El reto de la subida al Curavacas

El grupo en la cima con Sotres. / José Luis Alvarado

Imponente ruta a la emblemática cima palentina realizada por algunos componentes del grupo de montaña Peñas Arriba de Santander

JOSÉ LUIS ALVARADOSantander

El Curavacas es el pico más llamativo del macizo de Fuentes Carrionas, que con sus 2.520 metros es considerado el pico más alto de la montaña palentina, y llegar hasta allí fue nuestro objetivo. Esta ruta se complica por la pedrera que se encuentra a lo largo del camino; es de un nivel riguroso y sólo apto para gente sin vértigo y con experiencia.

Cuatro aventureros de nuestro grupo de montaña Peñas Arriba salimos de Santander muy temprano y fuimos directos al pueblo palentino de Vidrieros -en el municipio de Triollo y a 137 kilóemtros de Palencia-. Esta localidad está dentro del Parque Natural de las Fuentes Carrionas y en un amplio aparcamiento dejamos el coche a las ocho de la mañana para comenzar esta ruta.

Para este humilde servidor que escribe era la primera vez que subía al Curavacas, y no tenía ni la más remota idea de las dificultades técnicas que acarrearía tanto la subida como la bajada.

Paso a paso

Tiempo:
Con paradas y comida, 6 horas y 50 minutos.
Distancia total recorrida:
10 kilómetros
Kilómetros acumulados:
Más de 1.500 metros.

La mañana era fresca, con el cielo despejado en las primeras horas y se intuía que la subida iba a ser muy calurosa, como así fue. Igual un grupo de legionarios romanos -comandados por Augusto luchando contra los cántabros en el siglo I a.c. por estas tierras castellanas- salimos con nuestras mochilas y enseres con la idea de coronar el pico, victoriosos, y descender por otra parte hasta el Pozo Curavacas en el valle de Pineda, para pernoctar en algún refugio de la zona.

Tras salir de Vidrieros por la calle chica, cogimos un sendero paralelo al arroyo Valdenievas y, tras 200 metros, nos encontramos con un pequeño puente que cruza el arroyo de Cabriles. Allí nos desviamos por otra pista que comienza a ascender junto al arroyo. Llegamos al Prado Cabriles y al cruzar el río junto a una fuente el terreno se vuelve más pindio. Allí fue donde, al raso, pasamos la noche a la vuelta.

Desde allí nos dimos de bruces con el enorme pedregal de la ladera sur del Curavacas, que nos obligó a subir en interminables zigzagueos. ¡Allí sube adelantándonos Julio Ordorica! Mis piernas empezaron a temblar de nerviosismo por temor a alguna caída.

Cuando creíamos haber acabado de subir y estábamos hartos de ver tantas piedras, giramos a la izquierda… y nos tropezamos con un gran corredor rocoso ¡y más piedras! Se trata del conocido Callejo Grande, el componente rocoso de esta zona de caliza, granito y un color oscuro verdinegro debido a la presencia de líquenes que le dan a la zona ese aspecto tan majestuoso.

Seguimos emocionados hasta más arriba, donde abandonamos la pedrera para empezar a pisar 'hierba cervuna', una planta cespitosa perenne, con tallos de 10-40 mm. muy fuertes, y debido a la humedad podemos resbalar en algún momento. Vamos cuesta arriba y ahora seguimos un sendero bien marcado hasta darnos de frente con una gran mole rocosa conocida como 'El diente del oso'.

Esta es la parte más dura del recorrido porque teníamos que trepar con sumo cuidado por una serie de riscos afilados y con las mochilas a cuestas, que llegan a pesar unos nueve kilos. Dejando atrás las piedras, llegamos a la cara norte del pico. Ya solo nos queda un pequeño repecho muy escorado hacia arriba que le llaman La Llana, de unos 250 metros que nos llevará a la cima del Curavacas.

Al llegar a la cima nos encontramos por sorpresa con el maestro Sotres, otro compañero del club que, por casualidad, también había madrugado y venido desde Santander ese mismo día. Comimos allí con él y después él regresó solo hacia Vidrieros.

Uno de nosotros llevó un pequeño 'drone' que nos acompañó gran parte del camino, y creemos que en la cima batió el 'récord mundial' de altura volando el aparato a más de 2000 metros. Las vistas desde la cima y con el cielo despejado fueron maravillosas.

Observamos el pozo Curavacas, que era nuestro siguiente objetivo, y detrás podían verse los majestuosos picos de Peña del Tejo, Espigüete, Peña Prieta, Peñas Pintas, Pico Murcia, Hoya Continua, Cruz de Mampodre

Lolo González en la cima y al fondo el Espigüete.
Lolo González en la cima y al fondo el Espigüete. / José Luis Alvarado

Quisimos ir al Pozo Curavacas por un camino en el que tuvimos que bajar por una pendiente en dirección a otra colina, pero no pudo ser. Nos perdimos tres veces con el consiguiente regreso a la cima del Curavacas. En una de esas incursiones fallidas, dimos con un paso estrechísimo de poco más de metro y medio de ancho que nos llevó directamente al abismo del averno.

Ya cansados regresamos tarde por el mismo camino hasta Vidrieros, bajamos de nuevo el pedregal –con alguna caída incluida-, montamos nuestro campamento y vivaqueamos al lado de la fuente del Prado Cabriles. Allí cenamos y pasamos la noche sin pasar demasiado frio, gracias a nuestros sacos.

Como recompensa final, la naturaleza nos obsequió con las famosas estrellas fugaces de las Perseidas. Atónitos como niños, solo nos faltaban las palomitas para ver tal espectáculo en una de las mejores zonas de España para observar el cielo nocturno sin tanta contaminación lumínica.