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Para evitar que se les escape uno solo de los frutos, los operarios despliegan amplias alfombras en las que recogerlos al caer / Andrés Fernández

Alfombra roja al mal olor

  • Como cada año, los ejemplares de ginkgos alcanzan su época de floración y desprenden frutos que al romperse en el suelo generan un olor nauseabundo

La atracción es un instinto primario en la naturaleza de todos los seres vivos. Incluidos los árboles. Tan formales y estáticos, y, sin embargo, sucumben al amor. Como todos.

Esto es precisamente lo que ocurre en la Avenida Calvo Sotelo, entre otras, de la capital cántabra. Pongámonos en situación; hace un par de décadas se plantaron ejemplares de exóticos ginkgos que han crecido sanos y robustos hasta alcanzar su madurez. Llegados a este punto, los decorativos árboles, entre los cuales se distinguen machos y hembras, se detectan y deciden llamarse la atención.

¿Y qué ocurre? Que las hembras florecen y dan unos frutos similares a ciruelas anaranjadas (su nombre original en chino significa albaricoque plateado, que también puede servir para establecer el símil visual). El problema llega cuando la gravedad hace su efecto y los frutos caen a tierra, se rompen y generan un olor...pestilente. El ácido butírico es el responsable de esta reacción.

Por eso, año tras año, para evitar el desagradable efecto olfativo que genera en los ciudadanos, las brigadas de jardinería se afanan en las labores de recogida. Hasta alfombra roja se les pone a los ginkgos para que no se escape ni una sola de estas bayas.

Cabe mencionar que a pesar de su olor, la semilla de los frutos es comestible aunque, en Santander no parece haber calado la idea de añadirlos al menú.

La época de floración ya ha terminado y solo queda esperar a que caigan los últimos ejemplares para seguir disfrutando, eso sí, de la bonita estampa de estos árboles milenarios.