El primer "surfer" del Sardi

De familia de estibadores, trajo a Santander la primera tabla en 1963 y sigue cogiendo olas

ÁLVARO MACHÍNSantander

Hay perfiles que ya están escritos antes de haber puesto sobre el papel la primera letra. Un contacto basta. Porque si un tipo se cita con el periodista en Puertochico, a bordo de un barco que se llama "Surf", hay mucho adelantado. Mar, olas, pesca, Santander... En la biografía de Jesús Fiochi está todo eso, pero el capítulo más llamativo sería el de la primera tabla. «Yo creo que fue la primera de España». Es, en todo caso, el prólogo de la historia del surf en Cantabria. Allá por 1963.

Pero la atracción por el mar viene antes. En dos sentidos. Su abuelo -también Jesús- fue el impulsor de un negocio de estibadores que vinculó el apellido Fiochi al puerto de por vida. A eso mismo se dedicó su padre -también Jesús- y él mismo, hasta su reciente jubilación. Un lazo familiar. El segundo vínculo es más íntimo. «De pequeño nos llevaban a los tres hermanos mayores a jugar a los Jardines de Pereda. Tenía cuatro años. Uno llevaba un balón, la otra una muñeca y yo un aparejo».

El colegio La Salle y dos años de Derecho. «Pero yo prefería bajar al muelle todos los días a las siete de la mañana». En paralelo, deporte. Ciclismo y, sobre todo, natación. «Entrenábamos en la piscina cubierta del Frente Juventudes, que luego la tiraron y no hubo otra hasta muchos años después». Era rápido. Batió varios récords en Santander y acudió, junto a Orlando De la Hoz, a unos Campeonatos de España a Tenerife. «Vivíamos en un chalet frente a San Roque y construimos una piscina de once por once metros. Así, haciéndolo nueve veces eran los cien. En dos brazadas llegaba de lado a lado y así batía el récord de España cada dos por tres», bromea.

¿Y el surf? Es la pregunta. La estampa de Hawai era un clásico, pero aquello no casaba con El Sardinero. «Vi en el cine de los Kostkas un documental en el que un hawaiano cogía olas pequeñas. Se me encendió la bombilla». Dicho y hecho. Lo primero era buscar la tabla. Fue una "Barland". «Hay una roja preciosa», le dijo su hermana desde Francia. Una "conferencia" telefónica de las de entonces. «Esa, cómprala». El fabricante cruzó la frontera y, desde Irún, la trajo hasta Santander el autobús del Racing. Le llamaron a la oficina y le dijeron que le traían una piragua. Cuando se metió al agua por vez primera fue un espectáculo. Le dejó un traje de buceador Volker Thomas y, el primer día, pudo ponerse de pie. «Me decían que eso era de Hawai o de California, pero que aquí...». Hubo gente viéndole desde el Rhin hasta Piquío. «Hay una leyenda urbana que dice que tapé con tinta china el nombre del fabricante para que nadie pudiera traer otra y que les decía que venía de Australia». Para un segundo y añade: «es totalmente cierta». Un mar para uno solo no tiene precio.

Fue un pionero. En el circuito de surf del Campeonato de España del 71 se repetía un apellido: Fiochi. Jesús, Manel y Rafa. Los tres primeros. Y todo eso hizo que el teléfono de su casa -frente a La Concha- sonara muchas veces para preguntarle por tiempo y olas (hoy en día sigue dejando su predicción en una web). Hasta su mujer (Michi Alonso) cogió experiencia. «Vete a Somo, a Liencres...». Porque en su hogar se respira salitre. Jesús, Santiago y Manuel, sus hijos, han heredado la pasión. Con ellos forma tripulación para ir a buscar bonitos o lubinas y con ellos sufre cuando, en alta mar, presiente que hay buenas olas en la costa.

«Me levanto a las seis y voy a Laredo, San Vicente... No suelo fallar aunque, a veces, me "columpio". Hay algo de respeto cuando me ven y me dejan coger más olas de las que me tocan». Se mete más de cien veces al año y nada seiscientos metros diarios. A sus casi setenta. «A otros les dicen lo de prejubilarles y se deprimen. Yo les contesté: "¿A quién hay que matar"? La clave es llegar fuerte».