Álvaro de Luna, el respetuoso oyente de Sócrates

Álvaro de Luna, el respetuoso oyente de Sócrates
MAITE BARTOLOME

Contertulio del Café Gijón, el actor «aprendía» de colegas como Fernán Gómez o Manuel Alexandre, y de escritores como Vicent y Umbral

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

La profesión de actor exige dominar la dicción. Y lo hacía Álvaro de Luna, para quien el silencio era, sin embargo, un tesoro. Era una esponja y quería aprender de quienes sabían mucho más que él. Los escritores, intelectuales, juristas, periodistas, cineastas y actores como él con los que compartió tertulia durante años en el centenario y madrileño Café Gijón. «Allí me hice demócrata» confesaba este contertulio con el corazón a la izquierda que se comportaba ante ellos como un respetuoso oyente.

Tenía silla en la mesa del primer ventanal, según se entra a la derecha, al lado del Alfonso, el cerillero anarquista, y con vistas a la Biblioteca Nacional. «Entendí allí que uno no tiene siempre toda la razón, que las ideas de los demás son tan importantes como las propias», decía el actor que compartía nombre con el Condestable y valido de Juan II de Castilla, decapitado en 1453 pro orden de su regio amante.

Siempre estaba con los ojos y los oídos bien abiertos en el velador de mármol negro en torno al cual se reunían escritores como Manuel Vicent -«amigo del alma»-, Raúl del Pozo, o el Francisco Umbral que aterrizó una noche en el café fundado en 1888 por el gijonés Gumersindo García. Por allí paraban compañeros de oficio como Fernando Fernán Gómez -«mi maestro en la interpretación y en la vida»-, Paco Rabal, Manuel Alexandre o José Manuel Cervino; cineastas como Tito Fernández; humoristas como José Luis Coll, y tantos otros que desde la posguerra a la Transición situaron en el Gijón el epicentro de la intelectualidad.

Alfonso, el legendario cerillero de la casa que guardaba secretos como nadie y fiaba tabaco y dinero a aquella panda farandulera y letraherida, deparó siempre un afecto especial al corpulento y bonachón Álvaro de Luna. El Algarrobo, como le llamaban en la calle desde que triunfara con la serie de bandoleros a finales de los setenta, sobrevivió a sus compadres en la ficción y a los la tertulia, como Manuel Alexandre, otro «hermano» al que cada tarde acercó en su coche hasta el Gijón, en el número 21 del Paseo de Recoletos.

Quizá pronto se coloque allí una placa en memoria de actor junto a la del cerillero anarquista que rcuerad que «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida», o la que recoge unas palabras Manuel Vicent: «El Café Gijón también es una forma de envejecer».

Las tertulias del Gijón, -la oficina de legendario César González Ruano, y donde también pararon Galdós, Mata-Hari, Ramón y Cajal, Valle-Inclán, Benavente, Lorca, Buñuel y Dalí- brillaron a principios de los años 40. Gerardo Diego moderaba la de los poetas. Nueva Juventud Creadora se llamó la que dirigía José García Nieto, poeta que dio la alternativa en Madrid al mismísimo Camilo José Cela, futuro Nobel y Cervantes que devolvería el favor a su amigo Pepe imponiéndole como su sucesor en el Cervantes.

Tertulia de cómicos

Desde 1949 la tertulia de los cómicos tuvo como 'pope' al actor, escritor y luego académico Fernando Fernán Gómez, creador aquel año del premio de novela Café Gijón que aún persiste. Le sucedió Alexandre, quien según De Luna no necesitaba casi hablar para dirigir las charlas. «Ahormaba las tertulias» explicaba alabando la capacidad de su colega para abrir debate como un Sócrates ante un café con leche y una copita de licor. «La tertulia en la que participé durante los mejores años de mi vida era un rompeolas de cómicos, periodistas y jueces de Justicia Democrática. Desde distintos ángulos de la vida cada facción traía noticias de su propio mundo y las volcaba sobre el mármol del velador», evocó Álvaro de Luna de una peña con reglas peculiares «a la que había que llegar tosido y llorado».

«Estaba prohibido hablar de la familia, de sentimientos, de enfermedades e incluso de literatura» contaba el actor que en un carrera de seis décadas trabajó en decenas de películas y series de televisión. Quiso ser médico y deportista de élite, pero entró en el cine por la puerta de los especialistas -los que se quiebran los huesos en estrepitosas caídas de caballo y rodando por las escaleras-, y del doblaje. Se fajó como actor con los espaguetti westerns y acabó en otros registros a las órdenes de directores como Isasi Isasmendi José María Forqué, Fernando Fernán Gómez, Imanol Uribe, José Luis García Sánchez, Antonio Mercero o Mario Camus o de Ignacio Estaregui que lo dirigió en 'Miau', su última película.

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