El infierno que llegó del cielo

El Santander republicano experimentó los primeros bombardeos del ejército alemán. / Archivo Antonio Bartolomé

Los santanderinos se refugiaron de las bombas con una red de túneles con cabida para 40.000 personas

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

En los primeros compases de la sublevación militar de 1936, aún nadie podía imaginar que el infierno de la guerra podría sobrevolar su cabeza. Para los feroces bombardeos que marcaron la memoria del mundo con imágenes imborrables de ciudades consumidas bajo el fuego que llegaba del cielo en la Segunda Gran Guerra, habría que esperar todavía cinco años. Aún nadie había aprendido a alarmarse por el bramido de las sirenas al principio de la resistencia republicana en Santander. Ese eco inconfundible que después se convertiría en icono sonoro del miedo y que anunciaba la llegada de escuadrones de bombarderos pasaba inadvertido porque nunca sucedía nada. Nunca hasta el fatídico 27 de diciembre de 1936.

«El rumor de los aviones alemanes de la Legión Cóndor comenzó a oírse por la ladera norte. Sonaron las alarmas, pero como siempre, la gente hizo caso omiso. Cuando quisieron esconderse, ya estaban cayendo las bombas». El historiador José Manuel Puente ha escrito mucho sobre esta triste historia. «Comenzaron a explotar en la zona del Barrio Obrero y siguieron un recorrido hacia Cuatro Caminos y la calle Alta para terminar en el ensanche del puerto de Maliaño». Fallecieron 65 civiles ante la estupefacción de un pueblo que descubrió de pronto el poder de ese arma desconocida que parecía violar las normas no escritas de la guerra. Los cadáveres así dispuestos, en plena ciudad, construían una imagen que perturbó mucho los ánimos. Y como siempre, la muerte atrajo más muerte.

Ojo por ojo

Las represalias no tardaron en llegar esa misma tarde con el asesinato de 156 presos nacionales recluidos en el barco Prisión Alfonso Pérez. «Cuenta un testimonio del momento, el de la hermana de Enrique Sánchez Peña, que cuando bombardearon Santander, murieron niños y fueron las mujeres, arrebatadas con cuchillos boniteros, las que gritaban ‘¡Al barco, al barco!’», relata José Manuel Puente.

El Alfonso Pérez era un buque de carga de 8.800 toneladas. «Debido a su propulsión a base de turbinas, con tres calderas para proporcionarle vapor, su consumo de combustible era muy alto, por eso su explotación comercial era casi ruinosa y permanecía largas temporadas fondeado en la bahía de Santander», cuenta Puente en su libro ‘Santander bajo las bombas’. Con la Prisión Provincial colapsada, se decidió trasladar al buque a centenares de reclusos.

Lideraron la masacre el comisario de Policía del Frente Popular, Manuel Neila, y el director general de Justicia, Teodoro Quijano. Los guardias del barco procedieron a cerrar todos los accesos a las bodegas, dejando solo una pequeña comunicación de aire a través de un tablón levantado. «Lo quitaron y empezaron a lanzar granadas de mano por el hueco. Cuando terminaron, ametrallaron cuanto pudieron con ráfagas interminables. En ese primer contacto, debieron matar a unos 80 presos y cuando no les quedaron fuerzas, se marcharon», narra el periodista y escritor Jesús Gutiérrez Flores, otro de los estudiosos del Santander del conflicto.

Refugio en el parque de La Planchada, en Maliaño. / Colección Gutiérrez Martín

«A eso de la una del mediodía regresaron con listas de nombres. Empezaron a llamar a los presos a superficie, y arriba era donde los despachaban a tiros». En las bodegas se estremecían al escuchar el sonido bronco y seco de los cuerpos al caer a plomo, muertos sobre la chapa de la superficie del barco. «‘¿Quién eres, cómo te llamas?’ Preguntaban. ‘¡Enséñame las manos!’ ‘Tú tienes pinta de ser cura, esas manos no han trabajado nunca’... Decían, y acto seguido los mataban», relata Flores.

