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13.09.08 -

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La virtud de la amabilidad
JOSÉ IBARROLA
Estamos construyendo una sociedad poco grata, donde las relaciones entre las personas son cada día más frías, más ásperas. No hace mucho, los extranjeros que nos visitaban decían que los españoles éramos acogedores, simpáticos y amables; tengo dudas de que hoy en día sigan diciendo lo mismo; tengo la impresión de que nos estamos volviendo serios, fríos, secos.

En demasiadas ocasiones las relaciones personales se analizan a partir de un cálculo de costes-beneficios: ¿Qué querrá éste que se acerca a mí? ¿Qué me pedirá? ¿Podré obtener algo a cambio? ¿Me conviene? La actitud de desconfianza se está apoderando de estas relaciones. Cada vez es más común ver a los otros como a extraños, como a competidores, como a individuos que vienen a molestarnos, que nos interrumpen, que nos roban nuestro valioso tiempo; en ocasiones, incluso, percibimos al desconocido como un peligro. Las prisas nos impiden escuchar a las personas que tenemos a nuestro lado. En la calle, nos sobresaltamos cuando alguien nos pregunta, y cuando presenciamos algún incidente es común acelerar el paso, por si acaso. La inquietud también surge cuando llaman a la puerta de nuestra casa. Cuando entramos en un comercio no es raro sentir la sensación de que molestamos (cuando me atienden mal -desgraciadamente con bastante frecuencia- siempre me acuerdo de la escena de la película 'Pretty Woman'). En el trabajo, entre compañeros, sobra competitividad y falta colaboración. En bastantes circunstancias a los que se llama amigos habría que denominarlos conocidos, ya que sólo están para las ocasiones gratas y cuando vienen los malos momentos huyen en desbandada. Incluso en la familia se están perdiendo las relaciones incondicionales.

Tratamos con mucha gente, hablamos con muchas personas a lo largo del día, pero en la mayor parte de los casos las relaciones son superficiales, la comunicación interpersonal es mínima. A nuestro mundo se le ha llamado la sociedad 'klinex', y sí, también se establecen muchas relaciones con el criterio de usar y tirar. Si mi percepción no es muy equivocada, deberíamos estar preocupados y, por supuesto, tratar de cambiar.

Hace unas semanas escuché a un cura decir algo parecido a lo siguiente: en nuestra sociedad, en occidente, en los países ricos, tenemos de todo, nos sobran recursos materiales, pero nos falta cariño, amabilidad, afecto, comprensión, ternura, caridad. Comparto esta idea y pienso que pocos la discutirán, aunque se sitúen en ideologías diferentes.

Erich Fromm, en 'El arte de amar', dice: 'Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable' Y más adelante: 'Éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar esos objetivos y muy poca a aprender el arte del amor'. Es decir, en la sociedad capitalista el afán por 'tener' está acabando con las relaciones personales, con el encuentro libre, franco y generoso, con la apertura al otro.

Obviamente, no tengo la fórmula para cambiar nuestro mundo, pero cada vez estoy más convencido de que las personas amables contribuyen a este cambio necesario. Con su permiso, me detendré a exponer la idea.

Cada día aprecio más a la gente educada y cortés, pero sobre todo a las personas amables. El educado cumple las normas, y la principal es no molestar y respetar al otro, pero la persona amable va más lejos, pretende ayudar, es solidaria, muestra empatía.

Si se busca el significado de amable, en el María Moliner encontramos: «Se aplica a lo que merece o inspira amor». Y también: «Tal que, en el trato con otras personas o con una determinada o en cierta ocasión, muestra interés por ellas o el deseo de complacerlas». Cuando se acude al diccionario de sinónimos se observa: afable, agradable, cordial, cortés, tratable, afectuoso, atento, cariñoso y sencillo. Por otra parte, como antónimos se citan: grosero, rudo, antipático y desagradable.

Para mí, la clave está en la actitud espontánea y generosa. Según mi criterio, es amable quien de forma altruista quiere ayudar, quiere complacer. No busca obtener ningún beneficio, sólo quiere ayudar y en ello pone una pizca de calor humano. La persona amable da afecto.

La amabilidad es pariente del amor, de la bondad y de la solidaridad. La persona amable cree en el ser humano, ve a los otros como hermanos. Sí, en esta actitud se manifiesta el mandamiento divino del amor al prójimo y, también, la fraternidad, el ideal menos atendido de los tres fundamentos revolucionarios.

