¿Cómo ven los insectos y cómo pueden las personas 'observar' esa visión? Ése fue el gran reto que el Jardín Botánico de Barcelona le planteó a Luis Monje, fotógrafo y director del Gabinete de Fotografía Científica de la Universidad de Alcalá. Durante seis meses, en esos jardines Monje puso a prueba unos lentes que había construido él mismo para su cámara digital, y así captar espectros desde el infrarrojo hasta el ultravioleta, tal como lo permitía el ojo de, por ejemplo, una mosca. «Durante mucho tiempo hice pruebas para tapar los agujeros espectrales de los filtros clásicos, para encontrar los colores ocultos de las flores, hasta que salió la primera imagen», recuerda Monje, que ahora expone un centenar de sus imágenes en 'Fotografía científica', una muestra realizada en la sala de San José de Caracciolos, antigua iglesia del casco antiguo de Alcalá de Henares. «Me dio una sorpresa tremenda, porque éramos los primeros humanos en apreciar los colores que veían los insectos». Bajo una de estas fotografías dice: «Todo aparecía gris menos las dianas de los pétalos y, en el centro, en negro profundo, la ubicación del néctar».

Desde hace 35 años, Luis Monje, experimenta con cámaras y artilugios para lograr la imagen más precisa tanto del mundo natural como de los experimentos científicos en pleno proceso. Como docente, separa la fotografía científica en dos grandes secciones. Una sería aquella imagen que sirve de ilustración de los procesos que el ojo humano puede captar, y que documentan y prueban aquello que el investigador ha observado.

En el otro grupo están las fotos encargadas de registrar los fenómenos que el ojo humano no puede captar, a través de técnicas como rayos x, infrarrojo, microscopía, astrofoto o aquello que ocurre lentamente, como la apertura de una flor, o a velocidad vertiginosa, como un disparo. Monje exhibe sus ensayos digitales, similares a los analógicos de maestros como Eadweard Muybridge o Harold Edgerton.

Pionero digital

Curioso de los procesos para capturar las imágenes, Monje ha sido uno de los pioneros del ultravioleta digital. Suya es la primera fotografía española tomada con esta técnica, así como suya es la primera hecha con infrarrojo y cámara digital. Durante tres años, se encerró en su laboratorio para diseñar un «sistema automático de súper macro de apilamiento con profundidad de campo controlada», para retratar el ojo de una hormiga.

«Se llama así porque es una pila de imágenes tomadas del mismo objeto, de la que se extrae información valiosa, superior a la que tiene cada una por separado», explica Monje. «Se empieza con el primer plano, después se mueve el enfoque dos centésimas de milímetro y así 100 veces. Se extraen las imágenes enfocadas y con un programa se hace una sola».

Monje compra de dispositivos por internet o reúsa viejas cámaras para sus experimentos, como una fotografía microscópica que le demoró dos meses de pruebas para documentar cómo envenena un «pelo de ortiga común». En la muestra, que viajará a la Universidad de Valencia en febrero de 2019, se pueden observar también dos ramas de la fotografía científica que suelen ocupar el interés del público. Una es la forense, en la que Monje, presidente de la Asociación Española de Imagen Científica y Forense, asesora a las autoridades, ya sea certificando el origen de las imágenes o mejorando las borrosas. «Con la información digital se han roto muchas de las limitaciones de la fotografía. Son números y se puede quitar el 'ruido''», asegura Monje.

La otra rama es la 'astrofotografía de cielo profundo', una de las más complejas a su juicio, y que necesita la complicidad del telescopio. En ellas se obtiene el color «solapando diversas tomas», con filtros rojo, verde y azul. Así se puede captar el inquietante rojo de las nebulosas.

Cámara en mano, Monje ha recorrido medio mundo para lograr las imágenes de la naturaleza seleccionadas en la exposición. Por ejemplo, gusanos carnívoros luminiscentes de Nueva Zelanda, cacatúa en Australia, tigre de Senegal, el árbol más viejo del mundo y el más grande en Estados Unidos y el más grueso en México. Quien ha tomado fotografías sabe lo difícil que es captar con nitidez un insecto con un objetivo macro a pulso. Hay que aguantar la respiración y disparar la cámara en el momento de vacío del latir del corazón. Así debió hacer para el retrato de una avispilla sobre una flor de lino azul. Una especie cuyo tamaño se encuentra a medio camino entre lo micro y lo macroscópico de lo que Monje ha sido testigo directo.

 

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