Gastrohistorias

El amor de Voltaire por los vinos

Retrato de Voltaire (Jacques Augustin Catherine Pajou, 1811). /Wikimedia Commons CC PD.
Retrato de Voltaire (Jacques Augustin Catherine Pajou, 1811). / Wikimedia Commons CC PD.

El filósofo francés declaró en numerosas ocasiones su admiración por los caldos que le enviaba el conde de Aranda

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Igual les parece a ustedes muy terrenal que el filósofo Voltaire, padre de la Enciclopedia, muso de la Ilustración, etcétera etcétera, fuera amante del vino. Pero qué quieren, también las grandes mentes tienen derecho a los gustos pedestres. François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778), tuvo el morro fino e intereses tan prácticos como los de cualquier hijo de vecino. Durante su exilio en Ferney —ahora Ferney-Voltaire—, junto a la frontera suiza, fichó a los mejores maestros relojeros de Ginebra y montó una fábrica de relojes que promocionaba poco disimuladamente en sus cartas a diversas eminencias europeas.

También fue gourmet y disfrutón, tal y como prueba su poema de 1772 'Jean qui pleure et Jean qui rit', que traducido dice algo más o menos así: «cuando a la tarde, en compañía de libertinos y de más de una mujer agradable, como mis perdices y bebo los buenos vinos con los que el conde de Aranda acaba de decorar mi mesa; cuando, lejos de bribones y tontos, la alegría, las canciones, las gracias y las buenas palabras adornan los entremeses de una deliciosa comida […] llego a olvidarme de mi vejez, cien placeres reconfortan mi espíritu: río». Ya ven ustedes que Voltaire no fue precisamente un ermitaño. ¿Libertinos? ¿Mujeres agradables? ¿Y eso del conde de Aranda, suministrador de vinos? El tal conde era Pedro Pablo Abarca de Bolea (1719-1798), noble aragonés y político ilustrado al servicio de la corona de España. Famoso por sus ideas reformistas, fue presidente del Consejo de Castilla, embajador en Francia y promotor del primer censo de población hecho en España, cosas que le valieron la admiración del mismísimo Voltaire, quien lo elogió entusiastamente en su Diccionario Filosófico de 1764.

Ambos se intercambiaron cartas, cumplidos, ideas y también alguna mercadería más sustanciosa. El 20 de diciembre de 1771 el filósofo galo escribía a Aranda desde su retiro de Ferney para agradecerle el envío de varios regalos, entre los que el español había incluido algunos de los mejores productos nacionales: porcelanas, tejidos y —ajajá— vinos. «Señor conde, tengo la manufactura de vuestros vinos por la primera de Europa. No sabemos a cuál dar preferencia, al canarias o al garnacha, al malvasía o al moscatel de Málaga. Si este vino es de vuestras tierras, deben de caer muy cerca de la tierra prometida. Nos hemos tomado la libertad de beber a vuestra salud en cuanto han llegado. Juzgad qué efecto habrán hecho en gentes acostumbradas al vino de Suiza». Las veladas en casa de Voltaire eran famosas en toda Europa tanto por los debates intelectuales que tenían lugar en ellas como por la generosidad del anfitrión, que, tal y como vemos, solía regar las cenas con botellas traídas específicamente de España para él. No está nada mal que el padre de la Ilustración mojara sus sueños con vino criado «cerca de la tierra prometida».

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