En el trato cotidiano va más allá de cumplir con las normas de educación; es cortés, pero, además, muestra verdadero interés por las personas. En la actividad laboral, en el comercio o en las instituciones, son amables quienes además de cumplir con su trabajo y responder correctamente a los compañeros y al público se muestran generosos y te ayudan; te miran a la cara, te escuchan y se interesan por ti. Las personas amables te hacen sentir que les importas, que no eres un cliente o paciente más.

La persona amable es sincera, franca, ayuda de manera generosa, muestra su afecto, su interés, porque de verdad lo siente. Si no es así, si en su trato se esconde una segunda intención, si pretende obtener un rédito con su comportamiento, si quiere llevarnos al huerto con sus atenciones, si nos regala el oído para más tarde pedirnos algo o para quedar bien y aumentar así su prestigio, entonces estamos ante una persona falsa, ante un adulador, ante un egoísta.

Sospecho de los que abrazan a todo el mundo, de los que no discriminan. Quizá yo sea muy raro, pero no soy amigo de todo el mundo. Hay individuos con los que en absoluto comulgo; por supuesto, eso no significa que vaya a maltratarles, pero me gusta que quede claro que no son santos de mi devoción. Me interesa que las reglas del juego estén claras y quiero que las relaciones sean trasparentes. Siempre he observado con recelo lo políticamente correcto. Por cierto, en la vida cotidiana, ¿qué pasa por la cabeza de esos que, en la barra del bar, ante un círculo de conocidos, se dedican a despellejar a un compañero y, luego, cuando se encuentran con él, le dan una palmada en el hombro y le llenan de halagos? Y también, ¿cómo es posible que algunos políticos se estén insultando y acusando de barbaridades y poco tiempo después puedan charlar y sonreír tranquilamente?

Permítanme acudir al clásico. Él ya lo dijo y lo dijo mejor. Aristóteles, en su 'Ética Nicomáquea', incluye a la amabilidad entre las virtudes morales que definen al hombre bueno. En esta ética de la virtud, que pretende la felicidad, que busca la vida mejor para el ser humano, critica a 'los hombres complacientes': 'que todo lo alaban para agradar, y no se oponen a nada' y también a los que se oponen a todo y no se preocupan lo más mínimo de no molestar. Por el contrario, elogia el modo de ser intermedio: 'aceptaremos lo debido y como es debido, y, rechazaremos análogamente lo contrario' (como es conocido, Aristóteles señala que la virtud se encuentra en el 'justo medio').

Aristóteles critica a los aduladores, a los que procuran complacer a los demás para obtener alguna utilidad y también rechaza a los pendencieros. Su fórmula para las relaciones sociales, para la convivencia, es clara: «Tratará (el hombre) con los demás como es debido, y, por otra parte, para no molestar o complacer, hará sus cálculos mirando a lo noble y a lo útil». Es decir, debe procurarse complacer a los otros, pero si se trata de algo injusto o innoble es preferible disgustar.

Aunque desgraciadamente no son muchas, sí tenemos la suerte de encontrarnos con personas amables. Ahora mismo tengo en la cabeza a la buena gente que durante años me ha atendido en la tienda de ultramarinos, a una vecina, a la señora que limpia mi despacho, a varias personas que, en mi lugar de trabajo, se ocupan de labores de secretaria y de conserjería; además, también siento el apoyo de algunos alumnos y de algunos compañeros profesores. Por otro lado, todos tenemos la fortuna de encontrarnos a gente anónima que nos muestra su humanidad, nos ayuda y hace que la vida sea más agradable; a veces el gesto generoso te lo proporciona el camarero, la dependienta de una gran superficie o un desconocido a quien abordas en la calle y le preguntas por una dirección. Con sus comportamientos, con sus palabras, las personas amables contribuyen a construir una sociedad más armónica y, además, nos educan; por tanto, merecen nuestro aplauso y agradecimiento. Por la cuenta que nos trae, ojala todos aprendamos de ellas, a ver si dejamos de ser ásperos y desagradables, a ver si conseguimos convivir mejor, a ver si logramos hacer una sociedad más cálida.



Juan Carlos Zubieta Irún, del Taller de Sociología. Universidad de Cantabria
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