Un pájaro en fuga

Ángel Madrazo se distancia de sus dos compañeros de fuga ayer camino de su victoria en Javalambre/EFE
Ángel Madrazo se distancia de sus dos compañeros de fuga ayer camino de su victoria en Javalambre / EFE

Ángel Madrazo logra tras once años de profesional el triunfo de su confirmación

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALSantander

La risa la tiene de serie. Se la pusieron al nacer en el Hospital Marqués de Valdecilla, ese que se veía desde la ventana de su casa. A 500 metros de ese edificio blanco y repleto de ventanas, en Cazoña, aprendió a andar en bicicleta. Bajaba por la tardes al salir del colegio Jesús Cancio, donde se pegó con los libros hasta que los pedales se comieron sus páginas, y jugaba a escaparse. Siempre en fuga. El bocadillo en una mano y en la otra la bici destartalada con la que no se dejaba coger por los demás. Al único que no echaba mano era a Cipri, su padre, al que veía salir por la mañanas vestido de ciclista. Inspiración.

A clase acudía pensando en el timbre. Era sonar y salir pitando. Empezó a correr en las escuelas de ciclismo con la excusa de comerse un helado al acabar. En su infancia no sobró de nada; nunca tuvo la mejor bici ni el último modelo de casco, pero sí las mejores piernas. Por su apariencia endeble pronto le apodaron el 'Gorrión'. por eso y porque a su padre le llamaban el 'Aguila'. No paraba quieto. Revoloteaba sin rumbo y siempre en guardia. Pasó la pubertad escondido detrás de esas inseparables gafas y su deseo de ser ciclista. De querer a ser a base de golpes y triunfos. En cadetes fue uno más y en juveniles fue el que mas carreras ganó. Sacó el genio. En las rampas del Monasterio de Santo Toribio se dejó media vida. Con los mocos colgando y dando tumbos entró en meta diciendo:«Mañana gano». Y cumplió.Era la Vuelta al Besaya y ni rusos ni colombianos pudieron con el de Cazoña. Dos días antes había batido el récord en la cronoescalada a Mercadal, por delante de Ryder Hesjedal, ganador del Giro de Italia 2012. Su fortaleza mental y su autoconfianza le convirtieron en un psicólogo para los demás. Siempre fue el mejor compañero y confesor, sin embargo nunca le sirvió del todo consigo mismo.

Con mucho más talento que lo que dice su palmarés, el 'Gorrión de Cazoña' remata una trayectoria llena de sinsabores y deseos

Su madre trabajaba de noche y eso le obligó a aprender a hacerse los espaguetis a esas horas intempestivas a las que desayunan los ciclistas. Cocinaba con la bicicleta en la puerta, la bolsa al hombro y a correr. Siempre con prisa. Más de 16 carreras como júnior (fue el juvenil más laureado del país), la Copa de España sub 23, el Goierri y la etapa en el Circuito Montañés. Aquel año, 2008, repitió la osadía. Se desmayó en la meta del Alto del Chivo. Desarmado. Con las gafas empañadas dijo:«Mañana les gano». Y 24 horas después levantó las manos en el Velódromo de Sniace.

A 'Angelín' siempre le ha gustado lo mismo: andar en bicicleta y reírse. Para la dos cosas tiene talento. Corrió a prueba en profesionales con Saunier Duval en 2008 y en la Vuelta a Burgos bajó al coche a por bidones. Se incorporó al pelotón haciendo el ruido de un Fórmula Uno con la boca. Los directores y los rivales miraban incrédulos a aquel niño descarado. Como también se frotaron los ojos los responsables del Caisse d'Epargne cuando en el primer año con el equipo navarro sus resultados en los test de potencia se acercaban a los de Alejandro Valverde. Purasangre.

Fueron cinco años con el 'bala', Zandio, Lastras, Mechov.... Los mejores del pelotón. Y con Iván Gutiérrez, su paisano y con quien compartió habitación y confidencias tantas noches. Al de Cazoña le llamaban el 'Pupi' (por pupilo) del de Hinojedo. El subcampeón del mundo de contrarreloj lo apadrinó. Entre todos se empeñaron en manejar su bravura, pero siempre tuvo más motor que templanza. En uno de los mejores equipos del mundo no encontró su sitio. No ganó y tampoco fue deterninante y eso en la élite significa quedarse entre dos aguas. Cinco años más tarde se fue a Caja Rural buscando ser protagonista y después se embarcó en la aventura francesa del Delko Marselle. Este año bajó un par de escalones y se vistió de morado con los colores del modesto Burgos BH para ser esa cabeza de ratón que siempre echó de menos. Dos victorias como profesional, en la clásica de Ordizia y en la Estrella de Bessèges, adornaban su impropio palmarés hasta que ayer se dio de bruces con el triunfo que escondían sus piernas desde que en la carpeta del cole decidió poner fotos de ciclistas.

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A 'Gelín' es difícil domarle. Quizás por eso no acertó dónde ponerse en el ahora Movistar durante sus primeros años. Sin embargo nunca apartó de su cara la sonrisa; ni cuando se partió la clavícula en el repecho del pueblo de Heras ni cuando se partió el ligamento cruzado de la rodilla al coger un botellín del suelo de la cocina. Tampoco cuando sus inseparables gafas le jugaron alguna mala pasada esos días en los que ser ciclista es algo maldito y acabó en el suelo. Nunca. Siempre en fuga.

Al 'Gorrión' le sobra energía positiva y por eso se rodea bien. Su mujer, María, no se desvive por el ciclismo, pero sí porque su marido sea feliz. Le aprieta cuando le ve flojo. Su hijo Lucas (4 años) llegó cuando más falta le hacía y ahora el segundo, Joel, que apenas tiene un mes. A estos tres les pide permiso para salir con su grupeta a entrenar; a picarse en las señales de tráfico, a medirse con el cronómetro y el Strava y a tomarse su café y la Coca-Cola. Le gusta enseñar a los jóvenes. Ese es su equipo.

Siempre quiso ser ciclista, desde que en clase se distraía pensando en dónde ir a entrenar. Ahora quiere una Play Station 4, pero María no le deja comprarla. De mayor quiere montar un negocio relacionado con la jardinería. Pero eso cuando desgaste las ruedas de la bicicleta, porque no piensa bajarse del todo de la burra. Mientras tanto, seguirá en fuga.