a punto de participar en la nueva campaña de excavación, «Atapuerca promete más: en un radio de cien kilómetros desde la Trinchera, hay más de 200 yacimientos. En cuarenta años que lleva funcionando, sólo se han descubierto el diez por ciento». Queda, por tanto, mucha historia que contar.

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