Todo lo que no sabes del viejo túnel

El fango es lo más llamativo dentro del túnel./Celedonio Martínez
El fango es lo más llamativo dentro del túnel. / Celedonio Martínez

La recuperación del pasadizo de Tetuán saca a la luz una historia pegada a la de la ciudad

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Aquí lo del figurín siempre ha lucido mucho. Lo sabe cualquier santanderino de toda la vida, aunque reniegue. No cuesta imaginarlo: Primer viaje en tranvía a El Sardinero subido, por entonces, en un prodigio de vapor y atravesando un túnel excavado en tiempo récord. Allí quería estar hasta el apuntador (para luego contarlo). Fue el 13 de junio de 1892. Por si quedaba duda, Simón Cabarga lo confirma. «Debió ser tremenda la cosa. El público asaltó los coches: éste rompió un cristal con la cabeza; el otro arrancó una correa; el de más allá, un broche». En ‘Santander. Biografía de una ciudad’, el autor recoge las palabras de una crónica en verso publicada por ‘La Voz Montañesa’ y escrita por Marcos Linazasoro. De ese primer viaje en tranvía –que era en pruebas– dice: «Quedaron al momento colocados unos en sus asientos respectivos, de pie la mayor parte, otros sentados en topes, plataformas y en estribos; iban máquina y coches atestados sin caber uno más; todos altivos anhelaban decir: ¡Yo fui el primero que el túnel estrenó del Sardinero!». Es una pincelada de la historia del túnel de Tetuán, que ahora –nunca mejor dicho– vuelve a salir a la luz con el estudio para determinar si es viable volver a abrirlo. Es una pincelada, pero es sublime. Santander en estado puro. Porque ahora, más de un siglo después, se encontraron el pasadizo lleno de agua y fango. Pero ese recorrido bajo tierra siempre ha estado –y sigue– lleno de historias.

Lo primero es situarse. Si a los más jóvenes les preguntan por el túnel de Tetuán, lo más probable es que respondan haciendo referencia al paso subterráneo entre la rotonda de La sardinera y la de Los delfines. A la unión del entorno de Puertochico con Los Castros. El recorrido que, tras meses de obra, ahora es también para ciclistas. Pero no. No es ese. El de Tetuán es otro, el que se construyó mucho antes para que pasara un tranvía de vapor que conectara ‘la población’ (lo que era el Santander de entonces) con un Sardinero mucho más vacío que el de ahora, pero en el que ya se ponía de moda tomar los baños de ola.

¿Dónde está? Será de lo primero que pregunten. Los jóvenes y hasta los que, con el paso del tiempo y las toneladas de material que le echaron encima al recorrido, olvidaron la ubicación exacta de las bocas (o no son capaces, con los cambios, de colocarlas hoy en día sobre un mapa). Una de las entradas ha quedado a la vista con las obras. Los trabajos para ver en qué estado se encuentra, que han desenterrado el acceso. Si uno va de Tetuán hacia Miranda se topará, a la izquierda con el centro de salud y el pabellón. Allí, en esa mano, se abre un espacio llamado plaza de Alhucemas que desemboca en el grupo Las Canteras. Al fondo (hasta que ha empezado la obra había unas escaleras), al final de la calle, está la boca oeste. Desde aquí han accedido al interior y han podido constatar que el ancho medio es de 3,90 metros y la altura oscila entre los 3,20 y los 3,70. Los técnicos han recorrido 240 de los 290 que calculan que tiene el itinerario.

La segunda salida

¿Y la otra boca? Para muchos es el gran misterio y el objeto de numerosos debates. Hasta para los que realizan el proyecto, que apenas han encontrado planos o cartografía. Y es cuestión de cálculos, porque no hay referencias sobre el terreno. Ni rastro. La entrada está oculta, sepultada, y, en la superficie, sólo hay una explanada de hierba. Allí se llega por Joaquín Costa. Dejando ‘El Clandestino’ a la izquierda, ascendiendo, pocos metros más adelante se abre una calle en esa misma acera frente a lo que era el ‘Buddha Bar’ (ahora cerrado). En algunos mapas aparece reflejada, incluso, como ‘Calle Acceso al Túnel’. Buena cosa. Pero es confuso. Porque la zona pavimentada de ese punto sin salida termina en unas escaleras. Desde ahí, aún queda. En concreto, al punto exacto donde creen que está la boca, 122 pasos desde el escalón más alto. Es un trayecto entre traseras de edificios por una zona verde en la que suelen pasear a los perros y que termina en un claro más ancho antes de que la pendiente sea más marcada. A un lado, los bajos de una fachada llenos de pintadas y, al otro, árboles por delante de un muro y de otras edificaciones (al fondo, en alto, está la calle Ramón y Cajal, en plena curva). Casi en el medio de ese espacio más amplio hay un árbol distinto al resto. Muy vertical, muy pinado. Ahí, justo ahí –creen– está, bajo tierra, la boca este. Saben de hecho que ese espacio, ese camino hasta lo que ahora son escaleras, estaba «en trinchera» (una zona baja entre dos alturas) y que había, incluso, un paso elevado por el que transitar por encima del recorrido del tranvía de lado a lado.

