Una de cada cuatro personas que sufre un infarto muere antes de llegar al hospital

Fernando Gómez

Sanidad obliga a poner desfibriladores en espacios públicos para uso de la población con el fin de facilitar la reacción inmediata que puede salvar la vida en caso de muerte súbita

ANA ROSA GARCÍA y JOSÉ CARLOS ROJOSantander

No más de diez minutos. En esos 600 segundos se debate la vida de la persona que acaba de sufrir una parada cardiaca. En el momento que su corazón deja de latir se activa una cuenta atrás sin prórroga. Las posibilidades de sobrevivir son casi nulas si cae desplomado sin haber salido de casa, en plena calle o en cualquier lugar en el que 'no hay un médico en la sala'. Una cuarta parte de los infartos debuta en forma de muerte súbita, «y esos casi nunca llegan al hospital», destaca el jefe de Cardiología de Valdecilla, Javier Zueco.El balance anual de fallecidos en Cantabria como consecuencia de una parada cardiorrespiratoria en esas circunstancias se sitúa «en torno a los 90», teniendo en cuenta que Urgencias de Valdecilla recibe de media un infarto cada día. Sin embargo, cualquier testigo de ese episodio repentino e inesperado (incluso para la víctima, que podía haber hecho vida normal y aparentemente sin síntomas sospechosos hasta ese momento) puede tener en sus manos el salvavidas.

«Pero eso requiere educación sanitaria», subraya Zueco. «Si formas a la población –una labor que debería iniciarse desde niños, a través de los colegios e institutos–, puede salvar muchas vidas. Se trata de concienciar, de la misma forma que se insiste en la necesidad de llevar una alimentación saludable y hacer ejercicio y no fumar, debería educarse de forma reglada para saber reaccionar ante una parada», añade. En ese camino se enmarca la nueva normativa elaborada por la Consejería de Sanidad que regula la instalación obligatoria de desfibriladores externos automáticos y semiautomáticos (DEA) en determinados espacios de uso público, de forma que puedan ser utilizados por personas ajenas a la profesión sanitaria.

Desfibriladores a mano

Según la orden, será obligatorio disponer de un desfibrilador en instalaciones de transporte, aeropuerto y puerto, así como en las estaciones de autobús y tren de poblaciones de más de 20.000 habitantes. La lista de espacios cardioprotegidos se extiende a centros comerciales de más de 500 metros y establecimientos con afluencia media diaria de 500 personas. Las instalaciones deportivas con más de 350 usuarios diarios y los centros educativos con aforo mayor de 1.500 personas también deben tener a mano un desfibrilador. No obstante, los cardiólogos insisten en que la disponibilidad de ese equipamiento debe ir en paralelo a la educación sanitaria, «porque de nada sirven los aparatos si la gente no sabe qué hacer con ellos».

En datos

350
infartos atiende el hospital Valdecilla a lo largo del año, prácticamente uno cada día.
90
personas mueren anualmente en Cantabria por paradas cardiacas en la calle o en sus casas.

Según el 'Estudio Cardioprotección en España 2016', realizado con la colaboración de la Fundación Española del Corazón, sólo el 30% de la población sabe realizar la reanimación cardio-pulmonar (RCP). La parada cardíaca puede ser súbita e inesperada, pero también hay casos previsibles, como puede ocurrir en un cáncer terminal. En el primer caso, el infarto de miocardio es el principal motivo, pero no el único. Y tampoco todos los infartos de miocardio producen paradas cardiacas. Ocurre en el 25% de los casos, «y la mayoría muere antes de llegar al hospital».

El infarto se produce por la obstrucción de algunas arterias que 'nutren' el músculo cardiaco. Esto puede provocar que el órgano no funcione y deje de cumplir su función de bomba sanguínea, pero en muchos casos ni siquiera se afecta la función del corazón. Los médicos subrayan que «lo más importante es que la ciudadanía sea capaz de detectar una parada cardiaca para comenzar de inmediato con la reanimación cardiopulmonar». Para ayudarle en la tarea, según establece la nueva normativa, deberá comunicarse con el servicio de emergencias sanitarias 061, que le guiará en esos primeros minutos que separan la vida de la muerte.

Porque además del infarto, hay otras causas que pueden provocar que el corazón deje de latir de forma inesperada, como una hemorragia tras un accidente de tráfico, una asfixia por atragantamiento o una infección severa que se extiende por el cuerpo. Para asistir cualquiera de esas situaciones, los desfibriladores de uso público serán de fácil manejo, diseñados para su uso por personal que, sin los conocimientos suficientes para ofrecer reanimación cardiorrespiratoria avanzada, puede ser el primero en atender una urgencia cardiaca. Así, el aparato por sí solo analiza el ritmo cardiaco, identifica las arritmias mortales en las que es preciso una desfibrilación y administra una descarga para restablecer el ritmo cardiaco con seguridad. Si la tensión del momento no impide seguir las pautas el resultado será una muerte súbita reanimada. Es volver a nacer.