Sobrevivió al azar del destino José Bourgón López-Dóriga después de que un disparo le entrara por la nuca y saliera por la sien. Cuando las tropas franquistas tomaron Santander se reincorporó al ejército, llegó a ser general de división y fundó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Una ciudad bajo la ciudad

Una vez visto el efecto de las bombas, ya nadie volvió a ignorar las sirenas. En mayo de 1937, semanas antes del fin de la resistencia republicana, Santander podía guarecer bajo tierra a unas 40.000 personas en 114 refugios. Muchos de ellos quedaron sepultados para siempre tras el incendio de 1941.

Los ataques se repartieron en el tiempo en esos meses de contienda. Cantabria entera sufrió 189 incursiones aéreas durante la guerra, que se concretaron en bombardeos efectivos en 34 ocasiones para dejar un reguero de destrucción y un número total de víctimas que ascendió a 88 muertos y 104 heridos», resume José Manuel Puente.

La vida dentro de la guarida

Lo peor era la espera en la oscuridad. Algunos refugios carecían de luz eléctrica y de hecho estaba prohibido encender luces porque podrían delatar posiciones. Al rumor del motor de los aviones le seguían los ecos de las explosiones que retumbaban en el suelo. «El terror se apoderaba de uno cuando las bombas se escuchaban cada vez más y más cerca», cuenta Fernando Obregón, historiador y buen conocedor del refugio de la Plaza del Príncipe. «La protección en algunos de estos lugares era más psicológica que real, porque los muros de separación con la superficie eran más bien débiles».

Había espacio para 70 personas y hoy entran en turnos de 15 para revivir la sensación del asedio. «Se ha recreado el ambiente como se ha podido, incluso con el sonido de los aviones aproximándose». Los pasillos son angostos: «Imagínate cómo sería en plena guerra».

Existía una normativa estricta para mantener la seguridad y el civismo en el interior, que se publicó en la ordenanza municipal del 15 de mayo de 1937. «Estaba terminantemente prohibido fumar, encender cerillas o ningún material productor de humos. Se prohibía también la utilización de sillas o bancos, excepto en casos inevitables para enfermos o ancianos. Se debía guardar el más absoluto silencio. No se podían consumir bebidas, ni comidas. Con lógica, tampoco se permitía ensuciar los refugios con papeles, residuos de comida o realizar cualquier necesidad orgánica».

En los pueblos la gente se escondía en cuevas, o en los mismos túneles del ferrocarril. Donde más experiencia tenían en guarecerse del fuego caído desde el cielo era en Reinosa. «Allí bombardearon con fuerza La Naval, la fábrica que constituía el pulmón económico de la comarca y que desde el primer momento se instituyó como objetivo clave de la contienda», cuenta Flores. «Al principio hubo quien salió a la calle a disparar a los aviones con escopeta. Les costó entender que aquello no servía de nada».

En la capital, el llamado sistema de defensa pasiva se instauró con control férreo. Unos guardas se ocupaban de confirmar que ningún transeúnte caminaba por la calle cuando el peligro acechaba; aunque avanzada la guerra, ya nadie se atrevía a hacerlo. La vida bajo tierra era pintoresca. Dependía de la naturaleza del refugio.

Sótanos abarrotados

Primero se habilitaron los sótanos de las grandes moles de hormigón, como la sede de Correos, del Banco de España o el edificio Siboney, con capacidad para 3.000 personas. «Se pertrechaban con sacos terreros para frenar la metralla y confiaban en que la cantidad de explosivo no llegara nunca a echar abajo el edificio entero», explica José Manuel Puente.

La calidad de la construcción de los túneles no era la mejor. El hormigón escaseaba y la mezcla siempre se rellenaba con excesiva carga de arena. «A decir verdad, la estructura no era muy segura en algunos de los casos». A medida que se fueron construyendo galerías, se fue perfeccionando el sistema. «Santander es una ciudad agradecida para esto, precisamente por su orografía. Sólo hay que excavar un poco en las laderas y se puede confeccionar un túnel».

Al final de la guerra llegó a haberlos con luz eléctrica. Se construían con esquinas pronunciadas, para que el fuego o los derrumbamientos no afectaran a toda la estructura en caso de colapso. «El más grande de todos ellos es probablemente el que se puede ver en la calle Bonifaz. Allí cabían 1.500 personas. Luego hay otro muy grande en la cuesta de Las Cadenas y lo cierto es que algunos estarán a día de hoy muy deteriorados, pero realmente existe un Santander bajo nuestros pies del que apenas recordamos nada», cuenta José Manuel Puente.

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