La biografía

Por allí entraba y salía el ‘tren de Pombo’ –que así le llamaron– en su viaje. Su itinerario partía desde El Sardinero frente al Casino, en la Plaza de El Pañuelo. Subía por La Cañía –entonces Alameda de Cacho– atravesaba el túnel para llegar a Molnedo (Puertochico) y recorrer Peña Herbosa y Daoíz y Velarde (pasando por delante de la iglesia de Santa Lucía) antes de bajar por la calle de El Martillo (hoy Marcelino Sanz de Sautuola) y efectuar el cruce de vuelta al llegar a la esquina del Muelle (frente a la sede del Banco Santander). Un viaje.

«A Gandarillas –que ya tenía un tranvía funcionando en esos años– le nace un rival: En 1889, don Lino Corcho pide la concesión de una línea de tren a vapor al Sardinero por la vaguada de Tetuán. Es el tranvía de Pombo, que acortaba la distancia recorrida por el de Gandarillas. Don Lino, a quien estaban asociados don Arturo y don César Pombo, herederos de la fortuna y del espíritu creador de su padre, don Juan, baten todas las marcas de la actividad, porque iniciadas las obras en octubre de 1890, al año y medio se colocaba el ramo en el túnel de Tetuán, y un mes más tarde hacía pruebas la primera máquina, inaugurándose el servicio el día de San Juan», resume Simón Cabarga en su texto. Por aclarar, con ‘colocar el ramo’ se refiere al día que conectaron las dos bocas, que abrieron definitivamente el hueco. Cuentan que esa misma tarde (11 de febrero de 1892) los promotores de la obra y un grupo de periodistas accedieron al interior. Para celebrarlo, hubo merendola en La Cañía y comilona de nivel por la apuesta de si para una fecha concreta pasaba o no pasaba una mesilla.

Luego vino el viaje en pruebas, el inaugural, la apertura el público... Fue un éxito. Un vete y ven hasta que la electricidad hizo que el vapor, con los años, se fuera con el viento y con la memoria. Allí no había sitio para electrificar. El servicio se suspendió a finales de 1911 y, aunque discutieron si adaptar el pasadizo para el tránsito de vehículos, el gobernador dictó la caducidad de la concesión. 1917. La nada.

Del túnel no hay noticias hasta la Guerra Civil, cuando se incluyó en la lista de refugios de la ciudad. Los que han estudiado su historia creen que en este tiempo pudieron edificar en su interior algunos muros para evitar, llegado el caso, el efecto de la onda expansiva de las bombas. Paredes que debieron derribarse con el tiempo (ya no están) en un recorrido que, ya en los cincuenta, se acondicionó en cierta medida para ser utilizado como paso peatonal. Y aquí encaja el texto del viejo cronista de los bolos de El Diario Montañés, Ortiz Tercilla (Marce, para los que le quisimos), en un reportaje del periodista Juan Carlos Flores. «Había que ahorrar, en tiempos difíciles, los dos reales que valía el tranvía (...). Había que pasar el túnel de Tetuán, lleno de charcos, de goteras y, en ocasiones, de penumbras. Los gamberros –ya había gamberros en aquellos tiempos– rompieron en varias ocasiones el alumbrado que puso el Ayuntamiento, arrancando la instalación y destrozando contadores. Así que el socorrido paso fue suprimido por el propio Ayuntamiento que taponó las dos bocas. Era un atajo valioso aunque incómodo pues había que sortear las rodadas de los carros, que se convertían en regatos. Por allí, además del peregrinaje de racinguistas y amantes del siempre bello paraje de El Sardinero, también pululaban parejas en paseo amoroso».

Se taponó en los sesenta, aunque alguno siguiera colándose. Las escolleras, el hormigón y el relleno hicieron el resto ya en los ochenta. Lo sepultaron. En principio, para siempre. Pero sólo en principio. Hasta que la luz ha vuelto a iluminar todas estas historias...

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