De la infancia a La Llama

Pequeños y grandes disfrutan de las atracciones./
Pequeños y grandes disfrutan de las atracciones.

Las ferias , ubicadas hoy en El Zapatón, antes se montaban en esta plaza

JAVIER RODRÍGUEZtorrelavega

Cada vez que llegan las fiestas patronales de Torrelavega resulta inevitable que la memoria sentimental de una gran parte de los habitantes de la ciudad, de manera especial quienes peinan canas, se traslade hasta los tiempos de La Llama. Es decir, los tiempos de cuando La Llama era La Llama y no lo que es ahora; cuando era un ámbito lleno de frondosos y antiquísimos árboles en el que se instalaban las atracciones de feria. El lugar resultaba tan atractivo que incluso muchos feriantes le calificaban como uno de los mejores recintos ad hoc de España. Siempre que paso por allí vuelan mis recuerdos hacia los alegres días de La Patrona. Siendo un niño, atravesando por las calles cercanas artísticos arcos llenos de bombillas de colores, acudía a él con mis padres para disfrutar la mayor parte de las veces a ojo, ya que la cartera no permitía demasiados jolgorios, de un fascinante florilegio de atracciones ubicado hoy en El Zapatón.

En el tramo principal, que discurría por delante de la bolera de Mallavia, otra evocación entrañable donde las haya, se instalaba la famosa Tómbola de los Jamones. Si pronunciar en 2015 la palabra jamón activa la gula, pueden imaginar los lectores más jóvenes de este artículo qué implicaba entonces. Para la mayoría, ver un jamón se convertía en sinónimo de alucine. No surgió porque sí la famosa expresión coloquial «jamás jamé jamón». Está basada en la dura realidad. Bien. A lo que iba. Aquella tómbola tenía alfombrado literalmente de sobres el suelo delante de ella. Primero, porque la tropa no desistía en el asedio, vía fortuna, a cualquiera de los ejemplares colgados de su techo; ejemplares que, de puro provocativos, rozaban lo sicalíptico. Y después, porque si no sonreía la fortuna con el manjar emanado del chon, podía hacerlo con unas cazuelas encajadas de mayor a menor, una muñeca, una plancha, etc. El éxito de la tómbola jamonera fue tan enorme como la propia instalación: nunca vi una más larga.

Entre las casetas destacaba la del Tiro Retamosa, donde se inventó lo que actualmente se denomina «selfie». ¡Para «selfies» los del Tiro Retamosa! Apuntando bien con la escopeta de perdigones y dando en la diana se disparaba automáticamente un flash. Resultado: la pareja quedaba fotografiada.

En materia de artilugios mecánicos, los reyes eran los coches de choque. La autopista 'El Caspolino' ejerció al respecto de referente en La Patrona. Monté en ellos montones de veces gracias a las fichas azules que me regalaba mi tío Tomás. Los coches de choque me parecían una pasada. Como montar en los caballitos de Ortega, que no faltaban jamás a la cita. O subir a la noria de Cervera. O al Zig-zag. O la Ola, también llamada Chocolatera. O al Látigo. O ver a los motoristas del Muro de la muerte practicando equilibrios sobre rodillos con sus máquinas, en el exterior de la atracción, a modo de reclamo. La visita se completaba con unas rodajitas de coco regado, un cucurucho de aceitunas, o una manzana bañada en caramelo rojo o el algodón de azúcar.

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