«Estoy viva después de sufrir tres paradas cardiacas en solo dos meses este verano»

El mero hecho de que la santanderina Carolina Negueruela (38 años) esté hoy viva para contar su historia es casi un milagro. O tal vez la suerte quiso que el procedimiento fuera el correcto para sacarle de las tres paradas cardiacas que sufrió el pasado verano en menos de dos meses. «Ha sido complicado, pero puedo celebrar que estoy viva para contarlo», asegura. Como ella, todos los que han vivido una parada del corazón cuentan lo mismo:es crucial la pronta reacción y hacer las cosas bien.

«Fue el 17 de junio», recuerda. Estaba tumbada en la cama y se incorporó para ir al baño. «Vomité y me mareé. Estaba muy mal. Mi pareja me dijo que me tumbara de nuevo en la cama, a ver si entraba en calor y me dormía y lo intenté. Pero al poco me levanté de un respingo y me quedé sentada sobre la cama para caer después inconsciente, fulminada», evoca. Suerte que su chico estaba ahí, identificó la situación, llamó a emergencias y comenzó a practicarle el masaje cardiaco.

«Yo no recuerdo nada, pero vino la asistencia y me llevaron para Valdecilla». Estuvo en la UCI diez días. «Justo el tiempo en que tardé en volver en mí, porque durante todo ese tiempo estuve inconsciente». Fue tan pronto como abrió los ojos que le subieron a planta. Yesa misma mañana, tras tomar la medicación y desayunar, sufrió otra parada. «Volvía a encontrarme mal, pero no lo identifiqué con que me estaba pasando otra vez porque ya estaba en el hospital». La bajaron de nuevo a la UCI y allí permaneció otros diez días. «Cuando reaccioné y me vieron bien, me volvieron a subir a planta, donde me tuvieron seis días hasta que me dieron el alta definitiva», recuerda.

Poco a poco comenzó a retomar su vida con los hábitos normales. «Tomaba la medicación y tenía más cuidado con los esfuerzos y esas cosas». Un día de playa, apenas pasados cuarenta días desde los episodios anteriores, sufrió la tercera parada. «Estaba en la orilla jugando con las olas con mi sobrina. Fui a cogerla para saltar una y me caí redonda». Un médico que había en el lugar comenzó la reanimación cardiopulmonar hasta que llegaron los efectivos de la Cruz Roja para estabilizarla.

«Me pusieron un desfibrilador automático implantable (DAI) y ahora vivo con ello», explica. «Es del tamaño de una pila y lo tengo conectado al corazón por dos cables». «Ahora mi vida es opuesta a la que llevaba. Antes trabajaba de mañana, de noche y además fumaba. Ahora he puesto fin al tabaco y me he relajado en las exigencias físicas que requiere el trabajo». Los médicos han iniciado por precaución un estudio genético para comprobar si es algo que pueda venir de familia.

En el polo opuesto, el caso de Ángel Manuel Urculo (Castro Urdiales, 1958) pasó como un suspiro. «No me enteré de nada», confiesa. Le sucedió a las nueve de la mañana el pasado 11 de febrero. «Estaba tomando un café en el sitio de siempre y no me acuerdo de absolutamente nada», afirma. Al parecer, según le han contado, cayó plano sobre el suelo. En el bar llamaron a emergencias y un equipo de DYA de Castro Urdiales estuvo en el lugar en menos de 10 minutos. No dio tiempo a que se produjeran daños irreversibles. «Creo que hubo unos clientes que me socorrieron al principio. Debieron hacerme el masaje», cuenta entre dudas. Cuando despertó en el hospital, no tenía ni idea de lo que había pasado. «No sentía dolores, sólo algo de cansancio, pero muy leve». Lógicamente, le había dado un infarto. «Me han dicho que el tabaco y el alcohol son fatales para esto. Así que me lo estoy aplicando», asegura.

La mirada desde emergencias

En el otro lado de la balanza se encuentran los propios servicios de emergencia. Gracias a ellos se salvan anualmente cientos de vidas. En el aeropuerto Seve Ballesteros, Alfonso Martín, bombero de Aena, reanimó este verano a un pasajero irlandés de 70 años que sufrió una parada del corazón en mitad del aeródromo.

«Nos avisaron de que había un hombre tendido en el suelo que podría estar sufriendo una parada. Llegamos al lugar, valoramos la situación y activamos el protocolo», confirma. «La suerte que tuvo este hombre es que en el lugar había profesionales, como nosotros, que estamos formados para actuar en situaciones de este tipo. También que el aeropuerto cuenta con desfibrilador semiautomático», acredita Martín. «Precisamente, que la nueva normativa permita a más gente utilizarlos, puede ser crucial para salvar más vidas. Porque estos aparatos son sencillos de usar y te lo dicen todo. Creo que esta medida es un gran avance».

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